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Cebollitas de cambray

Marcelino Perelló
29-Sep-2009
La Revolución Rusa de noviembre, es decir de octubre, funda el primer Estado socialista propiamente dicho, 34 años después de la muerte de Marx. Dejemos de lado los experimentos fallidos y efímeros de París en 71, de Berlín en 14 y 19 o en Budapest en 18.



A Gloria Artís, una de las contadas personas que saben hacer las cosas bien en nuestro país. Y que, como tal, hoy se ve víctima de la estulticia prepotente.

La grandeza de Karl Marx reside indiscutiblemente en su crítica al capitalismo. No sólo en su obra magna El Capital, sino en prácticamente todo el resto de sus textos, desde los pequeños opúsculos, como Salario, precio y ganancia, o las obras mayores, por ejemplo, los Manuscritos económicos y filosóficos.

En cambio, en lo que se refiere a la construcción del socialismo digamos que Carlitos se vio un tanto endeble. Se hizo maje. No sé si para bien o para mal. Sólo nos hubiera faltado tener un recetario que nos impusiera las normas y los pasos a seguir en la edificación de la sociedad sin clases.

Aunque no puedo no confesar que una cierta guía, más allá de la dictadura del proletariado, no demasiado rígida, no nos hubiera venido del todo mal. Quién quita y algunas enormidades se hubieran evitado. La Revolución Rusa de noviembre, es decir de octubre, funda el primer Estado socialista propiamente dicho, 34 años después de la muerte de Marx. Dejemos de lado los experimentos fallidos y efímeros de París en el 71, de Berlín en el 14 y el 19 o en Budapest en el 18. En la flamante Unión Soviética, toda propiedad productiva, industrial o agrícola fue enajenada por el Estado; en otras palabras, todos los medios de producción fueron hechos “públicos”, eufemismo utilizado para atenuar el adjetivo de estatales.

Tal medida provocó un enorme descontento sobre todo en los medios rurales, donde los mujiks habían trotado, nunca mejor dicho, en caballo de hacienda. Y los campesinos estaban acostumbrados a poseer su respectiva parcela y sus propios animalitos, por modestos que éstos fueran. El malestar fue tal que la producción agropecuaria se colapsó y volvió la hambruna a villas y ciudades.

Ello obligó al gobierno de Lenin a proclamar en 1921 la tristemente célebre NEP, Nueva Política Económica, por la cual se permitía la pequeña propiedad privada, sobre todo rural. Surgieron al mismo tiempo los kolkhoses, cooperativas agropecuarias, y los sovkhoses, empresas agrícolas de Estado. En los primeros, los campesinos ganaban según la cantidad y calidad de la cosecha y la cantidad y calidad de animales y derivados producidos; en los segundos, en cambio, los trabajadores eran “proletarizados” y recibían un sueldo fijo independientemente de la producción obtenida. Además, y eso resultó a la postre lo más importante, se permitió a los campesinos poseer una parcela mínima, de no más de algunas áreas en propiedad privada. En las ciudades, algunos pequeños artesanos se pudieron convertir en propietarios de su taller, siempre y cuando no tuvieran empleados.

Cada vez que se resuelve un problema surge otro nuevo. A Xochimilco trajeron carpas chinas para terminar con la plaga del lirio acuático. Ahora no saben qué traer para terminar con la plaga de carpas chinas. En la URSS empezaron las trampas. Productos que eran obtenidos en el sovkhos eran transferidos ilegalmente al kolkhos y de éste los agricultores sustraían clandestinamente todo lo que podían hacia su respectiva parcela, y como tal lo comercializaban.

Sólo para darle una idea déjeme decirle que en los mercados de las grandes ciudades existían tres sectores de venta: el de los particulares, el de los kolkhoses y el de los sovkhoses. Los más caros eran los primeros, seguían los segundos y los más baratos eran los del sovkhos. De todos modos, no había gran diferencia en los precios, pero los productos de las parcelas eran hermosos y rozagantes. Y limpios. Pepinos como berenjenas y berenjenas como sandías. Los de los kolkhoses eran bastante más esmirriados, sandías como berenjenas y berenjenas como pepinos. De los del sovkhos ya ni le platico, todas las coles parecían de Bruselas y todas las cebollas de cambray, sólo que secas y acedas.

Si llegaba uno al mercado después de las nueve de la mañana, en el sector privado no quedaba absolutamente nada. Se tenía uno que conformar con los productos del kolkhos. Y si acaso llegaba después de mediodía sólo le quedaba comprar algún cadáver putrefacto de col o de cebolla de algún sovkhos.

Aunque no lo parezca, todo este rollo no es más que la continuación de mi disquisición sobre el fantasmagórico impuesto de 2% que nos quieren imponer (para eso son los impuestos, para ser impuestos). Y en la tenue esperanza de que les caiga el veinte de que con la economía no se juega. No es añádemele ahí un tanto por ciento. Afortunadamente Dios es grande y el dos de los dos no pasará. De lo contrario, cebollitas de cambray.

bruixa@prodigy.net.mx

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