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¿Cómo le hago mamá?
María Luisa Mendoza
07-Nov-2009
Nos acordamos del Fobaproa/IPAB, la santa salvación de los ricos y el sacrificio de los “no entiendo nada”.
Es muy fácil decir “no entiendo nada”, pero la revelación llega cuando haces tu gasto para comer diariamente, ya ni digamos en la ropa imprescindible, dejando de lado el placer inocuo de una blusa de charmés (como se decía antes, igualmente se decía fondo al refajo, adminículo imposible de no usar) sino hasta en el papel sanitario carísimo aunque su fin sea tan insustituible (antes en los sanitarios, había un gancho con papel periódico recortadito). Los antes de no creerse, y el surgimiento de esa nostalgia tan molesta para ciertos puntillosos escribientes pedantes incomprensibles (siempre ha habido mequetrefes pomposos hacedores de prosas de cemento armado y por ello pasantes de inteligentísimas). El asunto es amancebarse con la comprensión de, por ejemplo, la cabeza de los legisladores aceptando la barbaridad del gobierno actual, el de los pirrurientos jovenzuelos pitiminí haciéndoles el juego en el crimen de aumentar los impuestos sobre la renta de 28 a 30% para los salarios superiores a 10 mil pesitos voladores. Nosotros los pobres fuera de la alta nos quedaremos todavía más en lo que mi madre —quien hablaba un castellano de lujo— llamaba inopia. Mi atribulada madre nos mantuvo a mis hermanos y a mí en una dignísima pobreza la cual todavía tampoco “entiendo”, pues nunca nos faltó en la mesa la sopa aguada, los taquitos de nata, las albóndigas, cuando había, y tortillas y agua de limón. Tampoco faltó la ropa remendada (por ella), las camas inmaculadas, las batas blancas de mi hermano estudiante de medicina, y claro está, los huéspedes llegando de Guanajuato, mi inagotable familia siempre presente. Hasta comidas corridas sirvió mi mamá para que nosotros siguiéramos estudiando.
Si ella viviera se afligiría más en su eterna congoja y pesadumbre, porque con aquella lógica de su buena educación, el puntilloso sentido común de niña acostumbrada a no desperdiciar ni un pedazo de bolillo sobrante vuelto polvo para la carne empanizada, mi madre vería su empeño de sobrevivir dignamente, cosa contemplada por nosotros que somos el pueblo, ya cuesta arriba. No vamos a la recesión, ya estamos en sus garras. No hay empleos, millones carecemos de seguro para nuestra carcacha salud, la educación de los niños cuesta un Potosí, la inseguridad también cuesta y ya ni siquiera existe el famoso velador de mi niñez, quien pasaba media noche pitando su silbato y uno dentro de la cama sabía que estaba protegido. Lo que han hecho los señores legisladores con nosotros es una barbaridad. Todo sube matemáticamente de precio. Víveres, pago de la tierra, del agua, del gas, luz, teléfono, televisión, la computadora de absoluta necesidad para ganarse la hogaza. Nos acordamos del Fobaproa/IPAB, la santa salvación de los ricos y el sacrificio de los “no entiendo nada”. Le rezo a mi mamá para que me diga cómo hacerle… cómo le va a hacer ese pueblo moribundo de hambre y miedo.
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