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Con su pollera colorá

Claudio Lomnitz
03-Dic-2007



El espíritu del capitalismo es una quimera tal que, hasta su hijito, el espíritu del socialismo, es un engendro desfigurado. Mientras escribo estas líneas, a los venezolanos les tocará decidir si se les antoja o no vivir en la dictadura del sentimentalismo patria o muerte, de Rico MacChávez y su banda de la camisa colorá (¡y que suene la cumbia!, “El Bush acá/ y el Chávez allá/ con su pollera colorá).

Mi hija me ruega que mejor escriba sobre algún tema navideño y creo que le voy a hacer caso. Mejor. Así le dejo los temas góticos a algún Víctor Hugo —que describa las quimeras y gárgolas de nuestro gran capitalismo y de su pequeño socialismo— y paso al registro navideño de copos de nieve y de casas iluminadas por el amor, haciéndole un guiño a Charles Dickens o aunque sea a Mark Twain.

Primer tema decembrino: la pista de hielo en el Zócalo.

Me encanta, aunque sólo la haya visto en foto. Lo primero que tiene, claro, es su gigantismo. Es la pista de hielo más grande del mundo, en aquel mandala mexicano que, se supone, es el Zócalo. Hasta hace poco, la frase, “lo más grande del mundo”, se tenía que pronunciar con acento brasileiro —“o mais grande do mundo”—, pero México ya no canta mal las rancheras de la megalomanía: el millonario más grande del mundo, la ciudad más grande del mundo, la bandera más grande del mundo y ahora también la pista de hielo más grande del mundo. La nueva pista resuena con todo lo mega de México: las megatiendas de Sam’s, Price Club, Costco, megacomerciales, megaAuchán, meguísimo Wal-Mart; pero también con los megaaltares de muertos, los megaconciertos, las megamarchas. Pareciera que hoy, más que una equis, los mexicanos andan por el mundo con una mega en la frente. Y todo este megafenómeno —la fenomenología de lo mega— no deja de ser un punto de reflexión interesante, pues toca nuestro espíritu navideño en su versión globalizada.

Ahí están, si no, las megaiglesias del teleevangelismo, que transformaron la política en Estados Unidos y la están transformando en Brasil y en el resto de Sudamérica. Y también están los megarrituales, que funden lo íntimo con lo masificado, un fenómeno que quedó plasmado en la memoria colectiva en 1997, cuando el mesías coreano Sung Myun Moon ofició una megaceremonia matrimonial, en el estadio Robert Kennedy de Washington, en la cual se casaron 30 mil parejas, además de las otras 3.6 millones de parejas a nivel mundial que aprovecharon la ceremonia televisada para desposarse simultáneamente.

La televisión, como líder natural que es en todo lo relativo a lo público, lleva ya más de una década de estar totalmente entregada a la megafenomenología: partos en vivo, muertes, declaraciones sentimentales y matrimonios, Big Brothers, Cristinas, Lauras de América, Jerry Springers, etcétera.

Y en México la política del gobierno de la ciudad ha demostrado gran creatividad y una capacidad propia notable para crear modalidades muy suyas de gigantismo: segundos pisos, megapantallas mundialistas, megaconciertos de unión euro y mexo-zapatistas de Manu Chau… No deja de ser llamativo.

El segundo punto que me parece atractivo del regalo navideño del GDF es su creatividad climática. Primero estuvieron las playas defeñas de la Semana Santa, ahora, los hielos navideños. La propuesta fascina porque es una modalidad más bien divertida del cambio climático, que tiene todos los elementos maravillosos —y también algo preocupantes— del circo romano, que podía ser inundado para escenificar batallas navales o cubierto de arena para las luchas de gladiadores con leones del desierto norafricano, paseos de jirafas y de elefantes o también decorado para ambientar alguna exhibición de bárbaros capturados en la Galia. Así también, el Zócalo, el domingo antepasado, fue escenificación fantasiosa de la guerra cristera. Hoy, en cambio, los capitalinos patinarán.

El fenómeno navideño siempre ha tenido un doble filo: el gozo de los amigos, los oficinistas, la familia y los niños, junto a los excesos del consumismo. La meganavidad que ahora nos trae Ebrard-Clós tampoco podía dejar de ser bicéfala. Su lado bueno, que en estos ratos prenavideños ya comienza a dominar, es el gasto en un bien público, masivo, de gozo, de magia y de genio. El lado complicado vendrá al momento en que Marcelo busque capitalizar políticamente su control de los espacios públicos.

En esto hay un efecto de imitación entre la meganavidad como acto de gobierno y la meganavidad como acto comercial. La Navidad es la gran fiesta en que se juntan y se enfrentan la calidez más íntima de la amistad y del amor con los intereses más fríamente calculados de la industria y del Estado.

Por eso Charles Dickens, en su famoso cuento A Christmas Carol, hace de la Navidad una historia de conversión y triunfo de los ideales del amor sobre el personaje del avaro, representante del capitalismo británico de mediados del siglo XIX, Ebenezer Scrooge. Esperemos que, en esta temporada navideña que comienza, los principios de la hermandad, del amor y del gozo venzan a la pollera colorá del Santaclós de todos los liverpooles y también a la demagogia de nuestros santa-populistas tropicales.

Claudiolomnitz@gmail.com

Claudio Lomnitz

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