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A diez años de la muerte de Ricardo Garibay
René Avilés Fabila
26-Abr-2009
“Porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir, no se es cabalmente escritor.”
Conocí a Ricardo Garibay poco después de que él había publicado una soberbia obra: Beber un cáliz. La novela me fue particularmente dolorosa porque yo acababa de perder a un hombre amado, mi abuelo, y me traía un poco de alivio, como lo hizo Crónica familiar de Vasco Pratolini. Busqué a Ricardo Garibay a pesar de que quienes lo conocían hablaban de la dureza de su carácter y de la violencia con la que trataba a los advenedizos. Alguien me dio su número telefónico y el propio Ricardo me concedió la cita en Excélsior, donde escribía artículos brillantes. El encuentro fue un monólogo. Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad. Sabía que el camino de las letras es duro y aún así lo tomó. Nunca lo vi flaquear, no le conocí titubeos en los años en que fuimos amigos, hasta su muerte. Mentiría si digo que lo traté con intimidad, pero nuestros encuentros fueron muchos y para mí venturosos. Dos amigos suyos le procuramos algunos de los escasos homenajes que en vida le rindieron. José María Fernández Unsaín en Sogem y el segundo organizado por mí en la UAM-X. Más adelante el INBA llevó a cabo uno más en la sala Manuel M. Ponce, donde asimismo participé con Froylán López Narváez e Ignacio Trejo Fuentes. Añado que fui parte del jurado, junto con Sergio Galindo, que le concedió el Premio Colima a la mejor obra publicada: Taíb.
Admirable como pocos, escritor por tenaz vocación y amor-pasión por los libros, arrogante y soberbio, inteligente, pensador original, se dedicó a lo suyo sin preocuparse por la publicidad que conceden los medios. Una vez estábamos en Sonora y un periodista se acercó: ¿Qué podría decirme de la obra de Carlos Fuentes, maestro? Ricardo dijo sin pensarlo, burlón: “¿Fuentes? ¿Quién es? No lo conozco, nunca lo he leído”. A cambio, su ternura por amigos de toda la vida como Rubén Bonifaz Nuño, José María Fernández Unsaín o Vicente Leñero, fueron proverbiales. Duro de carácter, seguro de sí mismo, en el homenaje de la UAM-X se acercó un viejo que conservaba alguna fortaleza física, vestido con pobreza digna. “Don Ricardo, dijo en voz baja, ¿me recuerda? Usted y yo boxeamos dos veces”. Garibay lo abrazó claramente conmovido, como quizá nunca lo hizo con un intelectual.
Tres de sus desmesurados arrebatos se me grabaron: el que le hace rechazar a Madame Bovary, el que enaltece a El cantar de los cantares y cuando afirmó contundente que el autor del Quijote no tenía por qué estar en manos de académicos si era un hombre tosco, bebedor, visitante asiduo de tabernas, soldado… En fin, Ricardo era distinto.
Al morir hubo dolor de sus amigos y cobardía de sus embozados enemigos. Estos últimos aprovecharon su desaparición física para externar resentimientos y envidias; se quejaban del desprecio generalizado del narrador hidalguense y correspondían vilmente. La reportera de un afamado diario recogió las críticas y a mí me preguntó por la leyenda negra de Ricardo, “su cercanía con el poder”. No conozco esa novela, repuse.
Era dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado. Por desgracia no lo hemos acabado de valorar. Pero así es México. Dos veces lo entrevisté, extraigo unas líneas de la primera, 1967, que lo tipifican:
“RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?
“RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o 15 años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables; que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con ‘los nuevos valores’ y con los viejos. Me refiero claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los ‘enojados’ escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.
“RAF: Un escritor ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?
“RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir, no se es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra ‘para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación’, es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.”
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