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Alianza sin concurso
Carlos Ornelas
10-Jun-2009
Las reformas que se consideran exitosas ofrecen resultados palpables y medibles. Hoy todo el mundo elogia la educación de Finlandia o de Corea del Sur, como hace dos décadas la de Japón. Sus consecuencias favorables están a la vista.
Los estudiosos de las reformas educativas arguyen que un factor indispensable para su éxito es contar con la aceptación de los docentes y un amplio apoyo social. Los maestros integran el eje principal, pues serán los ejecutores de los cambios que los reformistas propongan. Esta coincidencia en los puntos de vista se da al margen de la orientación política o de la corriente teórica que sustenten los analistas. La importancia de los docentes en los proceso de reforma es crucial, todo el mundo lo reconoce.
Las reformas que se consideran exitosas ofrecen resultados palpables y medibles. Hoy todos elogian la educación de Finlandia o de Corea del Sur, como hace dos décadas la de Japón. Sus consecuencias favorables están a la vista, aunque también tengan su lado oscuro, por su espíritu individualista, pero en el balance general los beneficios son mayores que los defectos. En esas reformas, los gobernantes y sus asesores negociaron con las organizaciones que representan a los docentes y con otros segmentos de la sociedad, en especial los padres de familia, así como crearon lazos con todos los órdenes de gobierno. Sobra decir que los primeros pasos fueron de siembra cuya cosecha no resultó de plazo breve: los efectos tomaron años en cuajar.
Si esas suposiciones son correctas, si las teorías (que se apoyan en la experiencia de muchos países) tienen grados de certeza y si se quiere mirar a la Alianza por la Calidad de la Educación a través de ese espejo, se puede pronosticar que no habrá mayores consecuencias. Lo estamos observando en las dificultades del gobierno (no nada más la SEP) en concretar el único elemento de reforma real de la ACE: el concurso nacional de ingreso y promoción al servicio docente.
Los errores comenzaron desde el principio. El gobierno federal firmó la ACE nada más con el SNTE. Hasta después convocó a los gobiernos de los estados y a los padres de familia y, parece que de mala gana, al menos para los representantes del SNTE, a otros actores de la sociedad civil. Pero el sindicato, en contraste con las asociaciones de maestros de los países que emprendieron reformas de consecuencia, no es un organismo que represente las propensiones profesionales de sus agremiados, vamos, ni siquiera los intereses laborales de todos los maestros. No es una organización gremial a la que se adhieren con libertad los docentes, son encuadrados en ella por mecanismos corporativos, independientes de la voluntad de los individuos. El SNTE es más una herramienta de control que una representación genuina de los maestros. Además, poco confiable como aliado.
Tal vez el presidente Calderón, a quien no se le puede imputar ingenuidad, al comienzo de su gobierno pensó que la forma rápida de lograr resultados era pactar con los líderes de esa organización. Sospecho que el mandatario, más que mejorar la calidad de la educación, busca mayores márgenes de legitimidad para su gobierno. Pero la ACE le resultó la peor de las estrategias.
El año pasado, la SEP organizó el primer concurso, que tuvo repercusiones importantes, con todo y la improvisación, la falta de coordinación con las autoridades locales y la poca información al público. El hecho de realizarlo, de poner al descubierto vicios, como la venta y la herencia de plazas y de pretender ponerles freno, elevó la credibilidad de la SEP, en especial de la secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota, más aún cuando la opinión pública percibió que afectaba santuarios de privilegio, aunque estados y secciones sindicales encontraron formas de hacer chapuza. El concurso también generó algo de imagen al SNTE y a su presidenta (recuerdo que algunos colegas decían que Elba Esther Gordillo deseaba pasar a la historia como reformista y no como cacique), pero le provocó discordias con segmentos que antes eran dóciles, por ejemplo, en Morelos y Quintana Roo. Por eso la dirigencia sindical hoy se echa para atrás. No quiere concursos públicos y transparentes, menos, que haya indicios de ellos antes de las elecciones. Pero al gobierno se le hace tarde. Si en realidad quiere pujar por esa apuesta, ya es tiempo de que se emita la convocatoria y se empiece a construir el organismo independiente que se encargará de organizar los exámenes y consensúe con las autoridades de los estados.
A pesar de que ya hace casi un mes que el Presidente reclamó la realización de ese concurso y puso los puntos sobre la íes durante la ceremonia del Día del Maestro, en la Comisión Rectora, el SNTE ni siquiera acepta discutirlo. Es poco lo que trasciende de esas negociaciones, pero parece que el SNTE insiste en que no hay avances en otras áreas y la SEP sólo enumera en su página de internet los logros de un año. Me temo que el secretario Lujambio no quiere actuar con determinación. Todo anuncia que al final sólo habrá una Alianza sin concurso.
A pesar de ello, exigimos al gobierno que haya concurso y se convoque a todas las plazas, que no haya escamoteos, como el año pasado.
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