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Sobreactuar

Marcelino Perelló
03-Nov-2009
El histérico es aquel que se toma absolutamente en serio sus patrañas, sus miedos, sus obsesiones, al punto de volverlas realidad. Es el que cree a pie juntillas que el avión se va a caer porque él tiene miedo de que se caiga y la cara seria de la azafata no deja lugar a dudas.



El verbo actuar es de los más complejos del español. Y no únicamente. En nuestra lengua tiene dos significados primordiales: jugar un papel, en particular en una obra teatral o cinematográfica, o bien el de llevar a cabo una acción, parónimo de hacer. Fijémonos en la primera acepción. En inglés dicen to play, equivalente a jugar (tanto a las muñecas como en un casino) o a ejecutar —un instrumento musical—. Al igual que en francés; jouer significa jugar o interpretar un instrumento. En rumano a jucâ quiere decir además bailar.

Así podríamos seguir (es un decir; alguien podría seguir, no yo) estudiando la singularidad intrincada del verbo actuar en distintas lenguas. Pero por encima de actuar se monta otro verbo, con sus propias dificultades: sobreactuar.

Si nos referimos a la primera acepción, la de interpretar un papel en una obra, sobreactuar no esconde ningún misterio. Sobreactúa o se sobreactúa el actor o la actriz que exagera los gestos o las actitudes de su personaje, al punto de hacerlos poco creíbles.

Si nos fijamos en la segunda acepción, sin embargo, la de hacer o la de realizar una acción, las cosas se complican. En la entrega anterior incluí la sobreactuación como una de las formas de la alucinación. Se trata de una propuesta relativamente audaz, que ha provocado alguna polémica y merece ser desarrollada.

Como en el teatro, quien sobreactúa en la vida pública o cotidiana también exagera; y esa exageración puede ser consciente, voluntaria o inconsciente. Es común, en este sentido, la confusión entre la sobreactuación y la histeria. La histeria en su acepción más vulgar, difundida y equivocada.

Hablemos un poco del histérico; y lo digo en masculino para salir al paso de las versiones primigenias según las cuales se trataba de un transtorno exclusivamente femenino (hyster es útero en griego). Esta concepción se vio reafirmada en los primeros trabajos de Freud, con las histéricas de Charcot, en particular. Los hombres tal vez no tengan hyster, pero pueden ser tanto o más histéricos que las mujeres.

El histérico, pues, es aquel que se toma absolutamente en serio sus patrañas, sus miedos, sus obsesiones, al punto de volverlas realidad. Es el que cree a pie juntillas que el avión se va a caer porque él tiene miedo de que se caiga y la cara seria de la azafata no deja lugar a dudas. Es el que no puede caminar porque está convencido que no puede ni debe ir a ningún lado.

El histérico es, también, sin duda alguna, un exagerado. Pero de manera diferente al sobreactuado. Este último no es víctima de sus aprehensiones, sino que pone a su servicio, con tino o sin él, sus obsesiones. Grandes nombres de la historia han sobreactuado, y su sobreactuación ha sido la clave de su éxito. Pasa un poco lo mismo que con los grandes creadores, científicos o artistas, muchos de los cuales han sido obsesivos compulsivos en grado extremo.

Ni Stalin ni Gandhi ni Fidel fueron histéricos. Sobreactuantes sí. Y su sobreactuación les rindió en un momento dado magníficos resultados. Aunque a final de cuentas terminó disolviéndolos. Todo el teatro griego está sobreactuado. Ver a sir Lawrence Olivier representando al príncipe Hamlet provoca hoy más bien una tierna sonrisa y no se percibirá ningún hedor proveniente de Dinamarca.

La sobreactuación implica, como toda alucinación, una visión deformada de la realidad, si es que tal realidad no es deforme en sí. Y está muy cerca del delirio. La única diferencia, tal vez, es que este último se puede desbocar, y llevar directamente al frenopático. En particular, el delirio de los poderosos es altamente peligroso, si embona con el delirio de sus seguidores. Grandes tragedias de la historia se asocian al delirio y a la sobreactuación de los líderes, que a menudo logran crear otro concepto que me atrevo a proponer e igualmente discutible: la “sobreactuación colectiva”, los pueblos delirantes.

Ya mencioné, creo, en el texto del martes anterior, a Hitler. Quizás el ejemplo más límpido de dirigente y pueblo delirante. Pero no hay que ir tan lejos, ni en el tiempo ni en la geografía, para encontrar paradigmas claramente ilustrativos. En nuestro país y en nuestros días, en particular. Entre nuestros políticos actuantes hay un buen número de sobreactuantes. Y uno de ellos concretamente se encuentra con un pie bien plantado en el delirio.

La cosa no es banal pues, como lo digo líneas antes, la sobreactuación suele acarrear inconvenientes e incluso el desastre de quien sobreactúa, pero también de aquellos a los que se dirige la sobreactuación. Y de manera principal a los que se adhieren a ella y la hacen suya.

Sin embargo, como espero que haya quedado tenuemente claro, existe la sobreactuación acertada y pertinente. Muy personal y singularmente yo le debo la vida a la sobreactuación oportuna y sabia de una joven llamada Rosalba.

bruixa@prodigy.net.mx

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