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En el almar de las explicaciones...
María Luisa Mendoza
20-Jun-2009
No creo haber visto ya siquiera a uno de los popis sinvergüenzas rentadores de bodegas, digo, de casas de cuna, detrás de las rejas.
A Rebecca Arenas en su dolor.
Ydale que te dale con los niños quemados de Hermosillo. Se me reprocha que mucho me quejo, pero es el precipicio el que está jalándome impiadoso. Yo no soy una quejeta profesional, sino una periodista sin paz por lo estrujante de esta precisamente vida. Me duele en el alma (el almar, como le digo a donde reposan las ansias y los lloros de mi alma) (se me ocurre también comparar, emparentar a alma con ala, poniéndonos a pensar en los vuelos rampantes de esa llama azul eléctrico con el cual nuestra alma propia allí anda dando tumbos, enamorándose, en penas sin fin, en tales dichas de la amistad incandescente; también se refocila con los sabores como un mole humildísimo de un hotel nada pretencioso frente a la universidad de Puebla (él pregunta con cierto desparpajo, desconfiado, muy guanajuatoso, al mesero: ¿está bueno?... ¡pruébelo!, contesta soberbio y también un poquito burlón, como era mi amado Héctor Azar. Él lo hace y la cara de dicha sin igual indica el escape instantáneo del alma regocijada). Nuestra alma juega, ríe de los solemnes, de quienes te dan clase a la menor provocación: cómo debes vestir, la pintura del pelo y la boca, con quién deberás escoger vivir tu pobre vida, el periódico dónde escribir, la cesantía para la eternidad de publicar tus libros, no hablar en público porque fulana se ofende y mengano te mandará al ostracismo por no decir a dónde de veras…
¡Qué cosa¡ A ver, dime, ¿por qué tienes que explicar, aunque sea de vez en cuando, tu forma de subsistir, de respirar en la tierra?... De ratificar el intimismo de tu profesión periodística, el “sé siempre igual” lopezvelardiano para saberte en el camino correcto? No trátase de pecar de impudicia o descocamiento, sino igualarse un poco, sumergirse en las penas de los seres humanos, en el sufrimiento animal, en la maldición negra sobre la patria suave y el pueblo traicionado. Todo lo trato, no desperdicio nada, al contrario, tropiezo de abundante, pero es que así es la gente común y corriente como yo, pero sin voz, la cual uso, sí, por supuesto, en mi derecho, pero también en mi necesidad de comer. Escribo por hambre, de la que usted guste, ¡ah! Y porque es mi destino, mi pasaporte para no morirme. Nunca imaginé perturbar, fastidiar a alguien por mi pesadumbre o por testerearme un poco cuando me tratan de tú, habiendo sido educada formalmente como todo niño provinciano… les hablo de usted hasta a quienes me hacen favor de servirme, a mi nana Ángela, por ejemplo, que murió a mi lado ya ancianísima, le hablaba de usted, claro está. No sé si esa costumbre pueblerina del famoso “usted” sea capaz de suscitar el “sospechosismo” de “clase”, no tengo la menor idea. Últimamente cualquier cosa me perturba y no la creo.
No creo haber visto ya siquiera a uno de los popis sinvergüenzas rentadores de niños, digo, de bodegas, digo, de casas de cuna, luciendo sus fachas desalmadas detrás de las rejas. Me refiero, desde luego, a quienes volvieron criminal un intento de negociazo, el lucro inmisericorde con bebecitos de madres pobres. No hay derecho, no es revancha, venganza, ni siquiera tengo aptitud para ganar el oro y el moro, no se me dio y como le decía a una hermaguita, Sara Cadena: “Se nos nota lo pobre”. Yo, lo que insisto, a mi estilo, ni hablar, así escribo, soy y moriré en las carlangas de la crítica, vuelvo a poner el dedo en esa llaga desgarradora de los niños quemados de Hermosillo. Dentro de quince días deberemos ir a votar los mexicanos conscientes y nada más mexicanos, ¿se están salvando de chirona los popofones alquiladores del infierno donde murieron casi 50 criaturitas?... me conmovió hasta las lágrimas oír a un padre desollado llorar y decirle a su muertita “¡mi changuita apestosa!”… se me apareció el cuarto modesto, el juego con el bebé, la risa de angelito en la cara desaparecida, tatemada en el siniestro drama, que no, ¡jamás incidente!, como le llaman algunos descerebrados ignorantes del castellano.
Me duele mi patria, me duele evocar el destierro de los españoles republicanos rumbo a México. Son transterrados absolutos, los de aquí, los de Nueva York, los de Sao Paulo. Y sobre ellos todavía luce el resplandor de Lázaro Cárdenas, el gran Tata de los mexicanos…
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