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Presidencialismo sin presidente
René Avilés Fabila
01-Nov-2009
La herencia caudillista pesó demasiado en la democracia. El Ejecutivo devoró a los dos poderes restantes.
Por trabajo tuve que releer la obra que Adolfo López Mateos mandó hacer para conmemorar los 50 años de la Revolución Mexicana. Leí con cuidado la parte cultural donde los textos de Edmundo O’Gormán, Antonio Magaña Esquivel, Pedro Ramírez Vázquez y José Luis Martínez mencionan las conquistas artísticas de 1910 a 1960. También recordé a Porfirio Díaz que planeó grandes obras para conmemorar el Centenario de la Independencia, poco antes de pasar de héroe a villano. Hoy el panorama es desolación pura. Multitud de simplezas, boberías y errores constituyen los proyectos para conmemorar ambas fechas. El PAN, que pasó su vida renegando de la Revolución y especialmente de la Constitución, ahora busca sin mucho empeño hallar algo para señalarlas como hitos históricos.
Con la educación y la cultura al borde de una severa crisis por falta de recursos y pésima conducción, el gobierno de Felipe Calderón se encuentra atrapado por graves problemas económicos. Unos vienen de fuera, los restantes se deben a la incapacidad de sus colaboradores. El PAN, brillante y tenaz opositor, ya en el poder, no sabe qué conduce: un corporativo industrial o un Estado. La mayoría de los mexicanos se inclina por lo primero. La rigidez del presidencialismo a la mexicana fue un defecto del sistema creado por Plutarco Elías Calles y mejorado por el talento político del general Cárdenas, cuyo fin no era otro que darle cierto orden al país. Pero la herencia caudillista pesó demasiado en la democracia nacional. El Ejecutivo devoró a los dos poderes restantes. El equilibrio no existió por décadas. Pablo González Casanova hizo un estudio en La democracia en México y probó que las acciones políticas y jurídicas se concentraron en el primer mandatario hasta 2000.
La llegada del PAN a través de un caudillo patético como Fox, permitió un acelerado cambio y de pronto el presidente todopoderoso, intocable, se convirtió en blanco de críticas, burlas e insultos. De hecho, él mismo las inició cuando en la Cámara baja ironizaba al priismo. El PRD, de partido esperanzador pasó con AMLO a fábrica de lodo y ahora tenemos un sistema presidencialista sin presidente o con alguien que en vano trata de mostrar cierto decoro. Nadie le ayuda. Decide eliminar al SME, un sindicato como la mayoría, corrupto, y da el primer paso sin pensar en el segundo. Allí está, atorado de nuevo. El presidente legítimo desapareció de la escena principal para pasar al circo de tres pistas (PRD, Convergencia y PT), pero los medios lo mantienen vivo como lo hicieron con el hoy perfectamente abandonado subcomandante Marcos. Quienes manejan la comunicación social de Calderón deben ser perredistas o priistas, porque los suyos son inútiles, como lo vemos en la actual polémica entre el Ejecutivo y una iniciativa privada arrogante, respondona y ávida de ganancias.
Seguimos bajo un sistema presidencialista, pero degradado. Visto de cerca es ridícula la impericia de los panistas. Sólo veamos a los secretarios de Gobernación (antaño la conducción de la política interna): de todos no se hace uno. No saben quién es quién en la política mexicana. Como empresarios o comerciantes no eran malos. El Estado no es lo suyo. Qué decir en materia de cultura y educación, O algo peor, ¿quiénes han sido los dos recientes jefes del PAN, Germán Martínez y César Nava? Buscapleitos, lamentables negociadores que, como los demás miembros de partido y gobierno, crean más problemas de los que resuelven. Al final, el PAN y Calderón particularmente, lamentarán los errores que cometen luego de tres años de un gobierno lleno de buenas intenciones y logros mínimos. Alguien ironizó: “¿Tenemos presidente en México?” La respuesta podría ser negativa.
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