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Plagio, luego existo
René Avilés Fabila
25-Ene-2009
El plagio pareciera común entre escritores; a veces resulta escandaloso, otras se llama influencia. La lista de acusaciones de plagio en México es larga. Carlos Fuentes ha sido repetidamente señalado como tal. Cuando iniciaba, varios críticos literarios lo culparon de plagio. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo, dio pistas tanto para La región más transparente como para Aura. En la primera, la presencia de Manhattan transfer de John Dos Passos era evidente; en la segunda, la de Henry James con Los papeles de aspern. Arellano dio precisiones en un artículo. Adelante Enrique Krauze retomaría el tema.
A Octavio Paz lo señalaron muchas veces como plagiario y no críticos sino el propio agraviado, Rubén Salazar Mallén, por la copia de trabajos propios sobre filosofía del mexicano y Sor Juana Inés de la Cruz. Paz, desdeñoso, dijo: Los lobos se alimentan de corderos. La acusación fue respaldada por Emmanuel Carballo y Edmundo O’Gorman, de tal suerte que no se trata de un hecho mínimo. Nada ocurrió, salvo que le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Parte de la polémica puede ser leída en un libro de José Luis Ontiveros publicado por la UAM-X. La peor imputación que le hicieron a Paz fue sobre plagio a Samuel Ramos, el primero en tratar de explicar al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México, que ya pocos ven como el gran antecedente de El laberinto de la soledad.
Plagiario asimismo fue el erudito e inteligente Alfonso Reyes como no hace mucho recordó con elegancia Vicente Leñero: Un Plagio Inocente de Alfonso Reyes, nota en la que recupera una historia olvidada. Reyes da a conocer un artículo en Revista de revistas casi idéntico al publicado en The Saturday Review por un autor poco conocido: George Kent. “Los buscadores de pifias —explica Leñero— que habían leído ambos textos, los marginados del pontificado cultural ejercido por Alfonso Reyes durante tantos años, postulado en aquel entonces al premio Nobel, lo acusaron a voz en cuello de: ‘¡plagio, plagio!’. Era un plagio, en realidad, imposible negarlo.” Entre quienes lo señalaron estaban Jorge Murguía, Jesús Arellano y Ramón Rubín.
Tampoco se escapa García Márquez. Más de un crítico vio en Memorias de mis putas tristes una copia servil de Casa de las doncellas dormidas de Yasunari Kawabata. Y los españoles se sorprendieron cuando Camilo José Cela, Premio Nobel, fue señalado como ladrón de los argumentos de Carmen Formoso, al hacer suyas diversas historias de su novela Carmen, Carmela, Carmiña… De mi generación, a Gustavo Sainz le reprocharon su gusto por pequeños escamoteos literarios para sumarlos a su literatura.
Yo vería el plagio como arte difícil donde todo consiste en que los lectores no se percaten de la sustracción intelectual. Claro, hay casos ruidosos como el que llevó a cabo Alfredo Bryce Echenique, cuyo resultado fue el desprestigio y una multa de muchos dólares. Se excusó diciendo que no se había percatado, ocupado como estaba escribiendo tanta obra maestra de la literatura universal, la culpable de los envíos ajenos fue su secretaria. En México, Teófilo Huerta ha responsabilizado a José Saramago de plagio y ha dado tantas pruebas que el Nobel portugués ha respondido negándolo. En este penoso caso está involucrado Sealtiel Alatriste. Por segunda vez aparece como intermediario entre plagiado y plagiario, en ambos casos —idénticos al de Carmen Formoso— estaba en Alfaguara. El primero en señalarlo fue Víctor Celorio. Su obra fue enviada a un concurso de tal editorial y parte de ella terminó, dice la víctima, en Diana o la cazadora solitaria de Fuentes. Algo menor le sucedió a la novelista Martha Robles: se quejó de que un título suyo había sido utilizado por Fuentes, quien al final optó por hacerle una modificación.
Para evitarnos tales vergüenzas, lo correcto es decir que se trata de afinidades o coincidencias, en todo caso, de influencias. Desde luego, es inconveniente aceptar que se han copiado ideas completas o párrafos enteros. No es fácil crear novelas y cuentos novedosos. Llevamos muchos siglos haciendo literatura y en todo ese tiempo las pasiones y los sentimientos humanos no han sufrido mayores alteraciones, así que, como dice el refrán: nada nuevo hay bajo el sol. El amor es tan común que es imposible no repetir frases y pensamientos. ¿Cómo decir te amo o estoy celoso, sin duplicar lo que le dijo Romeo a Julieta o el tonto de Otelo a Desdémona? El chiste radica en darle a las palabras sentidos diferentes, los hechos son los mismos desde que Eva engañó al ingenuo Adán con una serpiente lujuriosa.
A veces la ausencia de creatividad atrae la necesidad del plagio. No es fácil evitar que unos párrafos hermosos o ideas renovadoras pasen a nuestra literatura, piensan los plagiarios. Los pillos afirman que, incluso, han mejorado a los autores originales. Por último, para qué escribir una obra tan grande como Don Quijote (quien también tuvo problemas al respecto), si es tan fácil copiarla.
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