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Ciencia, ciencia, ciencia
Cecilia Soto
18-May-2009
Aunque durante el sexenio de Fox aumentó, el presupuesto para este rubro está lejos de cumplir el mandato de invertir cuando menos 1% del PIB.
Si los ciudadanos nos ponemos las pilas, la epidemia de influenza hará por la ciencia en México lo que no se ha logrado en décadas. Debemos tomar la estafeta de esa centena de científicos que me tocó ver una tarde hace muchos años en el Zócalo: marchaban enfundados en sus batas blancas y repetían rítmicamente una consigna radical, la más radical que me haya tocado acompañar en todos mis años de manifestaciones y protestas: “Ciencia, ciencia, ciencia”.
Para evitar un aumento general de salarios a investigadores y profesores universitarios, el gobierno inventó, desde hace poco más de 20 años, un sistema de incentivos que premia a los investigadores que publican y que ha demostrado sus límites. Desestimula la vocación de profesor universitario, para la cual hay pocos incentivos, y premia todo tipo de trucos para publicar y ser citado como sea. Más importante, por lo bajo del sueldo base, vuelca a los investigadores a una carrera por puntos, para elevar sus salarios (¡como en la carrera magisterial!), en vez de premiar y avivar la pasión por conocer y descubrir, lo que determina hacerse investigador, científico o tecnólogo.
Los gobiernos se han dado el lujo de invertir poco en ciencia y tecnología por miopes, pues los efectos de ello no son inmediatos como cuando falta comida, pero devastadores a largo plazo o en una crisis, como esta de la epidemia de influenza A H1N1. Son devastadores también en la autoestima como país: al parecer no sólo fuimos el origen de la epidemia —de lo que tal vez no tenemos culpa— sino que el mundo se enteró de nuestra dependencia tecnológica. Un joven químico de Oaxaca, al que llegó la muestra de la profesora que murió de influenza, pensó que se trataba de un coronavirus, el que se vincula al SARS, pero al analizarlo concluyó que era algo diferente, mas no tuvo instrumentos para probar su hipótesis. Con todo y lo terrible de las consecuencias en pérdidas de vidas y de destrucción económica, si los investigadores mexicanos hubieran llegado a la conclusión de que se trataba de un virus nuevo, también se hubiera fortalecido la confianza en nosotros mismos.
Aunque durante el gobierno de Vicente Fox aumentó en números absolutos el presupuesto para ciencia y tecnología, por el crecimiento del PIB, todavía estamos lejos de cumplir con el mandato legal de invertir cuando menos 1% del PIB. El gobierno afirma que invertimos 0.5% y la OCDE calcula 0.4 por ciento. A diferencia de hace dos décadas, cuando los recursos provenían 90% del gobierno, ahora las empresas invierten 40 por ciento. Con todo, estamos lejos de invertir lo necesario para un país como México. Sólo menciono tres áreas urgentes: energía, salud, agricultura.
En 1963, cuando el lanzamiento del Apolo XI, la nave que transportó a Neil Armstrong a la Luna, la edad promedio de los ingenieros y científicos que estaban en la sala de control de la NASA, en Houston, era 26 años. Hoy, el promedio de los investigadores de nivel 1 del Sistema Nacional de ellos en México es de 50 años y, en el nivel 3, de 63 años. La edad promedio de los del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, Inifap, es 50 años, y lo mismo en el Colegio de Posgraduados de Chapingo. Con todas las ventajas que trae la edad (y créanme, son muchas), ésta también trae conservadurismo. Los jóvenes aportan heterodoxia y atrevimiento, ideas frescas y un saludable desprecio por las ideas presentes. Necesitamos seducir a miles de jóvenes para las ingenierías y las ciencias.
No sé cuanto tiempo tardaremos en ganar un Mundial de Futbol, pero estoy segura de que la inversión y el apoyo a la educación de calidad y la ciencia y la innovación, pronto aportarían soluciones para nuestro desarrollo, avances notables en productividad y preciados laureles, como reconocimiento a nuestros talentos.
La epidemia demostró indirectamente, a decenas a miles de jóvenes que están por decidir su vocación profesional, el carácter colaborativo e interdisciplinario de la ciencia moderna: para atacar la epidemia y montar una estrategia de contención, se han requerido médicos sanitaristas, epidemiólogos, infectólogos, neumólogos, patólogos, biólogos especialistas en secuenciamiento genómico, expertos en técnicas avanzadas de análisis de laboratorio, actuarios o matemáticos expertos en estadística, ingenieros en modelaje y simulación computacionales, administradores especialistas en logística, conocedores de la historia de otras epidemias, sicólogos y comunicólogos y mucho personal de apoyo altamente entrenado.
No se trata sólo de invertir más, sino de colocar a la ciencia como prioridad de Estado y decirle, con hechos, a esos miles de jóvenes, que en esos campos encontrarán una carrera digna, estimulante intelectual y profesionalmente y valiosa para ellos y México.
ceciliasotog@gmail.com
Los gobiernos se han dado el lujo de invertir poco en tecnología, por miopes.
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