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Hacia un México desinfectado

Francisco Javier Acuña
10-May-2009
Por ignorancia interesada o cobardona algunos gobiernos han enviado señales de repudio a los mexicanos.



México forma parte de un listado de sitios mágicos e insalubres, destinos interesantísimos pero habitados por gente de hábitos y tradiciones que rayan en la suciedad sistémica. Un viaje a esos destinos es sufrir el horror a los contagios menores o al asco repentino que aunque pasajero es improbable, es consumir, por gusto, suculentos cocteles bacterianos: nadie debe resistirse al efecto de las bebidas embriagantes, a los espantosos platillos. Es más alucinógeno aún el modo de comerlos o de cocinarlos y dejan en el viajero marcas en la conciencia alimentaria. Es el riesgo inevitable y no hay fórmula de evasión a cualquiera que se jacte de gourmet o sibarita.

Quien no experimenta esas sensaciones pasa de largo, ingrávido, cual astronauta, sin la obligada inmersión cultural en la India, Tailandia, Egipto, China, y Perú y, claro, nuestra comarca. Por eso no hay modo de eludir la culpa que pudiera existir de haber incubado la gripe mortal que nos mantiene apestados.

El África es aparte. El negro continente incluye, además de esas contraindicaciones, a viajeros superfluos o delicados, dosis añadidas de peligrosidad por picaduras de insectos, ataques de fieras y contagios mayores (incurables o fulminantes). El África profunda ni siquiera es visitable, los destinos que se conciben dentro del esquema de las agencias de viajes se reducen a contadas locaciones adaptadas para el turismo deseoso de regresar para contarlo.

La insalubridad de los destinos de riesgo controlado, vuelvo a los que señalaba, es la seña de identidad: partículas de heces esparcidas por el aire, en el agua, mezcla de las gastronomías exóticas, son la marca registrada. Y, por ello, el morbo antropológico que despierta en los visitantes el extraño placer de compartir o vivir esos problemas. Por eso me preocupa la imparable desinfección a la que nos habrá de conducir, por lógica, la influenza. Ya ha causado repulsión el esmero del gobierno federal en persuadir a los habitantes de la urgencia en permutar las añejas confianzas por asepsia y cubrebocas; más autoritarias han sido las medidas en el Distrito Federal que hizo gala de clausuras arbitrarias, cerró cines y restoranes, pero dejó en marcha el transporte suburbano que aglomera a millones en cada jornada. Estilo o ambivalencias de la —fugaz— dictadura sanitaria. Al margen, que la idiotez no nos ofusque y que no prosperen las dudas: la pandemia fue y es cosa cierta y amenazante.

Me preocupa el saldo de la pulcritud que habrá de dejar a nuestro patio mugre reluciente, con pisos barridos, paredes repintadas, me produce estornudos el olor a detergente que lo dejara todo oliendo a limpio, como dijera López Velarde: “Frescura de rebozo y de tinaja”.

Se arreglaran los mercados sobre ruedas para parecerse más a los prehispánicos tianguis, sin espacio para consumir alimentos a los cuatro vientos. ¿Comeremos sólo chatarra industrializada?

Nunca la manta ha quedado igual tras haber sido lavada con agua y cloro. ¿Será posible por decreto desoír a Borges en cuanto a eso de andar descalzo, cruzar mas ríos y colgar en el armario el arrepentimiento de haber sido de los que por maniáticos llevaban consigo siempre un paraguas, un termómetro y un paracaídas? Nos sentiremos postizos, huecos sin alma, por el síndrome de las manos limpias.

Por ignorancia interesada o cobardona algunos gobiernos han enviado señales de repudio a los mexicanos tras la pandemia y han despertado una cascada de acusaciones, de majaderos aislamientos, desaires y expulsiones. Lo más grave han sido las estúpidas persecuciones internas. A uno le angustia el saldo del repudio internacional y la exigencia de hacernos salubres y lo debemos hacer por bien de la humanidad. Pero más me asusta el peligro al brote de un nacionalismo defensivo que vendría muy bien a los inadaptados de siempre para hacer más eruptiva la viruela de resentimiento que por tantos otros complejos nos aqueja y de esa otra peste, más severa y mortífera, nadie, ni los agoreros de los actuales desastres, nos desinfectarán. Para sobrevivir a esa otra pandemia no existe vacuna de porvenir.

Asusta el peligro al brote de un nacionalismo defensivo que vendría muy bien a los inadaptados de siempre.

*fjacuqa@hotmail.com

 

 

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