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Vaso tan vaso, agua tan agua: nosotros

María Luisa Mendoza
21-Nov-2009
Somos los dientes de león, pero de la florecita esa del campo de puros hilitos que si le soplas se va, nos fuimos, poeta.



Allí estaba José Gorostiza con toda su presencia de genio y de tío visitador cada mes a la casa a la cual viene a comer el cocido especialísimo de mi madre y la irresistible plática de mi padre. En la Puebla de los Ángeles me acompañó todo el tiempo Héctor Azar en un se supone homenaje en La Casa de la Cultura. Del deslumbramiento de la ciudad virreinal, condal, imperial, absolutamente hermosísima, como recién parida del vientre de la Colonia, con sus patios regios, sus corredores asombrosos, los techos por allá arriba para velar tu cadáver, las palabras sagradas de tus amorosos que no callan, como René Avilés Fabila, te entran por una oreja y te salen por la otra del puro susto, apenamiento, inmerecimiento, atolondramiento (¿a mí por qué?). Después de ese accidente de luces a tu obra acallada aquí por los meros carcamoneros, los “de siempre”, las dos únicas de SIEMPRE, te despojas de tu quizá falsa modestia y concurres a Bellas Artes para subir con unos trabajos horribles por tu pie dubitativo, la espeluznante escalera de mármol negro como para matar a Goyo Cárdenas. Después de eso, te digo, vuelvo a ser la periodista de la fuente de Bellas Artes cubriendo con sus hermosas piernas jóvenes el arte por el arte. Vas al homenaje a una de las columnas de tu vida culta, por quien escribiste tu primera novela: Con él, conmigo, con nosotros tres que, por supuesto, nadie peló. José Gorostiza. Allí estaba como un dios del Anáhuac Eduardo Lizalde diciéndonos a nosotros los pobres, los lectores, la columna vertebral de nuestra poesía reciente, después de Sor Juana y por los aconteceres de Pellicer, los antes de López Velarde, las orillitas de Sabines, los coincidentes de Paz, en fin, quienes nos han marcado con fierro ardiente nuestras muñecas de hijos y nietos de criollos y ¡ay! tan mexicanos. Muerte sin fin…

Bellas Artes. Estaban todos los levitantes de sus poemas, “¡Oh inteligencia soledad en llamas!”.¡Tan, tan! somos nosotros, poeta, llorando nuestra soledad, estamos íngrimos aquí en la región, padre nuestro, escuchando a los que saben de ti, a mis amigos viejos de antes, los párvulos que fuimos, cuando éramos tan jóvenes y tú tan sabio con tu “puta del rubor helado” coqueteándote… Y aquí seguimos, con nuestras obras en las manos para tu bendición, y estamos, los hechos a un lado, los tus vasos tan vasos, tan agua, tan helados del frío en este país tuyo desmoronándose. Somos los dientes de león, pero de la florecita esa del campo de puros hilitos que si le soplas se va, nos fuimos, poeta. Mi madre diría “para lo que nos queda en este convento…”. Sí es cierto pero te oímos en la voz temperada a la perfección de Lizalde, que es de nuestra triste edad, ¡ay don José!... Gutiérrez Vega, Capistrán, un señor Josú Landa. Estábamos hace ocho días en Bellas Artes, ante el magistralísimo retrato de José Gorostiza pintado por Emiliano Gironella como pedido por quienes bailamos con la “puta del rubor helado” que ya le anda por cargarnos.

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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