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Recuerdos del 68
Fernando Serrano Migallón
08-Oct-2009
La fiesta terminó después de que izaron la bandera rojinegra y entraron las tanquetas en el Zócalo, hubo muertos y heridos.
En 1968, tenía 19 años: fui una parte mínima del protagonismo que jugamos todos. El 68 empezó en 1966, primero lo de Morelia y lo de Durango; luego, lo del rector Chávez. A partir de julio de 1968, el movimiento comenzó a manifestarse. No estuve en los pleitos de La Ciudadela ni en el de la Ochoterena y la Voca 5; me enteré, como todos, por las noticias que corrían, subterráneas pero fieles. El 30 de julio, Barros Sierra, que nunca sabré si fue el mejor rector que tuvo la UNAM, pero sí uno de los más valientes, izó la bandera nacional a media asta, para protestar por el allanamiento de las preparatorias y las detenciones de los estudiantes. Díaz Ordaz respondió con lo de su mano tendida y las pintas respondieron: “A la mano tendida, la prueba de la parafina”. Nació el CNH, como un interlocutor que el poder consideró una amenaza. Hablaban de diálogo y traíamos encima a la policía; se conminaba a los padres a que no nos dejaran salir a la calle; veían un comité comunista en el CNH, que más plural no podía ser.
Así comenzó la fiesta: casi todos los estudiantes participamos en alguna brigada; llegabas a un lugar público y en tres minutos denunciabas la represión, repartías los volantes y salías corriendo antes de que interviniera la policía. No encuentro qué motivó la ira de Díaz Ordaz contra un pliego petitorio que no buscaba derrocar al gobierno o frenar las Olimpiadas. Era un movimiento social, amplio, pero con limitaciones, dirigido por clasemedieros urbanos principalmente circunscritos a la Ciudad de México.
La fiesta terminó después de que izaron la bandera rojinegra y entraron las tanquetas en el Zócalo, hubo muertos y heridos; el Ejército se apostó alrededor de la Ciudad Universitaria y de Zacatenco. En septiembre, so pretexto de que insultábamos y ofendíamos, la represión subió de tono. Respondimos con La Marcha del Silencio: 250 mil personas caminamos sin pronunciar palabra. Esa resistencia muda rompió la poca tolerancia del gobierno: cinco días después, el Ejército tomó la Ciudad Universitaria. Barros Sierra encabezó una manifestación en la que la autoridad universitaria respaldó al CNH. Un pobre diputado ignorante atacó al rector; al presentar éste su renuncia, la Junta de Gobierno de la Universidad la rechazó y le pidió que se quedara. Para octubre, el movimiento estaba golpeado, con gran parte de sus líderes detenidos o desaparecidos y la capacidad de respuesta profundamente minada.
El mitin del 2 de octubre tuvo un carácter de verbena popular: había sido convocado desde el 27 de septiembre con la Universidad ocupada por el Ejército, en la Plaza de las Tres Culturas, considerada ya sede del movimiento y, además, justo un día antes se había reabierto la Ciudad Universitaria. Esa tarde predominaban los estudiantes, pero había familias completas, vecinos de la unidad, obreros y empleados, que mostraban el verdadero rostro del 68, el de una sociedad que se felicitaba por su toma de la libertad y su derecho, por su voz recientemente estrenada, la de los ciudadanos; un rostro que, pese a todo, sonreía y esperaba; un rostro que políticos ambiciosos y cortos de vista desfiguraron a balazos, golpes, torturas y detenciones, y sellaron con sangre su propio destino y el de su sistema ya entonces caduco.
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