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Gobernar Iztapalapa

Ruth Zavaleta Salgado
24-Sep-2009
El DF y esa demarcación eran el laboratorio desde donde se podría demostrar que el PRD y la izquierda mexicana tenían proyecto y podían ejercerlo de una forma diferente.



En los últimos meses hemos escuchado, con enojo, atención, sorpresa y hasta sarcasmo, el desenlace de la denominada telenovela Juanito. Resulta sorprendente que una buena parte de quienes se interesan por el personaje y su futuro en el gobierno de la delegación Iztapalapa no hayan reparado en el programa o proyecto que impulsará desde el momento en que proteste como titular de la administración pública de la demarcación y muchos menos han atendido si sus ciudadanos confían en que el gobierno tenga un adecuado desarrollo.

Gobernar cualquier demarcación política no es una tarea sencilla, menos cuando está poblada por más de una cuarta parte de la población del Distrito Federal y tiene una lista apremiante de desventajas y problemas. Considerada durante muchos años “el basurero de la ciudad”, fue ocupada por migrantes de la provincia y de la zona central del DF. En medio de esas necesidades apremiantes de los nuevos pobladores, surgieron dos visiones de desarrollo: la que buscó el uso clientelar y electoral de los habitantes y la que propuso generar una nueva visión política cultural territorial donde la población se apropiara de su territorio y manifestara su orgullo de pertenencia. Retomando principios de la “experiencia Palermo”, esta última visión fortaleció la idea de la cultura de la legalidad, el orgullo y la identidad de los iztapalapenses. Había que querer nuestra casa, para cuidarla.

Antes de 1997, año en que comenzó a gobernar el PRD, a Iztapalapa llegaron a gobernar los cuadros del PRI que “estorbaban” en sus estados, por lo que nunca fue planteado un verdadero programa de gobierno que rescatara los valores y los proyectos sociales de la zona.

Cuando en 1997 el PRD ganó el gobierno de la ciudad, encabezado por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, el partido triunfó frente al PRI en el lugar más emblemático del país, el sitio donde el descontento de la clase media se manifestó desde los sesenta y que, con los sismos de 1985 y el proceso electoral de 1988, tuvo su consolidación.

El Distrito Federal, e Iztapalapa, eran el laboratorio desde donde se podría demostrar que el Partido de la Revolución Democrática y la izquierda mexicana tenían proyecto y podían ejecutarlo de una forma diferente.

Hoy, se equivocan quienes piensan que la demarcación es vista como un botín por su presupuesto (el que se le otorga es relativamente bajo si lo comparamos con el que se da a los gobernadores de los estados más pequeños que Iztapalapa), no alcanza ni para cubrir las necesidades mínimas de los ciudadanos, como la dotación de agua potable.

La demarcación es importante por su impacto y peso político en la capital, constituye una cuarta parte de la población, lo que se traduce en la votación para ganar o perder la Ciudad de México: quien gane el voto de Iztapalapa, avanza al triunfo electoral en la urbe. Por ello la importancia de la lucha interna del PRD por esa delegación. Pero más importante es porque, desde hace más de nueves años, un programa de gobierno de izquierda ha impulsado nuevas formas de gobernar. Esa es la importancia radical que presenta la demarcación.

Las administraciones que dieron continuidad a un programa de izquierda desde 1997, rescataron las escuelas en coordinación con la Subdirección de la SEP; implementaron con los padres de familia el programa mochila segura (ahí surgió para el país); pusieron en marcha un programa de combate y prevención de adicciones y contra la violencia intrafamiliar; rescataron la titularidad de los deportivos y parques públicos, y se expulsó de sus zonas a los delincuentes y la distribución de drogas; se pavimentaron las calles y se logró prácticamente instalar la infraestructura de drenaje, agua y electrificación en toda la demarcación; se combatió la inseguridad en coordinación con la Secretaría de Seguridad Pública y se impulsaron proyectos de desarrollo comercial y pequeña industria no contaminantes, al mismo tiempo que se abrían pozos de absorción de agua pluvial. La continuidad del proyecto fue indispensable. No está de más afirmar que el éxito o el fracaso de las estrategias depende ineludiblemente de la continuidad que se les dé.

¿Cuál es el objetivo de todo gobierno o administración pública? ¿Llevar a buen término la dirección de las instituciones para brindar seguridad y desarrollo a los ciudadanos o dirimir qué grupo político debe tener en sus manos la administración? Importa quién gobierne, pero más cuál es su proyecto y cómo piensa instrumentarlo en la realidad para beneficio de los ciudadanos. Quienes vemos con atención a Iztapalapa creemos que más allá de los dimes y diretes que implica la existencia de una figura pública, importa la continuidad de proyectos que no son de un grupo político sino de los ciudadanos de Iztapalapa.

Hoy, todos los actores sociales (medios de comunicación sobre todo) y políticos (los partidos de izquierda principalmente) tienen que estar atentos a que Iztapalapa no se convierta en el preámbulo de la crisis social y política en el Distrito Federal y, por ende, en el país. El caos que se puede generar en Iztapalapa puede ser la muestra del caos en el país.

ruthzavaletas@yahoo.com.mx

 

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