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Nacionalidad

Claudio Lomnitz
19-Nov-2007



Hay tantas cosas que aprecio de México que es difícil contarlas. Una de las más curiosas, eso sí, es el agradecimiento que he sentido muchas veces por haberme visto obligado a asumir mi propia historia. Es imposible que un extranjero se mexicanice si pretende renunciar a su pasado. Hacerse mexicano —así, al menos, me parece— es un poco como convertirse al catolicismo en la España del siglo XVI: el extranjero “naturalizado” podrá siempre ser identificado como un “converso” o aun como un “judaizante”, mientras haya quien quiera acusarlo.

Cuando digo que agradezco aquello no es que piense que las actitudes mexicanas ante los extranjeros sean buenas. A diferencia de otros motivos de aprecio por México y los mexicanos —como pueden ser su generosidad, su inventiva, su sentido de ironía y de alegría, su amabilidad, su belleza o su sensibilidad para la paradoja—, este reconocimiento no emana de una virtud de los mexicanos, sino tal vez de un vicio. Se puede, al menos en alguna ocasión, agradecerle a alguien un defecto.

Escribo estas líneas desde Santiago de Chile. Es la primera vez que veo este país desde que lo dejé, cuando tenía diez años. Durante los cuarenta que han pasado desde entonces, he portado la marca del pasaporte chileno. Me he vuelto mexicano (siempre y cuando me lo permitan). He amado a México. La Ciudad de México es más mi ciudad que ninguna otra: me casé ahí, mis hijos allí nacieron, he escrito libros sobre México y su historia. Pero nunca dejé de cargar el pasaporte chileno.

No puedo decir que lo haya portado orgullosamente (ni tampoco con vergüenza). Simplemente me parecía que no tenía demasiado caso dejarlo. ¿Acaso los conversos de España podían evitar que en algún momento alguien descubriera que eran circuncidados? Mejor, pensé (y tal vez muy mexicanamente) que, si me han de descubrir mañana, que lo sepan de una vez.

Por eso conservé aquella antigualla: mi pasaporte chileno. Tal vez no sea el equivalente exacto del pacto de Abraham con Dios (finalmente, la nacionalidad chilena no era para mí un signo de pacto alguno), pero sí podia ser una marca de una historia que jamás podría borrar. Soy mexicano sólo mientras otros lo toleren, eso lo sé. Mi pasaporte no es sino un recordatorio de aquello. Mi nacionalidad “chilena” es, para mí, tan sólo un lieu de memoire. Pero ahora vuelvo a Chile, el país, que no es ni será nunca lo mismo que la cicatriz del pasaporte.

Ayer, mi amiga María Elena y yo manejamos de Valdivia a Santiago. Son casi 900 kilómetros por el Valle Central. Chile es, como se ha dicho, “larga faja de tierra”. Su paisaje, sobrecogedor. La sensación de melancolía y de añoranza —de aquello que los marinos portugueses llamaron “saudades” y reconocían como enfermedad, religión y destino—, esa sensación, me oprimió durante horas, como si tuviera diez ladrillos sobre el pecho. Me daban ganas de llorar. Lloré.

En algún momento nos detuvimos a la orilla de la carretera a pedir alguna indicación. Había junto un gran sabino y una pequeña hilera de álamos. El aire tibio de la primavera removía sus hojas, levantando olas de verde y plata como remolinos en un mar de agua dulce. Aquel revuelo de hojas era la sonaja que había acompañado las tardes de verano de mi niñez, era el rumor mismo de una sensación casi olvidada: el aburrimiento interminable del domingo, el hastío que es la madre de todas las invenciones y que ha estado durante demasiado tiempo abrumado por todos los sonidos de todos los nintendos del mundo.

Recordé entonces al Pablo Neruda tan amorosamente traducido al inglés por mi padre. El Neruda de La Barcarola y de Las Alturas de Machu Picchu. De niño fui alguna vez con mis padres y hermanos a su casa en Isla Negra. Tengo un recuerdo borroso del poeta, no podría asegurar que sí recuerdo en verdad o si mi memoria es una transposición del señor que nos recibió con alguna foto que me sirve para identificar aquella figura tan conocida. Pero sí que conservo una memoria nítida de su jardín—¿a qué niño se le olvida que jugó en la locomotora del jardín de Neruda?—.

Recuerdo también de Isla Negra alguna comida de mis padres con amigos, en alguna de esas casas-restoranes algo parcas en que te sirven el mar austral en una sopa, en un mariscal o en un congrio frito con un limón y un tomate. Otra vez es la memoria y la sensación del tiempo mismo, del aburrimiento interminable de la sobremesa, hasta que por fin nos dieron permiso de salir a los niños y nos fuimos a las rocas a ver cómo el mar se estrellaba y entraba furioso por los riscos. Cuando se retiraba la ola nos acercábamos, Jorge, Beto y yo, a ver estrellas de mar y anémonas, y el tentáculo de algún pulpo que se quería esconder.

Ese hastío de verano y aquellos caldos de todos los mares los despierta el paisaje del campo chileno como si me estuviera lavando la cara con la agüita helada del deshielo de la cordillera. Llegando a Santiago pasamos por el mercado de La Vega, por el río Mapocho y la Clínica Santa María, donde nací.

El pasaporte es una marca de todas las oficinas de migración y de todas las policías internas del mundo. Lo vivido es otra cosa.

Claudio.lomnitz@gmail.com

Claudio Lomnitz

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