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Mi vida con el fondo
Cecilia Soto
14-Sep-2009
Antes de viajar a Brasil como diplomática, leí las memorias de Alfonso Reyes y su descripción de la Rua das Laranjeiras.
Este septiembre se cumplen 75 años de la fundación del Fondo de Cultura Económica, el “Fondo” como le llamamos precisamente por economía y por sentir que a todos aquellos a los que les hablamos del “Fondo” saben o deberían saber a qué nos referimos. Comencé a leer los libros del FCE entre la secundaria y la prepa aunque algunos de sus autores, especialmente Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y José Vasconcelos, estaban en casa desde que yo recuerdo.
La historia cuenta que en 1934 un grupo de intelectuales en torno a don Daniel Cosío Villegas, quien había fundado la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, observó que la mayoría de los textos de ciencias sociales y en especial de economía se editaban en inglés, alemán u otros idiomas y que no bastaban unas magras clases de inglés para que los estudiantes pudieran aprovecharlos. Surgió así la idea de crear un fondo editorial y, con un préstamo de 10 mil pesos y un cuartito en el Banco Hipotecario y de Obras Públicas, se inició la obra editorial que ha cambiado y enriquecido la vida de cientos de miles de latinoamericanos.
Parecería natural que, a principios de 1930, si no existían los textos esenciales para formar economistas, funcionarios públicos y abogados en una nación que apenas estaba formando sus instituciones esenciales, se tomara una iniciativa como la de crear el Fondo de Cultura Económica. Pero no tiene nada de natural y sí mucho de visionaria. Cuando llegué a estudiar física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, cuando ésta ya tenía varias décadas de fundada, los libros de textos fundamentales también estaban en inglés y a nadie se le ocurrió fundar una editorial dedicada a las ciencias. Yo creía que leía perfectamente en ese idioma hasta que —lo recuerdo muy bien—, al estudiar el movimiento browniano de las partículas, me tropecé con la palabra “behavior” y por más que me la saltaba e intentaba tener un sentido general de la oración o le atribuía significados que le pudieran dar un sentido coherente, no tenía éxito. Así que tuve que acudir al diccionario, descubrir que mi inglés era más precario de lo que ya pensaba e iniciar un romance apasionado e interminable con los diccionarios. Algunos de ellos, por supuesto del amado Fondo.
El catálogo del Fondo de Cultura es tan amplio y generoso que me ha acompañado en todos los descubrimientos, virajes, regresos, exploraciones y gustos intelectuales por los que he pasado. Como dicen los autores que se fingen modestos en la página de agradecimientos de sus libros, no se le atribuya al FCE ninguno de mis errores. Creo que mis primeros volúmenes del Fondo, no los que estaban en casa, sino los que yo compré, fueron de la novela de la Revolución Mexicana y luego Juan Rulfo y Carlos Fuentes.
Después, cuando me topé con la represión estudiantil en el Jueves de Corpus y muchos quisimos entender lo que estaba pasando, se inició en la Facultad de Ciencias un seminario de marxismo, filosofía muy presente en la vecina Facultad de Economía y escasa en Ciencias. Así que el Fondo se benefició de mis domingos e inicié la lectura deslumbrante de Marx. Pero se insistía en el seminario que no podríamos entenderlo si no leíamos antes a Hegel y a Feuerbach y captábamos así que Marx había hecho una especie de ejercicio radical de yoga y había puesto “de cabeza a Hegel”. Al leer a Marx, lo hacía a través de las traducciones de Wenceslao Roces y el mundo generoso de los exiliados españoles se revelaba poco a poco. Después siguió Malthus, sólo para comprobar que Engels estaba correcto y Malthus equivocado, como también lo estuvieron los neomalthusianos.
Octavio Paz, Fernando Benítez, Fernando del Paso, José Luis Martínez, Tito Monterroso, José Emilio Pacheco y tantos otros nombres de las letras mexicanas y latinoamericanas, llegaron a mí gracias a las ediciones del Fondo de Cultura Económica. Antes de viajar a Brasil como diplomática, leí las memorias de Alfonso Reyes y su descripción de la Rua das Laranjeiras, su domicilio en Río de Janeiro, como la calle donde enseñó a los pájaros a cantar en español. Antes de aprender portugués, los textos de Helio Jaguaribe, editados por el Fondo, fueron la ventana para contemplar Brasil desde lejos.
El ensayo de Gabriel Zaid, Los demasiados libros, publicado por el editor argentino Carlos Lohlé, padre de uno de mis mejores amigos, me liberó del sentimiento de culpa de comprar y tener más libros de los que se puede leer. Y a partir de ahí, mi visita a las librerías es más libre y placentera. Visitar una librería del Fondo, a veces sin caer en la tentación de comprar, simplemente para ver las novedades, para acariciar los lomos de los libros deseados o, como sucede frecuentemente, comprando aunque sea una libreta Moleskin, aumenta mi agradecimiento profundo a quienes fundaron esa magnífica editorial, a quienes la sostuvieron cuando el gobierno mexicano la acosó por “marxista” o la acusó ridículamente de “traición” por publicar los ensayos de Oscar Lewis sobre la pobreza mexicana. A quienes la hicieron una empresa de éxito, como Consuelo Sáizar, y a estirpes como la de Joaquín Díez Canedo, que hoy la dirige. Gracias, mil gracias.
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