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El retorno de Frankenstein
René Avilés Fabila
25-Oct-2009
Es curioso que un partido paquidérmico, con parálisis ideológica, un historial autoritario, ahora sea una esperanza.
Las elecciones más recientes, Tabasco y Coahuila, son hechos significativos: el PRI no regresa, ya regresó. El PRD perdió hasta Macuspana. La cuna de Andrés Manuel fue su tumba. El PAN sigue la misma ruta: acumula derrotas, no importa cuán novedosa sea la lucha de César Nava. Como van las cosas, el PAN tendrá que ampliar el plan para ganar Oaxaca y firmar un vergonzoso acuerdo con el PRD para enfrentar al PRI e impedir que se reinstale en Los Pinos.
No cabe duda, entre la incapacidad del panismo y la corrupción del PRD, al país le entró muy pronto la nostalgia por el PRI. Pocos creen que Acción Nacional conserve la presidencia y si alguno logra imaginar una plena recuperación del perredismo, no está en sus cabales. Por ello , hay que preguntarse qué clase de PRI regresará al poder. ¿El mismo que nos hartó en 2000? A primera vista sí, de todos los que ahora aparecen en primer plano, el único nuevo es Enrique Peña Nieto, los demás son antiguallas, como Beatriz Paredes que corre a los sitios donde el partido ha ganado a gritar ¡hemos triunfado!, cuando son los gobernadores, todavía de mano dura, quienes han llevado al viejo PRI a parecer nuevo. Han mostrado, como diría una imagen tonta, el músculo. Si el DF no lo recuperaron fue por dos razones: hubo cero trabajo, ni siquiera buscaron candidatos adecuados, algo que hizo el PAN, y las ofensas del presidencialismo fueron tan graves que lograron vacunar a los capitalinos, quienes hoy, hartos del perredismo, miran esperanzados a Acción Nacional. En cambio, la nación piensa en el PRI y concretamente en Peña Nieto. Allá apuntan las encuestas.
Es curioso que un partido paquidérmico, con parálisis ideológica, un historial autoritario, ahora sea una esperanza. ¿Lo que vimos con PAN y PRD no nos gustó? Al parecer, no. El primero entró a la senda democrática de manera abrupta: el menos adecuado para mostrar las bondades de la alternancia era Vicente Fox. A su vez, el PRD estuvo cerca del Paraíso, pero se había corrompido en exceso, sus mentiras eran obvias y su ideología quimérica. López Obrador es la demagogia perfecta: quería a cualquier precio llegar al poder porque un ser superior se lo había dicho. Hoy sufre el rechazo de sus partidarios, la izquierda se deshace y para reconstruirla han encontrado en Manuel Camacho, uno de los peores casos de priismo, la salvación. Si pensamos en su historial, resulta una pésima broma. No se formó leyendo a Marx, Guevara o Bobbio, lo hizo bajo la tutela de Salinas y dejó el PRI porque no le dieron la presidencia, no porque lo haya invitado Cárdenas. Su consigna será: Corruptos del mundo, uníos.
La política mexicana se ha envilecido tanto que las alianzas cambian con frecuencia. Hoy PAN y PRD, irreconciliables, cada uno con su propio presidente nacional, van unidos en Oaxaca. En Michoacán hay que desalojar al PRD, entonces la coalición es PRI, Verde Ecologista y PAN. Ayer estaban juntos Muñoz Ledo y Salinas, en tanto PRI y PRD se aliaban para frenar impuestos. ¿Nos atreveríamos a llamarle a esto lucha ideológica? Si nos hemos fastidiado señalándole al PAN su derechismo, por qué aceptamos el falso izquierdismo del PRD. O que el PRI de Beatriz Paredes es “socialdemócrata”. ¿Se le nota? ¿Si gana Peña Nieto bajo qué signo gobernará, el de López Mateos, Díaz Ordaz o Salinas? ¿Nos dirá que es de centroizquierda, que rechaza el neoliberalismo o mejor se queda callado?
Quienes votaron en blanco, tienen razón: la partidocracia nacional es un asco. Pero es la sociedad civil quien debe impulsar un nuevo proyecto político. El sistema que nos rige, creado por el PRI, no tiene remedio, necesita cirugía mayor. Hagámosla.
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