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Influenza: de tapabocas y complots
Rodrigo Morales Manzanares
28-Abr-2009
El conjunto de medidas hasta hoy dictadas parte de la base de que todos los ciudadanos somos iguales; que estamos igualmente expuestos...
La influenza porcina se agrava a cada hora: la Organización Mundial de la Salud elevó el nivel de alerta, el número de muertos crece, las medidas sanitarias ordenadas por las autoridades son cada vez más agresivas y lo único que queda esperar es que sean eficientes. Hasta ahora hemos sido adecuadamente informados por las autoridades sobre los riesgos epidemiológicos y, a pesar de ello, se sigue observando en las calles a ciudadanos circulando sin protección. Esa actitud retadora y desconfiada es la que debe evitarse que se propague. Veamos.
El conjunto de medidas hasta hoy dictadas parten de la base de que todos los ciudadanos somos iguales, estamos igualmente expuestos a contraer el virus y, por tanto, valga la redundancia, son medidas de observancia universal. En ese sentido, mientras mayor sea el número de ciudadanos que acatan las medidas, éstas tienen mayor posibilidad de éxito. Finalmente, de lo que se trata es de reconstruir un bien colectivo: la salud pública y, frente a tal empresa, no caben individualidades, no debiera prevalecer la actitud de que los tapabocas y las restricciones se hicieron para otros. Insisto: en la medida que el desacato crezca, las posibilidades de éxito de las medidas sanitarias dictadas disminuye.
Debe tenerse en cuenta que tampoco es un asunto que competa nada más a las autoridades y los operativos que eventualmente puedan hacer. El tamaño de la amenaza nos involucra a todos. Ciertamente si la obediencia sanitaria se fincara tan sólo en el grado de confianza que se le profesa a las autoridades, hoy estaríamos ante problemas más serios, pero, por fortuna, los organismos internacionales, la comunidad científica, las universidades, los medios de comunicación y un largo y esperanzador etcétera, han entendido muy pronto la gravedad del desafío y han podido constituir un acompañamiento sin el cual no se entenderían las escenas que esta ciudad ha vivido en los últimos días. Es decir, no hay que cejar en el intento de que la desconfianza, el escepticismo, los rumores exacerbados —que nos conducen fácilmente al complot—, se apropien del ánimo de los ciudadanos y se traduzcan en desacato. La mejor vacuna es la información.
El tapabocas, hoy, es un nuevo símbolo urbano, un distintivo que da cuenta de nuestra actitud frente a la emergencia sanitaria. Por supuesto, no es infalible ni garantiza nada, pero sí acredita públicamente nuestra disposición. Tras el tapaboca se puede leer si se asume el reto colectivo de reconstruir la salud pública o se milita en la indiferencia. Para ser capaces de seguir haciendo esas lecturas, ciertamente es indispensable que se normalice el abasto de tapabocas: han dejado de ser un bien asequible en las farmacias. No vaya a ser que, luego de la ausencia de tapabocas, tengamos que leer, no el desacato, sino el desabasto. Esperemos que pronto se normalice el surtido de estos distintivos frente a la epidemia.
Ahora bien, hay que insistir en potenciar la vacuna de la información. Es muy probable que conforme avance la emergencia vayamos teniendo acceso a mayores y más complejos volúmenes de información. Pongamos un ejemplo. En la medida en que la detección siga mejorando, el número de casos reportados, en todos los supuestos (internados, dados de alta, decesos, etcétera), sin duda va a crecer y no faltará quien lo atribuya al fracaso de las medidas, siendo que puede tratarse justamente de lo contrario: que, dado el éxito en los mecanismos de comunicación de todo el sector, cada vez conoceremos con mayor detalle el número de casos reportados y tengamos herramientas más precisas de evaluación. El riesgo es que se imponga el razonamiento simplista de la “regla de tres”.
Sin duda, seguiremos viviendo situaciones extremas que merecerán un esfuerzo mayor de comunicación y, en ese sentido, creo que debe confiarse en que, así como en el sismo de 1985 la sociedad supo ponerse a la altura de la tragedia, así, ahora, frente a una amenaza mucho más intangible por el momento, exista la fortaleza para hacer frente al nuevo reto. Por lo pronto, lo que hoy corresponde es obedecer, usar el tapabocas y acatar las instrucciones. Otro será el tiempo de las evaluaciones y de la búsqueda de culpables (si los hay). Ojalá salgamos pronto, y bien, de este magno desafío.
No hay que cejar en el intento de que la desconfianza, el escepticismo, los rumores exacerbados, se apropien del ánimo de los ciudadanos.
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