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A medias
Agustín Basave
07-Dic-2009
Los males de México son muy profundos. Y, sin embargo, cuando se presentan prescripciones igualmente profundas —un cambio de régimen, una reforma hacendaria que afecte intereses o la creación de un Estado de bienestar— la respuesta es una avalancha de objeciones.
A Ciro Gómez Leyva y demás cruzazulinos (salvo Xóchitl Gálvez, porque ella es gastalona y yo soy regiomontano) que quieran apostar en la final contra mis Rayados del Monterrey: estoy a sus órdenes.
Estamos a medias no sólo en el sexenio, sino también en los cambios que México requiere para permitir a la mitad de los mexicanos vivir con bienestar. Nos decimos conscientes de que los problemas del país requieren soluciones de fondo, e incluso las ponemos en la mesa, pero no nos atrevemos a llevarlas a cabo. No voy a referirme a la reticencia osada del primer trienio de este gobierno, que ya ha sido reseñada hasta la saciedad por críticos y defensores. Voy a retomar un tema menos coyuntural que inicié hace unas semanas y que gira en torno a la mediocridad en la que los mexicanos estamos atrojados. Sobre Felipe Calderón me limitaré a decir que me ha decepcionado su administración de escrúpulos: muy pocos durante la contienda electoral que lo llevó al poder y demasiados en lo que va de su Presidencia. Ciertamente ha tenido que lidiar contra toda suerte de infortunios —de hecho, en términos de suerte, Calderón está en las antípodas de Zedillo— pero justamente porque crisis es oportunidad debió haber acometido desde el principio las reformas de gran calado que tardó tres años en enunciar. El bajo perfil que impone en su equipo tampoco le ha ayudado. Si no fuera por Margarita Zavala, la mejor de todos, parecería que el Presidente está solo.
No sé quién podría poner en duda el diagnóstico: los males de México son muy profundos. ¿Hay alguien que niegue que nuestro presidencialismo es absolutamente disfuncional, que nuestro sistema fiscal es uno de los más alambicados e ineficientes del mundo o que nuestra seguridad social es asaz precaria, por mencionar tres de ellos? Y sin embargo, cuando se presentan prescripciones igualmente profundas —un cambio de régimen, una reforma hacendaria que afecte intereses o la creación de un Estado de bienestar— la respuesta es una avalancha de objeciones. No se diga cuando se propone una nueva Constitución. Entonces nos volvemos los campeones de la cautela conservadora y todo nos parece utópico, extravagante y peligroso, salvo los parches y el mexicanísimo alambrito que todo lo arregla al chile.
Los notables que objetan los cambios de fondo se dicen realistas y pragmáticos. Incurren en una vieja confusión de los mexicanos, que creemos que realismo y pragmatismo equivalen a conformismo. Porque en el México de hoy un verdadero realista reconocería que padecemos una inveterada corrupción, que tenemos índices de pobreza indignantes y que en casi todas las clasificaciones internacionales vamos a la baja, y un buen pragmático sería un revolucionario que buscaría cambiar de raíz esa realidad. Y sin embargo, a ellos les gusta distinguir “lo deseable” de “lo posible”, identificando siempre la deseabilidad con los grandes virajes y la posibilidad con el continuismo. Interrumpen la discusión en el qué sin llegar al cómo y acaban recomendando pequeños ajustes que dejan todo más o menos igual. Y es que no quieren un renacimiento mexicano.
A esos notables quiero hacerles tres preguntas. Les pido que se sitúen por un momento en un plano ideal, para conocer su visión del país. 1) ¿No consideran que nuestro gobierno sería mucho más eficaz si tuviéramos un régimen en el que el Presidente de la República fuera electo en función la mayoría de curules en el Congreso, sea de su propio partido o de una alianza formada para gobernar, y tuviera así el apoyo necesario para sacar adelante su agenda? 2) ¿No creen que nos convendría tener un régimen fiscal simplificado, que contara con una mayor base gravable y que eliminara los regímenes especiales y las consolidaciones a cambio de un IVA más bajo y más generalizado? 3) ¿No les parece que mejoraríamos nuestra calidad de vida si construyéramos un sistema de salud único, que fusionara al IMSS, al ISSSTE, al Seguro Popular y a los servicios de Pemex para dar atención médica universal y gratuita a toda la población? Pues bien, si sus respuestas fueran afirmativas en el ámbito de la deseabilidad, les sería muy difícil desaconsejar el traslado de esas propuestas al de la posibilidad.
El problema es que no dirían que sí a ninguna de esas interrogantes. Descalificarían el planteamiento de la primera de ellas por ser parlamentarista y por ende “exótico” e incompatible con el genoma cultural de los mexicanos, el de la segunda por “anticapitalista” o por “antipopular”, según el origen del encuestado, y el de la tercera por no concordar con la “complejidad” de nuestra sociedad. Pretextos de la medianía. Por eso, porque se rehúsan a aceptar la deseabilidad de las soluciones renacentistas, no llegan siquiera a discutir la forma de salvar los obstáculos de su implementación. Claro, hay más reformas de fondo por hacer, pero ya entrado en apuestas sostengo que también las rechazarían. Apuesto doble contra sencillo a que están a gusto con un México a medias.
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