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Hugo Chávez, hacia una dictadura histérico-sentimental
Claudio Lomnitz
26-Nov-2007
El gobierno de George W. Bush ha hecho daños incalculables. Su política exterior ha sido criminal, su política económica, ruinosa y, su política interna, antidemocráctica. Pero nada de eso justifica que sectores importantes de la izquierda apoyen a voz en cuello a cuanta figura autoritaria “antiimperialista” emerja en el escenario mundial. Hoy está por pasar la hora en que la izquierda pueda deslindarse de Hugo Chávez. Urge que recapacite.
Las reformas constitucionales que Chávez va a promover el próximo 2 de diciembre son la culminación de un proceso que conduce inexorablemente a la dictadura. Chávez podrá ser presidente vitalicio y tendrá los medios para imponerse a cualquier poder local. Pero, aún así, parece necesario realizar el trabajo laborioso de convencer a la izquierda chavista de lo radicalmente equivocada que ha sido su opción. Como contribución a esa tarea, ofrezco algunas máximas.
1. Soberanía popular sin mediaciones, igual a dictadura. Las enmiendas a la Constitución manifiestan una verdadera obsesión con la soberanía nacional, mancomunada a una idea vaga de “poder popular”: “El pueblo —dice el nuevo artículo 136— es depositario de la soberanía y la ejerce directamente a través del Poder Popular. Este no nace del sufragio ni de elección alguna, sino que nace de la condición de los grupos humanos organizados como base de la población.”
Esta idea —que tiene un parecido superficial con los fueros de los pueblos en tiempos de la independencia, pero está emparentada con las organizaciones de manzana en Cuba— solapa un problema fundamental: la idea misma de “soberanía popular” fue siempre contradictoria, y por eso pide un sistema complejo de instancias de mediación, para evitar la dictadura.
Ser soberano quiere decir ser autónomo. Pero “el pueblo” ha sido siempre heterónomo, y no autónomo, y lo será también en la Venezuela del “socialismo del siglo 21”. Esto se debe a que el pueblo no tiene nunca una voluntad única —tiene en su seno demasiada desigualdad y diversidad para eso— y si la voluntad “del pueblo” queda reducida a una sola, quedan siempre en entredicho una serie de voluntades individuales y de grupo, generadas por desigualdades entre ricos y pobres (la nueva Constitución venezolana no elimina la propiedad privada ni iguala el sueldo de Chávez al de un barrendero), entre poderosos y débiles (tampoco termina con cadenas de mando en el interior de la burocracia), amén de las desigualdades tradicionales entre hombres y mujeres, jóvenes y viejos, etc. La soberanía popular es, desde su origen, una idea que requiere toda una estructura de mediaciones y resguardos a los derechos de las minorías, para evitar el totalitarismo. La afirmación simple de una soberanía popular, hecha realidad en la figura del plebiscito, es el trasfondo de la dictadura, como lo mostró Carlos Marx en el Dieciocho brumario.
2. El sentimentalismo desenfrenado del líder significa que el régimen tiene su base política en el lumpenproletariado y el ejército. El sentimentalismo se expresa en prácticamente cualquier aspecto del gobierno chavista y no sólo en la incontinencia verbal de su líder. Así, por ejemplo, el nuevo artículo 307 de la propuesta constitucional declara que “se prohíbe el latifundio por ser contrario al interés social”. De acuerdo, pero el artículo no define qué es un latifundio y eso lo convierte en un artículo sentimental. O bien, el 320: “El Estado debe promover y defender la estabilidad económica, evitar la vulnerabilidad de la economía y velar por la estabilidad monetaria y de precios, para asegurar el bienestar social”. Excelente. Pero no dice cómo. Otra vez es sentimental. El artículo 112: “El Estado promoverá el desarrollo de un Modelo Económico Productivo, intermedio, diversificado e independiente, fundado en los valores humanísticos de la cooperación y la preponderancia de los intereses comunes sobre los individuales, que garantice la satisfacción de las necesidades sociales y materiales del pueblo, la mayor suma de estabilidad política y social y la mayor suma de felicidad posible”. Vámonos a Venezuela. Pero antes de hacer las maletas, aclaren: ¿cuál es el algoritmo que se va a utilizar para calcular la felicidad nacional? Una última, el artículo 90 declara que la jornada laboral será de seis horas diarias. Me encanta, pero: ¿qué pasa en el año 2013, cuando Brasil entre al mercado petrolero y los precios del petróleo caigan o cuando el mundo productivo invierta en formas de energía alternativa? Otra cosa: ¿qué hace el taxista o el vendedor ambulante para hacer valer su derecho constitucional de trabajar seis horas? ¿Acaso la economía informal no es mayoritaria en la hermana república?
Toda la enmienda constitucional está cargada de principios elevados que sólo podrán ser puestos en práctica de modo discrecional. El poder discrecional, envuelto en el sentimentalismo de las buenas intenciones, es lo que se llama “cesarismo”: pan y circo.
3. La economía del llamado “socialismo del siglo 21” es una economía rentista. La obsesión por la soberanía nacional es un reflejo fiel de una economía rentista, la fórmula venezolana no podrá ser exportada a ningún país con una economía diversificada (incluidos México y Brasil).
4. El escándalo internacional, envuelto en banderas patrioteras, sirve para endurecer la represión interna. Es el punto que une a Chávez y a Ahmadinejad con George W. Bush. La soberanía y la seguridad nacional son el pretexto de la dictadura.
Claudio.lomnitz@gmail.com
Claudio Lomnitz
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