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Calderón y las lap top

Marcelino Perelló
08-Sep-2009
En un cierto país en una determinada época, mejor, en una época indeterminada, el papel, y con él la lectura y la escritura, están estrictamente prohibidos.



Usted sabe perfectamente, leído lector, quién fue, quién es y seguirá siendo Ray Bradbury. Se acostumbra considerarlo un autor de ciencia ficción. Y yo no acabo de verlo claro. Bradbury es un poeta, un poeta en prosa, concedamos. Cada uno de sus cuentos o de sus novelas es un auténtico poema. En el que desbordan las emociones más intensas y contradictorias, de la ternura verde menta a la amargura gris eucalipto. Todas arrastradas por un torrente ora plácido, ora tumultuoso, pero siempre irresistible.

Bradbury es uno de los mayores y más insólitos escritores del siglo XX. A menudo, en efecto, la trama de sus narraciones tiene lugar en algún futuro lejano, como sus ineludibles Crónicas marcianas, su primer libro de relatos, y el responsable de que lo enjaretaran entre los autores de ciencia ficción. Pero también con frecuencia escribe de un pasado, bucólico y cercano, como en El viento del estío o El hombre ilustrado. Pero, además, algunas de sus obras están fuera del tiempo y del espacio. Auténticas ucronías, la más célebre de las cuales es sin duda Fahrenheit 451. El título se refiere a la temperatura en la antigua escala anglosajona, a la que arde el papel. Unos 250º de nuestros Celsius. Yo sé que usted sabe que yo sé que usted sabe de qué se trata la obra. Pero igual se lo digo, porque me gusta recordarlo.

En un cierto país en una determinada época, mejor, en una época indeterminada, el papel, y con él la lectura y la escritura, están estrictamente prohibidos. Son embrutecedores y decadentes, afirman las despóticas autoridades. La gente sólo puede entretenerse mirando la televisión, en pantallas planas inmensas y en las que por nada del mundo puede aparecer una palabra escrita.

De manera que el momento en que se descubre un depósito de libros es inmediatamente reducido a cenizas. Son precisamente los bomberos los que se encargan de tan noble tarea. En una macabra media sonrisa, Bradbury hace que ahí y entonces los bomberos no apaguen los fuegos sino los provoquen. El caso es que existen algunos recalcitrantes que tienen escondidas auténticas bibliotecas. Pero no falta nunca, como siempre, el soplón de turno, que la denuncia y la condena a su triste extinción.

A uno de los tragafuegos, Guy Montag, de los últimos que saben leer, durante una incineración le cae en las manos un libro y no resiste la tentación de hojearlo. Es visto por su superior y seriamente reprendido. Contrito, lo arroja a la hoguera. Pero la semilla ya fue lanzada y cayó en terreno fértil. Guy hace cada vez con más disgusto su trabajo. Para colmo, encuentra una dulce chava, Clarisse, que también oculta su amor por los libros.

En secreto Guy y Clarisse se enamoran y en secreto entran en contacto con la organización clandestina de amantes de los libros. Son invitados a reunirse con el grupo principal, que vive escondido en un remoto bosque. Aceptan sin titubear y, sin decir agua va, abandonan sus sendas chambas y se dirigen a la lejana arboleda. Ahí encuentran una auténtica multitud: hombres y mujeres, niños y viejos, taciturnos y alegres.

Cada uno se pasa el día entero memorizando un libro, deambulando de aquí para allá, o concentrados, sentados en cualquier rincón. Letra por letra. “es la mejor manera de esconderlo”, les explica Los tres mosqueteros, mientras les presenta a En busca del tiempo perdido y a La divina comedia, volúmenes I, II y III, tres adorables viejos que a lo largo de los años han logrado parecer triates. “Cuando ya lo sabemos bien, contamos nuestro relato a alguien más joven quien a su vez lo aprenderá y lo transmitirá a alguien más. De esta manera el tesoro no desaparecerá, a menos que sobreviniera una gran desgracia”. La gran desgracia para Ray, es innecesario decirlo, es la desaparición de los libros. Nunca se le ocurrió que hay una mayor: la desaparición de los lectores. La desaparición de la lectura, por más que los libros, huérfanos y errabundos, anden deambulando a tientas en busca de quien les eche un ojo.

