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Centros históricos, ¿centro de la nación? II
Francisco Javier Acuña
30-Ago-2009
Los caseríos o los barrios preservados se trastornan si lo que ahí impera es la permisión a las excepciones, todos los días un imbécil querrá poner un rascacielos...
Vileza la de los propietarios de fincas valiosas capaces de tumbar muros y/o adherir chipotes para ganar espacio: degradación de un conjunto monumental urbano. Mientras Europa conserva centros históricos milenarios sobrevivientes de guerras y desastres naturales, en América es lamentable el escaso grado de conservación de los sitios y zonas típicas; acá se trata de ciudades y poblados centenarios que, en general, se han perdido lentamente con la amalgama espeluznante de las intervenciones urbanísticas, las reformas insolventes, las sustituciones de edificaciones antiguas por nuevas sin respeto a las demás y los arreglos líricos sobre las mismas. Los centros de las ciudades agrícolas, comerciales y/o mineras que se fundaron en el virreinato son pocos y menos los que hoy hablan de su pasado con señorío e integridad: Antigua, Guatemala, acaso la única intacta y en México el fundo minero Real de Catorce, San Luis Potosí; antes se hablaba del Cuzco como la joya de los Andes que, al parecer, ya está muy alterada, Lima y la Ciudad de México son fragmentos aislados de lo que fueron.
Una vez iniciada la alteración urbana, las aberraciones son imparables, aquí las cometió el gobierno federal con las “soluciones” de escuelas y clínicas tipo que, a partir de los años setenta, se impusieron en todos lados sin escrúpulo alguno, la SEP, la Secretaría de Salud, el IMSS y el ISSTE destruyeron cientos de fincas antiguas para asentar sus adefesios modernistas similares en núcleos urbanos contemporáneos, Torreón o Tuxtla que en los pintorescos Patzcuaro o Tlacotalpan. Un crimen que el INAH no pudo ni quiso ni supo evitar. Telmex alzó las oficinas tipo más espantosas y volumétricas que hay en el corazón de cada centro bello y no ha querido remediar esas agresiones incólumes. ¿Existe el derecho a mantener una finca que afrenta el patrimonio estético de un conjunto sólo porque el daño se hizo antes, cuando no había regulación de la materia? Creo que no. Es un patrimonio de la humanidad, nuestros descendientes tienen el derecho a conocer y disfrutar de esos lugares y el legado no es sólo de los ancestros constructores, sino de nosotros, sus respetuosos moradores…
Los caseríos o los barrios preservados se trastornan si lo que ahí impera es la permisión a las excepciones, todos los días un imbécil querrá poner un rascacielos en un casco viejo y, si no hay frenos legales ni labor inteligente del gobierno, se fraguan las barbaridades más insoportables.
Un caso interesante que pone ejemplo de una tendencia a la inversa es Durango, cuyas cualidades estéticas nunca fueron notables, salvo la catedral, en torno a la cual ha surgido un afán de rescate al contexto aledaño, restaurando fachadas absurdas haciéndolas acordes al estilo que ahí predominó, de modo que con ello se redescubre el valor del templo y de las pocas fincas importantes que lo rodean, los que saben dicen que eso es fachadismo, y sí, pero es más útil y más redituable hacer eso que ver cómo se han hecho cosas inaceptables en los interiores y los exteriores de fincas catalogadas en Zacatecas: a objeto de reproducir la fachada virtual del ex templo desgraciaron la Plazuela Miguel Auza, el punto más fino de esa otrora ciudad museo.
Muchos son enemigos de los centros históricos y su conservación eficiente y funcional y normalmente se agrupan y actúan como una plaga de mangostas que cae encima de un trigal: se dice en los círculos de estetas y preocupados por el arte y su sobrevivencia que sus depredadores tienen en común que empiezan con la letra “p”: postes, portones (abiertos a capricho), palomas (cuyo guano destruye las piedras y su labranza), pintas, perros, pisos (asfalto que sustituyó los empedrados), párrocos (obtusos), políticos (arbitrarios o corruptos) y, de modo amplio, el pueblo (indiferencia comunitaria por incultura). No hay nación sin identidad histórica, sin memoria ni testimonios del ayer que sirven para encarar el hoy.
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