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Ya iban comiéndose las manzanas del bien y del mal

María Luisa Mendoza
09-May-2009
Hice en verdad la crónica del lugar donde vivió Rafael y suceden las peripecias tan medidas y lirondas de su familia.



A Enrique Mendoza

Pasé una noche horrible de insomnio hamacada entre la orden de dormir a fuerza y el oscuro e incomprensible mandato de no hacerlo. Fatigada de tratar de analizar la friega inmerecida, escribí, como quien piensa, no un artículo en honor de Rafael Tovar y de Teresa, sino un ensayo circular, un mundo ideal pleno de hallazgos y cumbres, eso imposible de lograr en la vida real ni yendo a bailar a Chalma. Hice en verdad la crónica del lugar donde vivió Rafael y suceden las peripecias tan medidas y lirondas de su familia. Me pasee por los bosques intrincados rodeando su casa, pero lo hice tan de a de veras, que la falta de sueño se volvió la lumbre donde cocinaría el excelso platillo. La arboleda se me vino encima, como me ocurre si camino pian pianito por las cuadras de donde vivo: es un derramarse de las bardas apenas sosteniendo lo duro y lo tupido de las pachonas copas de los árboles, las enredaderas y, si levantas la cara, ves aquellas terrazas de mi adolescencia en donde se hacen los noviazgos históricos y el té se vuelve una toma cinematográfica con la inolvidable Pamela repartiendo pastas… Un día van a tumbar, te dices, y ante la visión clarita de las ruinas sigues caminando de nuevo en la leyenda de los De Teresa.

Realmente, a mí, lo arrebatador es la historia de una familia, pero bien contada. Como lectora profesional aprendí a buscar en las librerías las sagas de toda especie, por desgracia, en nuestro país hay muy pocas o son excepcionales, por eso mi cercanía con los Tovar ha sido tan fructífera, no porque nos pasemos la vida juntos y pegados como antes se usaba la amistad, cuando se pensaba en las amistades para siempre. Por lógica, el género saga trae pegada la casa como escenografía por décadas (tal vez por eso estudié escenografía teatral, para recapturar las atmósferas mágicas ofrecidas por la literatura o los relatos orales, esos crucigramas resueltos con la memoria y las preguntas). Deseo hacer notar mi proclividad desde niña a mirar —de mirar— las casas en sí, los interiores, las humbrosidades de los cuartos provincianos, el contraste de la luz exterior casi cegadora, y el misterio puertas adentro… siempre he creído en la tempestuosidad y la pasión amorosa de las leyendas pueblerinas y su nacimiento, su cepa, como ahora se dice, es esa semioscuridad de las alcobas. La casa de Gelati en Tacubaya, de los De Teresa, poseía todo el peligroso misterio de mi imaginación heredada, primero porque me conquistó, sin saberlo, Guillermo Tovar y de Teresa con unas fotografías que me enseñó durante una de las entrevistas realizadas en mi tiempo de reportera de la televisión: eran sensacionales, yo las podría comparar en mi caletre con los salones privados de la mansión de Tolstoi, pero sobre todo una terraza acristalada asomada al gran jardín y la arboleda en plena floración, donde el conglomerado en un puño, como lo hizo desde el principio de sus tiempos, platicaba, tomaba el café después de comer, las mujeres cosían, los señores fumaban y, tras los cristales, se deslizaba en la placidez de la paz ficticia porfiriana la existencia llena de confidencias, costumbres, reuniones, alianzas, matrimonios, viajes, etcétera, apenas susurrando el aire en los vidrios, testereando las flores de adentro en sus elegantes búcaros.

Guillermo mostrábame los retratos y yo me fui volando a otros tiempos mejores. Por supuesto, me hice más amiga de Rafael porque se junta y sepárase el destino de entrambos, por ejemplo, su hijo es un enamorado perdido de la época de los Zares y se sabe los nombres y los caracteres de cada Romanov como yo misma y la manía exacta de la familia rusa. Dije la familia precisamente, la fundamentación de las sagas y los atardeceres proféticos del fin de los tiempos, esos que en la preciosa novela de Rafael Tovar y de Teresa, Paraíso es tu memoria, a mí me trastornó en gran medida porque desde la raíz de los tiempos de mis árboles propios me andan bailoteando cuartos que no conocí, pero donde vivieron sus vidas verdaderas mi padre en una casa construida por Tresguerras en Celaya, y mi madre en un enormísimo edificio, con un jardín en la azotea en la Casa de Moneda dirigida por mi abuelo. Así también me subí en el sueño, esa noche en que no dormí escribiendo en mi cabeza, maravilloso ferrocarril familiar que traía a sus visitantes hasta el bosque o las lanchas donde bogaban las visitas, pues, encantadas sin saber que nunca jamás se repetiría ese paraíso terrenal porque ya iban comiéndose las manzanas del bien y del mal

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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