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Responsabilizarnos por los llamados “desastres naturales”

Claudio Lomnitz
29-Oct-2007



Por fin hay consenso en que el planeta enfrenta una crisis climatológica. Las mediciones recientes muestran que el calentamiento va aún más rápido de lo que anunciaban quienes, hasta hace muy poco, eran irresponsablemente acusados de ser alarmistas. Afortunadamente, comienza a surgir un movimiento de contrapeso: autos eléctricos o híbridos, programas de bicicletas públicas para las ciudades, aumento de inversiones en fuentes de energía alternativa, crítica de hábitos de consumo. Todo esto es importantísimo. Es, de hecho, lo verdaderamente importante que hay en la escena actual: las noroñadas de lo que en México pasa por “política nacional” deberían de quedar confinadas a las páginas de sociales. Importan tanto como el color de los calzones de Britney Spears.

Junto a los esfuerzos por construir una relación armoniosa y sustentable con la naturaleza, tendremos también que enfrentar el hecho inminente de que habrá en los próximos años algunos desastres imprevistos —inundaciones, incendios, sequías, deslaves, huracanes— y que tendremos que lidiar con ellos hasta que se estabilice nuestra relación con la naturaleza. Por eso, urge una discusión pública de cómo le haremos frente a los desastres. Ofrezco estas líneas como un primer acercamiento al tema.

Los desastres que mal llamamos “naturales” son en realidad una mezcla de fenómenos naturales y de dinámicas sociales. Es un error pensar que se trata únicamente de actos de la naturaleza. Tampoco podemos pensar estas crisis como “actos divinos” de retribución en el sentido antiguo. ¿Por qué no?

En la tradición judeocristiana, los modelos principales para pensar los desastres que hasta hace poco los modernos llamaban “naturales”, eran el diluvio de Noé y, en alguna medida, los casos de las plagas de Egipto y de Sodoma y Gomorra. Los casos son un poco diferentes entre sí, pero tienen algunos puntos en común: Dios tiende a salvar a los virtuosos y a castigar a los pecadores. En el caso de Egipto, los castigos se sufrieron de manera diferenciada, por pecados colectivos en contra de Dios y de su pueblo. La historia de Noé, por su parte, fue la base del pacto que Dios sellaría con Abraham: una vida en Dios a cambio de un seguro antidiluviano.

Basándose en estas historias, el hombre del medioevo interpretó a las pestes como actos de retribución divina por los pecados de la comunidad. La muerte era representada como una niveladora que se llevaba por igual a ricos y pobres, a la mujer bella y al viejo jorobado. Sin embargo, la historia social ha demostrado que estas creencias eran imprecisas y que la imagen de la muerte como igualadora era en realidad una historia contada por los vencedores.

Es cierto que las pestes mataban a niños y a viejos y a ricos y a pobres, pero nunca por igual. Las plagas afectaban siempre más a los pobres que a los ricos, más a los viejos que a los jóvenes, más a las mujeres que a los hombres. ¿Por qué? Porque el desastre llamado natural —la pestilencia, la inundación, la sequía, el incendio, el terremoto— pega siempre en comunidades que están fisuradas por diferencias sociales. En los incendios que hoy rugen en San Diego, los primeros muertos fueron inmigrantes indocumentados. ¿Por qué? Porque no tenían vehículos en que huir, porque estaban escondidos, porque no hablaban inglés, etc. Las inundaciones en Chiapas son también peores para pobres que para ricos. Eso está clarísimo.

Además, el asunto no es sólo que los efectos de los desastres se sientan de manera diferenciada, sino que los efectos del manejo público posterior tienen también consecuencias desiguales. Así, por poner un ejemplo, los damnificados de los deslaves que asolaron el litoral venezolano en 1999 fueron sometidos a programas de reubicación que afectaron más a los más pobres, más a las madres que a los hombres solteros, etcétera.

Como fenómenos sociales, los desastres naturales tienen la peculiaridad de ser a la vez momentos de unión y episodios en que las divisiones sociales quedan dolorosamente exhibidas. Por eso los desastres son también momentos de crisis política, como ha quedado claro en la historia contemporánea en casos como los terremotos de Managua (1972), Guatemala (1976) y la Ciudad de México (1985), en los deslaves de Venezuela (1999), en el tsunami en Asia (2004) y en el huracán Katrina (2005).

Las crisis humanitarias son entonces crisis políticas. El estado de emergencia que frecuentemente es decretado debido a la necesidad de movilizar al ejército como cuerpo de salvamento puede fácilmente convertirse en pretexto para socavar las garantías democráticas. La buena o la mala respuesta de un gobierno puede sellar su destino.

En resumen, los desastres son crisis morales que de ninguna manera se pueden concebir como simples retribuciones divinas al individuo pecador, y ni siquiera a la comunidad pecadora: hoy el desastre ecológico toca a todos los pueblos del mundo. ¿Acaso los inuit son culpables del calentamiento planetario? Hoy todos debemos prevenir y enfrentar diluvios. Hoy todos somos “pueblo elegido”. Por eso, la sociedad debe exigir una discusión pública de los planes y las estrategias para prevenir y enfrentar los mal llamados desastres naturales.

claudio.lomnitz@gmail.com

Claudio Lomnitz

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