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Quiero ser una mujer afgana

Marcelino Perelló
25-Ago-2009
Váyase a Iztapalapa y pregunte por El Hoyo. Lo van a mirar raro, pero quién quita y alguien se acomide y le diga por dónde está, allá en la salida a Puebla y la Sierra de Santa Catarina.



Alos habitantes de la Ciudad de México está cabrón que nos apantallen con zonas muy pobres o muy ricas de otras latitudes. Aquí tenemos de ambas y vamos sobrados. Tapamos y ganamos. ¿Ha oído usted hablar de la Ciudad Perdida de Tenayuca? Allá por el norte. Camino a Cuautitlán, digamos. Por la Calzada Vallejo y la Avenida de los Cien Metros. Pegadita a la pirámide homónima.

Que, déjeme decirle, es por mucho la mejor conservada de todas las construcciones prehispánicas de nuestro país. Se diría que la terminaron en febrero pasado. Está en mucho mejores condiciones que los multifamiliares que la rodean. Es absolutamente mágica. Anda uno por ese laberinto de callejuelas lóbregas, y de repente se alza frente a uno, ahí mero en medio, esplendorosa, inmensa, incomprensible.

No deje de ir. Es inconcebible. Creo que ni el INAH tiene todavía conocimiento de ella. Antes de que empiecen a construirle casas encima, con un Oxxo en la punta. Y entonces aproveche para darse una vuelta por la Ciudad Perdida, a unos minutos de ahí. Dije darse una vuelta. No se le vaya a ocurrir entrar. Recomendación del todo superflua, pues en cuanto la vea, de afuerita, lo último que se le ocurriría sería entrar.

De hecho, ni sé si entra nadie. Ni si sale. A lo mejor, no. En el rato breve en que me asomé no aconteció ni una cosa ni otra. La Ciudad está circundada por una barda gris interminable. De vez en cuando hay entradas (yo sólo me topé con una, y larguísima). A través de ella vi una calle de tierra, recta. Su final se pierde en el punto de fuga. Es ancha de unos cuatro metros y no tiene banquetas. No vimos un solo coche. De hecho no vimos a nadie. Mientras la mirábamos, la gente que pasaba nos miraba a nosotros.

Si de plano le queda muy lejos, váyase a Iztapalapa y pregunte por El Hoyo, una región equivalente. Lo van a mirar raro, pero quién quita y alguien se acomide y le dice por dónde está, allá en la salida a Puebla y la Sierra de Santa Catarina. Cerquita, pa’que me entienda, de la célebre Ford, donde la policía capitalina quiso hacer, hará cosa de un año, una razzia. Fueron por lana, y salieron trasquilados. Pasará mucho tiempo antes de que lo vuelvan a intentar. De meterse a El Hoyo ni hablemos. Ahí no entra ni Juanito. Entrar no, pero la vuelta, con tantita sangre fría, sí se le puede dar. Tiene dos entradas, eso es todo lo que se conoce. Ahí sí entran coches. Quién sabe si salen. Y lo que hay adentro se ignora por completo. La gente que lo sabe no es de la clase que habla con uno.

El Hoyo de Iztapalapa y la Ciudad Perdida de Tenayuca son dos de nuestras cartas fuertes en esta competencia mundial de la sordidez y la inmundicia. A su lado, el Valle de Chalco o las Lomas de Cuautepec y Puerto Escondido, pasando Ecatepec y trepándose al cerro constituyen, créame, espacios de solaz y esparcimiento. Y las favelas de Río, la Kashba de Argel o los Bajos de Calcuta son, frente a nuestros estandartes, auténticos fraccionamientos residenciales. Como quien dice, La Herradura.

En el otro extremo de la cadena de sobrevivencia —o, mejor, de supervivencia— las cosas no son muy diferentes. En los barrios exclusivos de nuestra aristocracia urbana, también hay ciudades perdidas, a las que no puede uno entrar. No porque no convenga, sino porque no lo dejan. Sólo tienen acceso los elegidos. Por el rumbo de Santa Fe y en el camino del Desierto de los Leones, por el sur, pasando Olivar de los Padres y Cuajimalpa, hay varias de estas auténticas shangri-lá.

