Realidad y alucinación
Marcelino Perelló
20-Oct-2009
No sé qué tanto chiste es hacer un repertorio del sentido del sueño. En todo caso no aquí. De hecho, en español, y creo que es en la única lengua, deberemos hablar en plural si queremos referirnos al reino de Morfeo.
Los bracitos rollizos de Rosalba se agitan, asustada por mi inquebrantable sueño. Todo esto sucedía aquí mismo hace exactamente una semana. Ni crea que se lo voy a recordar, güevón lector, o lo busca en internet o se va a Bucareli 1 o simplemente lo olvida.
La cosa iba de sueños, no despertares y sobreactuación. De ello hablaremos hoy.
Los límites entre ellos son tan difusos como entre los de los pantanos o los de las dunas. Así son los términos y las palabras: movedizos, engañosos, resbaladizos, se sobreponen, se adentran y se retiran de los de los demás.
Ya lo dijo el grande: “La vida es una barca”, Calderón de la Mierda. Mucho antes su ilustre compatriota lo había proferido de otra manera: “Que la vida sólo es un sueño y los sueños, sueños son”. De tantos otros podríamos hablar, de François Villón o las distintas formas del Nirvana induista.
Pero no sé qué tanto chiste es hacer un repertorio del sentido del sueño. En todo caso, no aquí. De hecho, en español, y creo que es en la única lengua, deberemos hablar en plural si queremos referirnos al reino de Morfeo. De otra manera caeremos en el riesgo de confundir éste con el simple sopor y el dormir.
El sueño, en efecto, es la más común y desde la antigüedad la más despreciada de las alucinaciones. Aunque se ha intentado dotarlo de cierta nobleza, atribuyéndole propiedades proféticas. El gran sacerdote de los sueños, sin embargo, es Sigmund Freud, él los elevó a las cúspides desde su modesto templo en 19, Berggasse. La raíz ya lo dice todo.
Pero existen más formas de vidas aparentes: la alucinación, el espejismo, el delirio, la sobreactuación, la ofuscación, la pesadilla y otras que ahora no se me ocurren. Comúnmente los usamos como sinónimos, pero no lo son. Los expertos en psicodelia y los tres ?, psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras, conocen, mal que bien, su significado preciso y sus distinciones.
La diferencia fundamental es que en el sueño y normalmente también en la pesadilla, el sujeto está para los demás, inerte y, por tanto, inerme, también en algunos casos de alucinación. En cambio en el delirio, la sobreactuación, la ofuscación y el espejismo el sujeto salta las barreras y se mezcla con los despiertos, pudiendo provocar grandes cataclismos tanto para uno como para otros.
Acabo de pasar por una experiencia terrible. Hace seis semanas exactamente ingresé a la Fundación del doctor Salvador Zubirán, conocida por los cuates como Hospital de Nutrición o simplemente “Nutrición”. Se trata de una institución emblemática, de una de las cúspides del edificio sanitario nacional. Y, sin embargo, en el santuario de la salud en nuestro país pueden pasar cosas horripilantes.
Contraje ahí una “neumonía trifocal”, huésped común de numerosos centros hospitalarios, cuanto más higiénicos mejor. Ello causó una grave falta de oxígeno en mi planta alta, en el cerebro, lo que produjo mi descenso inmediato a la planta baja del hospital, en urgencias. Ahí se inicia el malson o pesadello, le cauchemare, cauchmarul, nightmare. Lo escribo en todas las lenguas que me sé para tratar de dar una idea de la dimensión aterrorizante del asunto. Curiosamente, no la encuentro en italiano. Realmente curioso porque, como quiera, no porque sí, esos cuates tienen a Dante. Aunque ya pensándolo bien también tienen a Berlusconi. En alemán no sé cómo se dice, pero sería algo así como Auschwitz.
El caso es que hace mes y medio tres focos neumónicos y cincuenta años de fumador hicieron que mis pulmones renunciaran a abastecer de oxígeno al cerebro en cantidad suficiente, y empezó la alucinación. Primero en forma de arrebatos de furia y después en viajes angustiosos por parajes ignotos. Tuve que ser trasladado a urgencias y a terapia intensiva donde fui entubado e inmovilizado y donde permanecí tres o cuatro días. Ni sé. A mí me parecieron tres o cuatro años. A ratos las fronteras se rompían y entraba en contacto con los entrañables que me rodeaban, angustiados.
La reflexión posterior no fue fácil ni para mi ni para mis allegados. En este mundo pueden suceder cosas terribles de muy difícil comprensión y de asunción imposible. El punto álgido es si realmente existe una frontera entre la realidad y los distintos tipos de alucinación. ¿No será la realidad, como lo sugieren el arcipreste y Calderón, más que una forma de alucinación?, ¿ no tan inocua como el sueño?
Hitler fue un delirio —delirium, acota inclemente la inabastable doctora Alcocer—. Bush fue otro y nosotros tenemos los propios, el último de los cuales lleva un punto decimal.
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