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Te las cantamos aquí
Marcelino Perelló
25-Nov-2008
Karl Jung, Mircea Eliade, Karl Popper, Josué de Castro, Georg Lukacs, Ernst Junger, Louis Althusser, Elias Canetti, Jean Piaget, Jacques Lacan, Charles Wright Mills, Jean Baudrillard, Theodor Adorno, Michel Foucault, Karl Jaspers, Paul Ricoeur, Marshall McLuhan, Martin Heidegger, Roland Barthes, Lev Vygotsky, Félix Guattari, Erich Fromm, Gilles Deleuze, Emil Cioran, Max Horkheimer, Guy Debord, Herbert Marcusse, Jacques Derrida, Thomas Kuhn, Hans-Georg Gadamer, Roman Jakobson, Jean-Paul Sartre. Y por lo menos dos viejas: Simone de Beauvoir y Hannah Arendt.
A ver, un torito, dilecto culto y lúdico lector: ¿Qué tienen en común todos los personajes que acabo de enlistar? Si me quiere seguir el juego y necesita pensarle, no siga leyendo, porque acto seguido le voy a dar la respuesta. Quién quita y, después de unos minutos de reflexión, le da. Tampoco es tan difícil, y yo tengo, créame, toda la confianza en usted.
Ahí, pues, le va: Todos son personajes centrales en la constelación histórica del pensamiento. Todos vivieron, hablaron, leyeron y escribieron al mismo tiempo. En la impensable, única y exuberante década de los sesenta, en el siglo XX. Y todos están muertos.
No es una relación exhaustiva. La escribo un poco al ahi se va. Y desde hace rato experimento la angustia de que me falta alguien, a lo mejor más de uno, indispensable. A ver si de aquí al final del texto, se me ocurre alguno más. Antes de que Víctor y Rodolfo me mienten la madre. No incluí, obviamente, ni científicos ni literatos. Esa es otra historia que, sígame creyendo, también se las trae. Son puros pensadores, ensayistas y humanistas. Aunque algunos de ellos sí le entraron a la literatura y a la ciencia. Y no de cualquier manera.
Tampoco consideré a otros, porque en ese tiempo estaban haciendo apenas sus pininos, a pesar de que la densidad y profundidad de su obra era ya considerable. Pero eran entonces como las mascotas, digamos: Umberto Eco, Noam Chomsky, Agnes Heller, Jurgen Habermas, entre otros. Y, además, ellos están vivos. Viejitos pero vivos.
Usted sabe perfectamente que, según la astronomía clásica, el brillo aparente de una estrella se mide sobre una escala descendente del uno al seis. Únicamente para los cuerpos celestes visibles a simple vista. Pues bien, todos los nombres de nuestro elenco son astros de magnitud uno. Digamos que también los hay de magnitud dos. Órale. Pero hasta ahí. No incorporé a ninguno de tres o menor. De esos hay una auténtica multitud. Innumerable.
No debemos excluir, sin embargo, que alguno de ellos sea tanto o más interesante que algunos de los mencionados. Recuerde que la escala astronómica habla de la “magnitud aparente”. Quién quita y los hay de importancia mayor a la que percibimos. Sólo puse aquellos de los que podemos hablar, usted y yo, aunque no sepamos a ciencia cierta quiénes son, qué dijeron y cuál es su papel. Pero que brillan un chingo.
Yo considero la de los sesenta como una década de 15 años. Es el tipo de arbitrariedades que se nos permiten a los matemáticos. Y, con toda la simplificación y abyección que ello comporta, la sitúo, con precisión, desde el primero de enero de 1959, cuando las tropas del Movimiento 26 de Julio entran triunfantes a la ciudad de La Habana, hasta el 11 de septiembre de 1973 cuando los fascistas atacan el Palacio de la Moneda en Santiago de Chile y abortan no sólo el proceso revolucionario chileno, sino el proceso mundial de transición pacífica y civilizada hacia un socialismo luminoso.
Se trata de una década magnífica, inconcebible, en todos los planos: político, revolucionario, científico y cultural. Fue una burbuja en la historia. Que no encontró continuidad. Al menos no la ha encontrado hasta ahora. Siempre he querido creer que tarde o temprano rebrotará. Pero los setenta vuelven a la grisura de los cincuenta. Y ahí, de momento, seguimos.
