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Palacio de Bellas Artes: viejo verde
María Luisa Mendoza
10-Oct-2009
Mi amor creció cuando me inscribí en la Escuela de Escenografía del INBA, con Julio Prieto. Es el total pasado.
Tengo mucho más trabajo porque tengo menos espacio para escribir. Es decir, todo se reduce en esta nueva vida vieja, el tiempo de existencia, la oportunidad sagrada del amor, la ganancia en el trabajo, los caminos por recorrer, la memoria… menos las ganas locas de vivir París, el campo guanajuatense, los gusanitos de maguey, la recámara de Riqui Parra, las novelas de mis autores preferidos per se, y, sí, otro libro más en mis haberes. Me debo acostumbrar como lo he hecho a no beber nada helado, no comprarme lo que me gusta o tener coche o chofer o no ir al teatro o al cine tan amadísimos. Total, como decía mi abuela: “Para lo que me queda en este convento…”. Dejé de fumar porque tengo muchas ganas de vivir, claro está, con una neumonía marca diablo, en altamar, hablando en inglés con mi doctor sudafricano guapísimo, como de El paciente inglés, juré no volver a fumar, espero. Lo he cumplido desde diciembre del año pasado y a veces se me vuelve a antojar tanto como el amor, haga usted de cuenta. Entonza, me pregunto cómo celebrar los setenta y cinco años de inaugurado el Palacio de Bellas que viví desde un palco y todo con los Aguilar y Maya, los ricos de la casa, para ver una función de ballet ruso (ella se llamaba Irina y luego actuó, es un decir, en el cine mexicano. Con ellos también fui a mi primera y última función de lucha libre). Para empezar, la primerísima vez, la inaugural, la inolvidable, es la vez en la cual mi hermanito Manuel y yo fuimos a Bellas Artes, segundo piso, a ver los signos del zodíaco, de Sergio Magaña (quien habría de ser inmenso amigo mío).
Yo estaba señalada por el dedo de Dios (como los soldados) a tener en la entraña el Palacio. En 1954 entré al periódico El Zócalo a cubrir la fuente de cultura. Hay una foto histórica donde me veo, flaca y despeinada, caminando rumbo a la puerta trasera de Bellas Artes, a mi trabajo diario. Por cierto, era el jefe del Teatro, Miguel Guardia, mi muy querido poeta, y el director, Celestino Gorostiza. Es el total pasado. Mi amor por Bellas Artes creció cuando me inscribí en la Escuela de Escenografía del INBA, con Julio Prieto como la deslumbrante aurora boreal de mi existencia. Cubrí Bellas Artes para el periódico casi hipnotizada de la belleza, junto a los actores que iban a ser estrellas totales, ¿que digo? Raúl Dantés, Sergio Bustamante, Nacho López Tarso, Carlos Ancira, etc., y mis maestros… Fernando Wagner —hermano luego— y don Ignacio Monterde, más tarde mi tutor en la beca del Centro Mexicano de Escritores. En fin, yo nunca me imaginé el tatuaje para siempre que en mi vida y en mi corazón iba a ser Bellas Artes, que hoy cumple 75 años…Viejo miserable, rabo verde, reliquia maltratada, salón para velar muertos, o subir exponiendo la vida las escaleras de mármol verdaderamente asesinas. Yo te amo, Palacio, eres mi historia, mi principio y mi fin. Dentro de ti aprendí a amar...
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