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Una reflexión indispensable en torno de los libros

Claudio Lomnitz
05-Nov-2007



Hay pocos temas tan saturados de moralina y de hipocresía como nuestra actitud hacia la lectura y el libro. Se dice hasta el cansancio que leer libros es bueno e importantísimo, pero las estadísticas hablan de que en México los lectores habituales no llegan a 5% de la población. La incomodidad ante este tema quedó patente el sexenio pasado, con las famosas metidas de pata de Vicente Fox. El público culto, o que quería parecer culto, se regodeaba en que el presidente había dicho que entre sus libros favoritos estaban “las novelas de Octavio Paz” (que nunca escribió una), alabara a “José Luis Borgues”, y se escandalizó cuando Fox reconoció que él “tampoco leía los periódicos”. La falta de intimidad de la pareja presidencial para con el libro hasta tiene su monumento, la Biblioteca Vasconcelos, que se realizó con grande discusión acerca de su arquitectura, pero sin hablar ni de las colecciones de libros que debería adquirir ni de quiénes serían sus usuarios.

No quiero privar a nadie del gusto de burlarse de la ignorancia de los Fox, pero reconozcamos que la hipocresía ante la lectura no es privativa de ellos. Piensen, si no, en la alharaca que se le hizo a J. K. Rowling porque supuestamente estaba “rescatando la lectura y el libro” para toda una generación. Aclaro: soy fan de Harry Potter y me leí la serie completa. Pero nunca vi en aquello alguna gran virtud, más allá de la del entretenimiento y no hay evidencia de la tan llevada y traída salvación.

Piénsese, además, en la cantidad de películas de Hollywood en que los niños protagonistas leen libros o incluso en que defienden a la lectura frente al entretenimiento maligno de… ¡la propia industria del entretenimiento que está vendiendo versiones fílmicas de libros!

Entre estudiantes y profesores, la hipocresía no es tanto menor. Todos queremos ser cultos, pero frecuentemente no sabemos qué libros debemos leer. Finalmente, son demasiados, hasta para el lector más voraz. El resultado, por lo general, es una actitud de culpa más o menos beatífica frente a los libros y la lectura. Por eso nuestros lectores gustan de la estrategia de la prensa, que repite hasta el cansancio las hazañas y ocurrencias de un número reducidísimo de intelectuales: nos sentimos cultos porque reconocemos los nombres de un grupo selecto de estrellas, cuando en realidad el tamaño agigantado de su fama no es sino el negativo del molde de nuestra ignorancia.

Intuimos que vivimos en una época en que la elite ilustrada va de caída y en la cual domina un público de lectores ocasionales, cuya dieta literaria es inconsistente: mezcla de Paulo Coelho con algún clásico, con la lectura de medio periódico a la semana. Pero no entendemos bien el espacio cultural en que nos movemos.

¿Hay pocos lectores o son muchos? ¿Cuáles son nuestras prácticas de lectura ahora que la industria editorial está concentrada en poquísimos conglomerados, integrados plenamente a la industria del entretenimiento? ¿Está contaminada y corrompida la cultura por estos nuevos sistemas comerciales? ¿Importa realmente leer libros? En caso afirmativo, ¿cómo y por qué? ¿Importa tener una minoría de lectores habituales en el país? ¿Por qué? ¿Tenemos en México esa minoría sana y en buen estado de salud?

El Colegio de México acaba de publicar un libro fundamental para entender estas preguntas, escrito al margen de la moralina, de la hipocresía y de la culpa, así como con una lucidez y humor notables. Valdría la pena que todo buen lector y todos los que se sientan abrumados por la culpa frente al libro corrieran a comprarse un ejemplar.

El libro en cuestión, A la sombra de los libros, de Fernando Escalante Gonzalbo. El autor es, según mi punto de vista, el intelectual más notable de su generación y tal vez el pensador más completo de México, completo por sus amplísimas lecturas, la consistencia, claridad y valentía de sus intervenciones públicas y por ser autor de dos de los libros más importantes de los últimos 20 años, Ciudadanos imaginarios (El Colegio de México, 1991) y La Mirada de Dios: Estudio sobre la cultura del sufrimiento (Paidós, 2000). Escalante es, además, autor de varios otros libros, todos magníficos.

Entre las virtudes de este autor contamos, primero, una inteligencia notable, un estilo diáfano —elegante, económico, divertido, implacable— y una argumentación que se apoya regularmente y con toda naturalidad en una enormidad de lecturas. Escalante es el caso raro que combina originalidad con erudición.

Su libro comienza ubicándonos en el momento actual: no estamos ante “la muerte del lector” ni tampoco frente a “la muerte del libro”. Al contrario, hoy hay más libros y menos analfabetos que nunca. Y, sin embargo, la cosa está grave.

Escalante explica los efectos de la concentración de la producción editorial en la escritura y la lectura y muestra cómo se ha ido desdibujando la frontera entre el trabajo de calidad y los productos comerciales. Su libro es lectura obligatoria para entender el malestar contemporáneo con la lectura.

Claudio.Lomnitz@gmail.com

Claudio Lomnitz

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