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Un tal Alcocer rechaza a dos pintoras guanajuatenses

María Luisa Mendoza
16-May-2009
Votaron en en contra del aborto los conservadores, cristeros y persignados, para vergüenza de mi sangre por allí desfilante y oradora.



Al generoso gran poeta laureado José Emilio Pacheco.

En mi tierra dicen que no ganamos para vergüenzas y dicen bien, y si no, allí está la barbaridad —de barbarie— al votar en contra del derecho eternamente negado y apedreado de la mujer y su embarazo. Se le dice ahora “uso el cuerpo, el cuerpo es mío”, etcétera, pero eso no es tan cierto como las palabras lo indican, desgraciadamente, máxime en un estado tal Guanajuato, en el mero centro del mapa, tierra adentro, con un tatuaje de pañuelo para llorar en él o decir adiós. Nuestro cuerpo le pertenece a la educación que nos dieron, al catolicismo pirograbado en nuestra piel como un tatuaje de campo de exterminio, o quizá ahora de adorno en las huestes del Museo del Chopo, digo, es un decir, baste ver a esos pobres miserables emigrados del sur de esta América pisoteada y maldecida, que traen a la Virgen de Guadalupe tatuada en el pecho o en la espalda… (tema umbroso —sin h, perdón doctor Krauze, mucho pensé la letra y la dejé ir, perdón a nombre de mi hermanito El Códice). Y luego se preguntan mis amigos por qué soy como soy, “católica, apostólica y romana…” (me preguntó un amado hermago —de hermano y amigo— si era católica y le contesté que sí y me dijo, ¿y no te da vergüenza?, le dije que si no lo fuera ya me habría suicidado, después de todo, no veo que le haga falta más allá de a mi perro).

Qué puntadas siendo esa comarca superficie ya no del maíz sino del maltrato a las mujeres, del señalamiento a las violadas, a las madres solteras o hasta a las divorciadas (“fumas como divorciada”, me decía una tía alabastrina y torturadora). Votaron en el Congreso en contra del aborto, aunque fuera fruto de una violación, los conservadores, cristeros y persignados, para vergüenza de mi sangre por allí desfilante y oradora. El PRI no debió de salirse, es abandonar el campo de batalla, eso no se hace. Hubo en mi tierra grandes abogados, jurisconsultos, tribunos (como en la LIII Legislatura, Ortiz Arana, Oñate, Alcocer), ahora son excepción, con el bastón de mando de la derecha se olvidó lo del granero de la Independencia, del cura Hidalgo, del Nigromante y ni siquiera esa patética gobernanta sabe del gran Alamán, escritor perfecto afín a sus apestosas ideas, pero grande entre los literatos. En fin, si mi país tuvo un presidente —dizque— quien decíase originario, nativo del lugar y ni lo era y ni siquiera tenía una sola gota mexicana, una nada más… En fin, esto porque las circunstancias apenantes rebotan en mi coincidente evento propio que paso a relatar:

En Guanajuato, insisto, no estamos sobrados de pintores, desde Hermenegildo Bustos, pasando por Diego Rivera, Chávez Morado, Gallardo y el tridimensional polimorfo Octavio Ocampo; y menos en literatura, por allí andamos desbalagados Herminio Martínez, Margarita Villaseñor, Trueba, un historiador Alcocer, Ibargüengoitia ya fallecido, y su servidora… Pues un señor precisamente de apellido Alcocer, doctor Juan, quien dirige el Instituto Estatal de la Cultura, rechazó así de plano un proyecto de dos jóvenes pintoras guanajuas, Norma Carmona y Elva Hernández. Querían un lugar en el calendario del Festival Cervantino exponiendo una docena de cuadros basados en interpretaciones de los cuentos de mi libro Ojos de papel volando, acabadito de reeditar por la Editorial Porrúa. Dijo don Alcocer que no y ya. De nada vale para el señor la guanajuatedad de las tres pretendientes (yo de pegoste e inspiradora). Tengo la medalla del Congreso del Estado como ínclita e ilustre (ni modo, siempre me hago menos, pero así dicen los pergaminos, además, estoy fatigada de poner la otra mejilla hasta nunca) hija del estado, mi obra literaria y mi enorme obra periodística están basadas completamente, sin falta ni sigilo, a mi región natal… más no se puede. Al señor Alcocer no parece significarle nada el respaldo a una pareja de pintoras regionales y reconocer a la escritora aborigen... ¿Pues qué más quiere el doctor? Ya ofreció para la exposición su nueva casa el senador Francisco Arroyo, hijo de un amigo de mi infancia… creo que eso es más que suficiente. No sé lo opinado por la nueva directora del Festival Internacional Cervantino, Lidia Camacho… para que vaya midiéndole el agua a esos camotes discriminadores y déspotas… Puras habas, doctorcito…

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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