Esa es la rampa por la que nos hemos lanzado, desde hace algunos años, no demasiados, veinte o treinta, de manera vertiginosa. Cada vez se lee menos. Y los editores se ven constreñidos a los best sellers o a las ediciones reducidas sólo para iniciados. Hoy, los lectores no son más que un club. Unos como maniáticos, parecidos a los filatélicos o a los que juntan latas de cerveza.

A menudo me refiero en esta columna a Cataluña, la patria de mis padres, y en esa medida también la mía. Casi siempre, si no siempre, en términos de encomio. No es el caso hoy. El viernes de la semana pasada, el gobierno catalán aprobó que, para el próximo periodo escolar, que se inicia en unas dos semanas, los alumnos de secundaria y los de prepa ya no deberán llevar ni lápices ni plumas ni libros ni cuadernos. Todos deberán comprar y tener consigo una computadora personal portátil, una lap, pues. Modesta, lo que sea de cada quien, pero obligatoria. El gobierno costeará la mitad de su precio y los padres la otra mitad. Más justa no puede ser la cosa.

Ni más justa ni más estúpida. Estos buenos señores, bien modernos ellos, decidieron crear una generación de iletrados. Una o quién sabe cuántas. Porque parece necesario dejar del todo claro que una computadora no substituye a un libro. Me dirán los modernos: “En la lap puedes meter diez mil libros completos”. Y yo les responderé: “Falso, no puedes meter ni uno”. Un libro no es un conjunto de letras, que esas sí se pueden meter en el disco duro. Un libro es un libro. Que se acaricia, se hojea, se huele; lo lee uno boca arriba, boca abajo, de ladito; cuidando con los dedos que no se pase la página. El día que conozca usted a un joven que haya leído La isla del tesoro en la compu, le ruego que me lo presente. Y deje usted Stevenson, diga usted Harry Potter. También preséntemelo.

Pero la diferencia fundamental es que el libro, sea de literatura o de texto, ocupa un espacio estricto, su propio espacio. Alrededor del libro está el mundo. Del libro se sale uno. En cambio, la lap ocupa todo el espacio. No deja ningún margen. Puede uno estar sumergido en ella el día entero, todos los días. Ahí está todo: las tareas, pero también los amigos, los juegos, las viejas encueradas, los viajes y las tiendas. De la lap no se sale. ¿Qué harán los jóvenes catalanes con sus flamantes compus? ¿Tiene usted alguna idea? Yo también. La pregunta es clave: ¿Se puede vivir de manera mínimamente digna y satisfactoria sin un cierto acervo cultural? ¿Y ese acervo cultural puede adquirirse sin haber leído algunos libros? Por supuesto, no serán los chavos catalanes los primeros imbéciles sobre la superficie de la Tierra. Los ha habido y muchos. Aun sin laps. Y no de manera tan “organizada”, digamos. Los libros estaban ahí, pero hubo muchos que pasaron de largo.

La barbaridad sangrienta que está cometiendo el actual gobierno de México en su “combate a la delincuencia” y que ya ha costado más de cinco mil muertes en los tres años que van de sexenio, ¿hubiera tenido lugar si nuestros ínclitos gobernantes hubieran leído un poco? El ínclito Felipe del Sagrado Corazón de Jesús no tuvo una lap en su juventud, pero todo parece indicar que no la necesitó. ¿Usted cree que, si hubiera tenido alguna vez entre sus manos Los miserables, Los misterios de París o El sertón, si algún día hubiera visto Roma città aperta o Los olvidados, estaría llevando a cabo esta carnicería? Yo tampoco.

bruixa@prodigy.net.mx

 

 

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