El inventario improvisado con el que encabezo estas líneas no deja el menor resquicio a la duda. Es una panoplia deslumbrante. Imagine —o recuerde— a todos esos gigantes diciendo cosas al mismo tiempo. Algo así no había pasado nunca antes ni en la Francia del XVIII ni en la Grecia del V antes de nuestra era. Es por ello mismo que, en este preciso momento, decido bautizar a los sesenta como la Década de las Luces. Aunque también la podría llamar la Década de Pericles. O a lo mejor es mejor dejarla así, con su nombre propio: los Sesenta. Pero en mayúscula. Y de los cuales no hará falta, nunca, especificar el siglo.
Sin embargo, en esa recua de nombres ilustrísimos falta uno. No el que se me olvida, sino el que no se me olvida. Y no está en la lista porque aún vive. Y que este viernes cumplirá la edad de tres cifras. Esperemos que llegue. Y no nos haga, en estos días, una mala pasada. Cada hora cuenta. Vivo, con una angustia estúpida, la inminencia de su final.
Claude Lévi-Strauss. Monstruo entre monstruos. El último, hasta la prueba contraria, de los grandes pensadores de la historia universal. El último de los mohicanos. De Pitágoras hasta él. Ya no hay más.
Y ahí está él. Entre nosotros. En un pequeño departamento no lejos de la Folie Regnault, en ese barrio tan entrañable de París, entre la Plaza de la República y el cementerio del Père Lachaise. Pero prefiero no hablar de cementerios. De repúblicas sí.
Ahí está él. Impasible, sereno, magno. En espera. Él sabe lo que es la muerte. Si no lo sabe él, no lo sabe nadie. Probablemente come papillas. Papillas cocidas. Como corresponde a un hombre civilizado, tal como él lo definió. Aunque a lo mejor también se echa una fruta o una lechuga crudas. Crudas, como esos hombres salvajes que tanto amó. Lo crudo y lo cocido.
Y es muy emocionante y conmovedor pensarlo ahí, saberlo ahí. Vivo y atento. Callado pero atento. La salvaguarda, el estandarte de la cultura humana, si es que hubiera otras. El portavoz indiscutible de la inteligencia, el vigor y el valor de un tiempo en que los hombres pensaban.
En su última aparición en televisión aquí sí conviene decir más bien “la más reciente”; no echemos la sal en 2005, dijo textualmente: “Lo que constato es el desastre actual. La desaparición de las especies. Vegetales y animales. Y el hecho que, en su densidad actual, la humana vive bajo un régimen de ‘envenamiento interno’ —si puedo decirlo así— y pienso en el presente y en el mundo en el cual estoy poniendo fin a mi existencia. Y es un mundo que no me gusta. Al que no quiero”.
No estoy seguro si fue él o no el creador de los Livais. Pero si no fue él, podría perfectamente haberlo sido. Los jeans constituyen hoy, con certeza, un fenómeno antropológico. Y estructural.
Porque, en efecto, Lévi-Strauss es uno de los tres padres del estructuralismo. La más importante corriente de pensamiento, junto al sicoanálisis, del siglo XX. Por cierto, Lévi-Strauss fue adversario de la teoría de Freud y, por ello, me cae gordo. Pero lo paso por alto.
El estructuralismo propone que un objeto no es lo que es en sí, sino por el lugar que ocupa en una red, en una estructura. “Es mi sistema de relaciones lo que me define”, postula el estructuralismo. Sus tres padres, en orden cronológico son: Ferdinand de Saussure, en la lingüística, Lévi-Strauss en la antropología, antigua y contemporánea, y Jacques Lacan en el sicoanálisis, en la mente.
En su cumplesiglos, no le voy a desear a Claude que viva muchos años. No sería ni razonable ni deseable. Ya los vivió. Le deseo, sí, que su pensamiento y su teoría sobrevivan a estos tiempos de neblina. Que pervivan. Que propicien. Y le manifiesto, emocionado, mi convicción de que, gracias a él, este mundo, que no le gusta, es mucho mejor de lo que hubiera sido sin él. “De regalo de cumpleaños deseo que el objeto de mi deseo esté”.
bruixa@prodigy.net.mx
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