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Aniversarios

Cecilia Soto
21-Sep-2009
El Partido Nacional Socialista, y Hitler con éste, llegan al poder, entre otros factores, gracias a una definición anémica de la democracia.



Este septiembre se cumplen 70 años del inicio oficial de la Segunda Guerra Mundial y de la muerte de Sigmund Freud, el fundador del sicoanálisis. Ambos, la guerra que exhibe la frágil línea que separa el lento proceso civilizatorio de la peor de las barbaries y la obra de quien inició el estudio sistemático de la psique humana, sus deseos y sus pulsiones, delimitan un antes y un después.

De hecho, el salto generacional que marcan gobernantes como Barack Obama o Felipe Calderón puede definirse como el de no haber crecido con el panel de fondo del fin de la guerra, los hallazgos de la dimensión de los crímenes de los nazis, el juicio de Nuremberg, la Guerra Fría y el miedo a la extinción total como el principal elemento de disuasión para una guerra nuclear, así como el que una parte de la humanidad, Europa Oriental y la Unión Soviética, pudiera vivir sin acceso a derechos humanos elementales al tiempo que se desarrollaba un vigoroso movimiento de descolonización en el llamado Tercer Mundo.

La generación que gobernó durante la Segunda Guerra aprendió lecciones imprescindibles. La primera, sin duda, fue que la victoria no debe llevar a la destrucción y humillación del derrotado, so pena de incubar el huevo de la serpiente. El Tratado de Versalles, de 1919, con que finalizó la Primera Guerra Mundial, impuso a Alemania condiciones de humillación política e inviabilidad económica, tales que fueron el caldo de cultivo idóneo para que se incubara el nazismo. Por ello, al fin de la Segunda Guerra se propone la reconstrucción de Europa con el Plan Marshall y, posteriormente, estadistas como Jean Monnet, De Gaulle y Adenauer proponen la solución duradera de la integración económica, iniciada con los dos antiguos rivales, Francia y Alemania.

El Partido Nacional Socialista, y Hitler con éste, llegan al poder, entre otros factores, gracias a una definición anémica de la democracia, reducida al conteo de votos. La doctrina de los derechos humanos, relanzada con la Declaración Universal de 1948, es una respuesta a ese error garrafal de la democracia alemana y a la idea equivocada de que los derechos y las libertades de un pueblo conciernen exclusivamente a sus autoridades internas. El respeto a los derechos humanos definidos de una manera amplia, es una cultura que ha venido penetrando muy lentamente en las prácticas gubernamentales. Hay ejemplos de sobra, en nuestro país, de la dificultad para que la cultura de respeto a los derechos humanos desarrolle raíces profundas y vigorosas.

Las lecciones de la Segunda Guerra deben ser materia fundamental en la enseñanza de todas las generaciones. Particularmente en la educación media superior, nuestros estudiantes deben analizar películas como Shoa, de Claude Lanzmann, sobre la maquinaria de exterminio montada por Hitler y el papel del silencio para que ésta pudiese continuar. Libros como el Diario de Ana Frank o los testimonios invaluables de Jorge Semprún, Víctor Frankl y de Primo Levi, sobre su experiencia en los campos de concentración, les transmitirán los matices luminosos y más terribles de la naturaleza humana.

Freud y las poderosas corrientes de sicoanálisis, siquiatría, sicología y neurobiología que despierta su obra fundacional no dejan de sorprendernos con nuevos hallazgos sobre quiénes y cómo somos. Descubren, entre otras cosas, que las ideas equivocadas sobre el mundo que se forman en la infancia difícilmente ceden con el paso de los años. Corrientes como el negacionismo encabezado por el mandatario iraní, los neonazis en Alemania o el racismo de los skinheads en Estados Unidos, los creacionistas, los que se saben extraterrestres o mensajeros divinos, tienen su origen y fuerza en esta dificultad para que el pensamiento racional se arraigue ahí donde la educación y el entorno de vida no pudieron o no quisieron ganar terreno al pensamiento mágico de la infancia.

ceciliasotog@gmail.com

 

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