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Ya no hay indios ni vaqueros

Cecilia Soto
31-Ago-2009
La larga comida dominical, gran tradición latina, es el mejor momento de encuentro intergeneracional.



Tres anécdotas de la brecha generacional: Primera, regresé de Nuevo México con un penacho apache rematado por dos colas de castor a los lados para regalarle a mi sobrino de 5 años. “Cierra los ojos”, le dije, para que cuando los abriera frente a un espejo pudiera verse como el gran jefe Relámpago Azul. Mi sobrino, un torbellino de energía y simpatía, se quitó con disgusto el penacho y dijo “qué es esto, no lo quiero”. No tenía la menor idea de quiénes habían sido los pieles rojas ni jamás había jugado a los “indios y los vaqueros”. De suerte no me preguntó si se usaban baterías. Segunda, se me acerca otro sobrino, éste de 20 años, y me pregunta dónde puede encontrar una oficina de correos, cómo se manda una carta, qué se escribe en el sobre y cómo se paga el servicio de envío. ¡Jamás había enviado una carta aunque había recibido tarjetas postales y veía la correspondencia bancaria y de otros servicios que llegaba a su casa! Tercera, leo que se reúnen miles en la Ciudad de México a bailar Thriller. No tengo la menor idea a qué música se refieren y qué hay en ella que lleve a miles a bailarla, en el Monumento a la Revolución, acompañados por sus celulares. Se me ocurre primero si se tratará de la música de alguna película de suspenso, pero googleo la palabra Thriller y me entero que es una música del recién fallecido Michael Jackson. Desde su muerte, me es difícil explicarme la popularidad de una figura que a mi me parecía patética, por no decir repugnante, especialmente por las sospechas de pedofilia y el rechazo a su raza.

Perpleja, quiero suponer que los cientos de miles o millones de jóvenes y no tan jóvenes —al fin y al cabo murió de 50 años— que se dolieron de su muerte le reconocían un gran talento para la música y para el baile. La transformación de su piel en un lienzo, una especie de tatuaje total, expresión de sus deseos de pertenecer a la raza blanca, casarse con blancas, tener hijos blancos, constituía un hecho separado sin un significado negativo. Quizá esos admiradores asociaron momentos importantes de su vida a esa música y la masificación de esas experiencias a través de los megashows, de YouTube y la televisión crearon el culto a Michael Jackson. Por otra parte, la generación que le admiraba no fue testigo de las grandes luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, jamás supo del significado del peinado afro como ejercicio de identidad. En cambio, poder cambiar de color de piel quizá se asocia ahora al poder del dinero que se obtiene cuando se triunfa en el negocio del espectáculo. Los medios cultivan y siembran la fantasía de que ser una celebridad es el pasaporte para la riqueza, la admiración de las masas, poder, dinero y hasta una identidad física más deseable.

En cuanto a los indios y los vaqueros, el tema tiene que ver con los abuelos. Aunque yo era muy pequeña, recuerdo historias verídicas de indios y vaqueros que hacían aún más apetecibles las numerosas series de televisión con el tema de la conquista del oeste norteamericano. Mi abuelo, por ejemplo, encargó el anillo de compromiso a Nueva York. Cuando éste llegó a Tucson, en Arizona, lo llevó entre los dientes a caballo, hasta Moctezuma, Sonora, donde residía su prometida. En caso de ser atacado por los indios, se lo tragaría. También llegaron hasta mí historias de uno de los tatarabuelos, muerto en una confrontación con el indio Jerónimo, en un cañón de la Sierra Madre en Chihuahua. Los abuelos de chiquillos de 5 años, como mi sobrino, oyeron esas mismas historias pero las historias ahora las cuentan la televisión y el internet. La hora de la comida familiar, momento que según varias encuestas es el que responde por la mayor aportación de vocabulario para los niños y jóvenes, ha sido sustituida por la comida frente a la tele todos juntos en el mejor de los casos— o cada uno frente a su tele o frente a la pantalla de la computadora.

La larga comida dominical, gran tradición latina, es el mejor momento de encuentro intergeneracional. Es la ocasión en la que los abuelos pueden contar historias que a su vez oyeron de sus abuelos: por ejemplo de cuando Pancho Villa, en la estación de trenes de Chihuahua, dijo como al descuido, pero mirándola fijamente, “¿quién es esa morena de los ojos encuevados?” y la abuela de quince años, de ojos sombreados por largas pestañas, sintió que un frío le recorría la espalda. Lo más seguro es que alguien pregunte quién fue Pancho Villa, otro inquiera si una estación de tren es lo mismo que una estación de metro y otros intentemos averiguar tímidamente qué les gustaba de Michael Jackson, qué es twittear, qué ventajas tiene sobre Facebook y cómo puedo contestarles a mis lectores en Excélsior sin que se me trabe la máquina.

Había una vez, con indios pieles rojas y vaqueros, que arriaban búfalos… el territorio era de los indios o de México, no lo sé bien, y los indios usaban la piel de los búfalos para vestirse. ¿Qué tiene que ver con el presente? Hoy en Nápoles y en Brasil, se usa la leche de búfala para hacer queso mozzarela, que ustedes se comen en las buenas pizzas. ¿No es una historia que vale la pena contar?

ceciliasotog@gmail.com

Llegaron hasta mí historias de un tatarabuelo muerto en una confrontación con el indio Jerónimo, en un cañón de la Sierra Madre.

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