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Fue musicalmente un fenómeno impecable

Francisco Javier Acuña
28-Jun-2009
Jackson se convirtió en una estrella dueña de luz propia que, por su prematuro fulgor, fue elevado a la estatura de astro inamovible.



Si lo hubiera planeado podría haber escogido cualquier lugar extravagante o raro para morir: Kinshasa, Ulán Bator o Reykiavik. Su vida fue un torrente de excentricidades encarnadas en una figurilla tan dinámica como vibrante de la que emanaban trinos y ritmos extraordinarios e insuperables. A pesar de sus singularidades Michael Jackson fue y es musicalmente impecable. Tuvo que expirar en Los Ángeles, sitial de la fama que envuelve y desnuda a los dioses del cine. Su muerte, además, acaeció en el nosocomio de la universidad que, más que un certificado de defunción, le extendió un título súbito y póstumo a la vez, uno que ni siquiera pudo ser para él porque su talento es del mundo y, como el de otros genios, de las artes tangibles e intangibles de la historia, las cuales pertenecen a la humanidad giratoria. Su deceso es duelo para sus seguidores y alivio o causa de descanso para los verdaderamente “suyos”, que sufrieron los vaivenes de su precaria salud y su escasísima alegría.

La prestigiada Casa de Estudios emitió para su nombre un título excepcional, una especie de honoris causa de último minuto, o un atípico e involuntario homenaje post mórtem, algo parecido a esos títulos que los eruditos astrónomos de hoy y del ayer dan a los acontecimientos cósmicos fugaces o persistentes en el incesante parpadeo de las constelaciones y la progresión sideral; así los antiguos nombraron a Orión y confirmaron los puntos que en el firmamento hacen visible a la Osa Mayor y a la Menor; así definieron más tarde el nombre de Mercurio y el de Saturno, después el de cada una de las lunas de Júpiter y, hace cosa de unos meses largos, la dolorosa degradación de Plutón al que injustamente le quitaron el nivel de planeta, cosas de científicos que no siempre aciertan porque para todos Plutón siempre será uno de los nueve astros de esa categoría que orbitan en torno al Sol. Jackson fue una estrella dueña de luz propia que, por su prematuro fulgor, fue elevado a la estatura de astro inamovible, y nadie que carezca de su talento podría jamás degradar su valor artístico a pesar de los tristes y desconcertantes datos que reflejan los apremios de su existencialismo atroz. Puedo parecer emocionado y lo estoy. Para quienes como yo discurren por la instructora senda de los 40, el pequeño gigante de los Jackson es el símbolo de una generación que nos confirma que musicalmente estamos vivos y empezamos a tener razones para cuidados que antes eran sólo de los mayores.

Únicamente así un personaje de la lírica genial que unifica y magnifica el canto y el baile podría haber obtenido un grado académico en la UCLA, otorgado por el hecho de ser quien era al ingresar al hospital y de modo instantáneo morir como mueren para lo terrenal los inmortales, los que nunca habrán de irse de la memoria universal, pues ellos son una manifestación excesiva de las contradicciones de la humanidad

Mucho talento preso en un diminuto y alterado cuerpo humano acaso haya sido el diagnóstico de los facultativos que ante lo insólito de sus padecimientos acumulados en las últimas etapas de su trepidante carrera vital sólo pudieron constatar que se apagaba —biológicamente— el fulgor de una vida que ya no era eso y desde hacía mucho tiempo. ¿Qué importancia tiene ahora saber, por morbo más que por compasión, si en realidad, evocando a Elvis o a la hermosa Marilyn, quiso evadir la penosa carga que lo hacía saberse destinado a deleitar a la gente común, a los menos extraordinarios?

Por debajo o por encima de méritos y ambiciones la vida —diría Jaime Sabines: no tú ni yo, la vida— termina en el justo instante en el que el milagro de estar vivo se colma. Jackson lega y regresa al universo la melodiosa voz y los descomunales registros de su virtuosismo, desplazamientos y giros de su impresionante maestría rítmica. Demasiado escándalo a lo largo de casi todos sus breves o infinitos 50 años de vida, estallidos que reclaman para compensación de sus detractores y para orgullo de sus admiradores que Neverland, su capricho, la mansión esa que , como la Torre Galatea de Dalí, en el caso de su casona, se vuelva un espacio para resanar a las víctimas del desconsuelo que lloran los condenados a vivir sin ganas de vivir, a pesar de saberse dueños de dones artísticos incalculables.

fjacuqa@hotmail.com

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