Si va usted con la persona indicada, podrá entrar. Sin bajar del coche una señorita cuero se quedará con la tarjeta de crédito del socio y con una sonrisa más falsa que un billete de 72 pesos le dará la bienvenida. Entonces podrá usted hacer lo que le venga en gana. Comer, beber, montar a caballo, nadar, jugar en el casino, bailar, jugar golf, entrar al cine, sin que nadie le cobre nada. Todo va a cuenta de la tarjeta. Incluso existe un hotel, y puede usted pernoctar ahí. Los días que quiera. Y dicen, dicen, que si es preciso también encontrará quien le haga compañía. Otra sordidez, otra inmundicia. Qué nos van a venir a contar los señores de Beverly Hills, del sezième o de Dubai. Juegos de niños.

Todo esto viene a cuento a propósito de las recientes elecciones en Afganistán. Y de las imágenes de desolación y miseria que las agencias informativas tuvieron a bien servirnos. A lo mejor provocaron el estupor y la compasión de las buenas viejitas de Atlanta y de Bruselas. Pero no a nosotros. Estamos curados de espantos. Lo único que los afganos tienen y de lo que nosotros carecemos, es la guerra. Y no es poca cosa.

En fin, nosotros también padecemos nuestra propia confrontación bélica, pero no es lo mismo. Me cae que no es lo mismo. Estos cínicos de mierda nos quieren convencer de que en un país ocupado por 21 ejércitos extranjeros, en pleno combate de resistencia, se pueden llevar a cabo unas elecciones democráticas. ¿Creen que somos oligofrénicos? Sí lo creen. Y a lo mejor lo somos.

Nos quieren vender que votó 30% del padrón. ¿De qué están hablando? ¿Cuál padrón, cuál votar, cuál 30, cuál por ciento? Incluso el “candidato opositor” denuncia “fraude” y “robo de urnas” para que el supositorio (de suposición) acabe de penetrar. ¿Cuál fraude, cuáles urnas? La burla no funciona porque es demasiado gruesa, burda, para que logre ofendernos. Pero no deja de sorprender que haya gente tan imbécil que crea que somos tan imbéciles.

Pero no es de eso, de su imbecilidad y de la nuestra, de lo que quiero hablar hoy, sino de la idea según la cual los cruzados occidentales llevaron a ese pobre rincón olvidado del mundo la civilización y el bienestar. Y en esa magna operación humanitaria, los salvadores poseen un expediente dorado: la condición de la mujer afgana. Y en ese expediente una argucia de diamantes: la burka.

Usted ya sabe lo que es, metiche lector. La burka es un velo severo que cubre el rostro de la mujer cuando se encuentra en público. La burka afgana es especialmente rigurosa: cubre el cuerpo entero, incluso los ojos, a los que deja únicamente pequeños orificios a través de los cuales la chava puede mirar.

Fue muy curioso ver, en las filmaciones de los invasores, a multitud de mujeres yendo por la calle, e incluso votando, con todo y burka. ¿No que la usaban por obligación bajo la férrea y sanguinaria dictadura de los talibán? ¿Cómo identificaban en las casillas a esos personajes sin rostro? De plano.

La concepción que subyace todo el montaje es bastante simple: la cultura occidental es superior. Superior y mucho más adelantada. Hace siglos que estos neandertales se creen superiores. Que las mujeres deben mostrar el rostro y esconder las tetas. Ante lo cual, una mujer zulú se escandaliza y ofende. Estos europeos de plano son muy raros y atrasados, se dice, no sin un dejo de conmiseración.

Permítame decirle algo, cercano lector: yo quisiera ser una mujer afgana: no tener que ir al trabajo, ocuparme de los pequeños, de la casa y de la cocina; salir a la calle, reconfortada por el cálido anonimato, sin necesidad de rimmel ni bilé ni qué vestido. Ir por las calles de la Ciudad Perdida y de El Hoyo, en la más doméstica de las intimidades. Con sólo la voz como imagen. Acurrucada bajo la finísima, incomparable, elegancia de una burka negra. Con la tranquilidad del rol asumido. Que se flete el otro. Se lo aseguro: quiero ser una mujer afgana.

bruixa@prodigy.net.mx

 

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