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La Ley de Ingresos y el Senado

Ruth Zavaleta Salgado
05-Nov-2009
Una falta de acuerdo por un pacto nacional con medidas radicales ha ocasionado que nuestro país se rezague en materia financiera a nivel internacional. Antes era líder en América Latina, hoy no sólo Brasil y Chile obtienen mejores resultados, sino incluso países más pequeños, como Perú.



Las diferencias y la última discusión de la Ley de Ingresos en el Congreso y, posteriormente, la complicada discusión del presupuesto, en la Cámara de Diputados, no debería sorprendernos, al contrario, si éste se derivara del autocontrol interno de las cámaras, debería congratularnos. La autorregulación entre ellas es un elemento de la democracia, pero, en el caso de la discusión que atestiguamos por medio del debate parlamentario, los argumentos no se centraron en la falta de transparencia del uso de los recursos tanto a nivel federal como estatal. Las posiciones de cada grupo respondían a la conveniencia de cada uno de los partidos políticos ahí representados y el común denominador fue que nadie quería pagar el costo político de tener que subir los impuestos y buscar mecanismos de mayor recaudación. En un sistema presidencialista como el nuestro, en donde cada elección, el que gana, gana todo, y el que pierde, pierde todo, el mayor tiempo lo dedicamos a denostar al adversario, a desearle que le vaya mal y que la gente lo califique mal para la próxima elección. Nos ocupamos de magnificar los errores y de desaparecer los aciertos o al menos minimizarlos.

No obstante que la alternancia del poder podría ser un elemento fundamental para lograr la consolidación democrática y la real división de poderes, nos encontramos actualmente en circunstancias de constante riesgo de crisis política ya que, al existir la decisión de los ciudadanos en las urnas de que el presidente emane de un partido político y las mayorías parlamentarias de otros partidos, no derivó en generar los acuerdos entre el presidente (Poder Ejecutivo) y el Congreso de la Unión (Poder Legislativo), al contrario, nos encontramos en una confrontación constante, que en algunas ocasiones obliga a la participación de la Suprema Corte de Justicia (Poder Judicial).

La historia de México, desde su origen como Estado-nación, ha sido la constante confrontación y división, primero, entre centralistas y federalistas, luego, entre conservadores y liberales, actualmente, el debate de la ley fiscal para 2010 demostró el grado de confrontación entre quienes gobiernan y la oposición. Esto se deriva de una cultura política que se generó a partir del autoritarismo, pero al mismo tiempo paternalismo del PRI que, durante más de 70 años, construyó un régimen político que “garantizaba la unidad” a partir de negar y coartar la libertad, pero que sobrevivió varios años e incluso logró índices de desarrollo social y económico significativos, sin embargo, a la larga generó rencor, insatisfacción e ira.

Hoy, ese rencor y esa ira se siguen generando. Nadie quiere cargar costos de incrementar los impuestos o de impulsar reformas profundas que garanticen enfrentar con eficacia la actual crisis económica mundial. Esta falta de acuerdo por un pacto nacional con medidas radicales ha ocasionado que, incluso, nuestro país se quede rezagado en materia financiera a nivel internacional. Antes era líder en América Latina, hoy no sólo Brasil y Chile obtienen mejores resultados, sino países más pequeños, como Perú, han logrado un mejor balance de sus políticas económicas.

Ante estas circunstancias, existe el riesgo de que sectores de la población, muchas veces los más desfavorecidos o de la clase media que no ven salidas para expresar su descontento e insatisfechos por la falta de empleo, la inseguridad y la pobreza, se propongan derrocar al régimen, para lo cual ven en la violencia su destino.

Sin embargo, en la lógica y la búsqueda de la construcción de un sistema democrático, existen otras opciones que se pueden impulsar por medio de la política. Es el momento de impulsar un escenario donde todas las fuerzas políticas tengan cabida, voz y poder. Un sistema multipartidista que refleje las diversas posiciones sociales y las diversas sensibilidades ideológicas. Es cierto que, en vista de los acontecimientos, se piensa muy difícil de construir pero, paradójicamente, la estabilidad tiende a edificarse a partir de la diferencia y, por lo tanto, muchas veces puede ser muy complicado construir los acuerdos y, sobre todo, cumplirlos, mas no es imposible.

Con el fin de lograrlo es indispensable que los partidos políticos asuman ubicarse por encima de su fuerza política o ideológica y busquen fortalecer la institucionalidad democrática. Eso no quiere decir que abandonen las posiciones ideológicas de cada quien. Se trata de poner un paréntesis y reconocer que ningún partido, por sí mismo, con las reglas establecidas, logrará satisfacer las necesidades de los ciudadanos, y que la confrontación genera insatisfacción, rencor, desánimo, pesimismo y la imposibilidad de mirar horizontes hacia una sociedad justa y equitativa.

ruthzavaletas@yahoo.com.mx

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