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Cuando Fernando Gamboa salvó a la pintura
María Luisa Mendoza
29-Ago-2009
Envuelto en una bandera mexicana, en 1948, se lanzó a las calles colombianas para defender con su vida el patrimonio nacional.
Apenas merecido el homenaje que durante algunos meses se le rendirá a Fernando Gamboa, el grandísimo hombre del arte famoso en su tiempo —que fue el mío—. Lo conocí muy bien, primero en aquellos viejísimos años —así lo siento— cuando iba a traer o a llevar a París —él siempre cargaba como un sino, el arte mexicano dándolo a conocer en todo el mundo— la magna exposición que dejó atónito al mundo occidental. Fue un hombre lleno de talento para la cultura y el arte en general; su reinado —por decirlo así— no ha tenido parangón en México, es de una magnificencia impar basada en su nítido buen gusto, cultura, sensibilidad y una honradez implacable.
Se me tropiezan los dedos tratando de poner en orden mis ideas de su digna figura de organizador cultural, coleccionista, gran amigo y ¿por qué no decirlo? galantísimo enamorado de muy buena cepa ya extinta. Junto a él siempre estuvo la hermosa Susana Gamboa, un mujerón de enormes piernas, el pelo recogido en un chongo dejando escapar grandes cabellos en el cuello adelantándose a la moda hoy tan en auge. Caminaba maravillosa tal estatua, ataviada con ropa exquisita derrochaba su inteligencia. Fue admirada y perseguida por cuanto hombre cruzó en su camino. Aún hay recuerdos prodigiosos de su estancia en la España de la guerra civil, y ni qué decir en las mil exposiciones organizadas por su marido.
Vivían ella y Fernando en un departamento pequeño cerca de Bucareli, y sus invitaciones a cenar son de memoria por suculentas, distinguidas; recuerdo a Susana sentada en un taburete derechita, aguantando con su espalda de regla las horas enteras sostenida por sus piernotas y la gracia innata —o no—en una mujer tan alta. En una invitación olvidé algo, regresé y Susana me abrió la puerta, es también de estampa: se había soltado el cabello y era todavía más bella, desinhibida, impresionante. Luego la vida nos juntó más: Me nombraron ayudante de Gamboa en el Centro Médico y los últimos tramos de construcción, para elegir a los muralistas que allí dejaron obra grandiosa perdida en el temblor del 68. Pero eso no detuvo nuestra amistad en comidas opíparas en casa de Carmen Parra, y Fernando en la cúspide de su carrera.
Cuando murió en un estúpido accidente de carretera, en su casa desierta nada más había su preciosa colección de pintura hoy distribuida en múltiples museos. Tuve cercanía pesarosa (de peso) con su sobrina carnal casada con Alfonso Arau , vivían con sus hijitos en París, en ese departamento como del lado de Guermantes, la divina novela de Proust, viví con la pareja días inolvidables de mi vida, y cada noche, frente a un vaso de vino francés, merendábamos evocando a su tío Fernando con nostalgia. La mamá de ella, de paso por la ciudad Lux, me invitó a un concierto de Joan Baez en la calle, y allí voy bordando mi pasado.
Pero no quiero desviarme tal es mi barroca costumbre por los caminos de aquel siglo ya muerto, conmigo arrodillada frente a la acuclillada catedral de Notre Dame, descubriendo una Europa mirada en mis novelas y libros del altillo de la casa de mis tías las Gomitas (aquel refugio mágico de mi vida interior, con la luz provinciana colándose entre ruecas, casa de muñecas, cestos de porcelana antigua, chisteras, y los vestidos de las antepasadas españolas que bailaban en Madrid antes de 1900).
El caso es —vuelvo con trabajos al tema— que Carmen Gaytán, quien dirige el Museo Mural Diego Rivera, presenta la exposición en honor de Fernando titulada El Arte del Riesgo, conmemorando la gesta heroica de Gamboa al salvar los cajones llenos de obras pictóricas y escultóricas que iban a ser exhibidas en Bogotá… Envuelto en una bandera mexicana Gamboa en 1948, se lanzó a las calles colombianas para defender con su vida el patrimonio nacional depositado en el Palacio de las Comunicaciones, durante un estallido social muy grave denominado luego el Bogotazo. El regreso a México fue para el expositor valiente un encuentro con el aplauso por su “férreo rescate del acervo nacional”. Cuatro siglos de pintura mexicana salvó Gamboa.
Ahora veremos ese material recopilado por Carmen de museos y colecciones particulares. Estará a la vista de los mexicanos de hoy hasta marzo de 2010 y respaldará así las fiestas del bicentenario y centenario. El mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central velará el sueño de Diego precisamente en la Alameda Central.
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