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En la educación, ¿crisis o desastre terminal?
Humberto Musacchio
28-Ago-2008
Por definición, las crisis son breves, pasajeras. Representan un daño que ocurre cuando se alteran en forma grave los factores que operan normalmente. Por eso, si el fenómeno se mantiene en el largo plazo con severas consecuencias sobre el funcionamiento social, lo más probable es que no estemos frente a una crisis, sino ante un desastre terminal.
Lo cierto es que asistimos a un largo fin de régimen, proceso que se inició en los últimos sexenios priistas y continúa y se ahonda con los dos gobiernos del PAN. Los mecanismos de control político ya no funcionan porque las viejas formas de poder caducaron sin que vinieran otras en su remplazo.
Un sector donde se presentaron los primeros síntomas de todo lo que estamos viviendo es la educación. En 1960, cuando se aplastó el movimiento sindical que encabezó Othón Salazar, para apaciguar al magisterio el gobierno puso en práctica una política laboral que a la larga le resultaría ruinosa al país, pues se abrieron dobles y hasta triples turnos a los profesores, con la consecuente mengua en la calidad educativa, pues los maestros se pasaban el día corriendo de una escuela a otra, sin tiempo para preparar sus clases ni hacer evaluaciones serias de los alumnos y sin energía ni ánimo para impartir debidamente la enseñanza.
El deterioro progresivo se fue viendo con los años al crecer en forma incontenible la cantidad de analfabetos funcionales que salían de primaria o las notorias deficiencias de un alto porcentaje de quienes dejaban la secundaria, incapaces de aprobar un examen de selección para ingresar al bachillerato. La solución fue abrir otras opciones de enseñanza media superior y escuelas técnicas que ofrecían una escasa o nula capacitación. Mero distraccionismo social.
Por supuesto, la educación superior no escapó al desastre, pues recibía muchachos con una preparación deficiente, ajenos a conocimientos indispensables e incapacitados para el procesamiento intelectual de la información. Lo anterior se agravó con la crisis económica que desató José López Portillo y que llevó a la depauperación de las universidades públicas, al extremo de que, salvo excepciones notabilísimas, ahí sólo se quedaron a dar clases y a cobrar los exiguos salarios aquellos profesores que no pudieron colocarse en otra parte.
A partir de entonces creció con gran rapidez la educación privada y quien pudo envió a sus hijos a escuelas particulares. No es un dato menor que numerosos mentores de planteles públicos y por supuesto los funcionarios públicos de alto y mediano nivel pagaran por la educación de sus hijos en colegios particulares.
Ante el desastre, los gobernantes intentaron tapar con palabrería hueca las insuficiencias o anunciaron planes grandilocuentes dizque para elevar el nivel educativo, con los resultados que hoy todos conocemos. Por eso resulta plausible que la actual secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota, haya decidido tomar al toro por los cuernos y, antes que nada, precisar la magnitud del desastre.
Eso precisamente está en los resultados de la prueba ENLACE, que muestra sin tapujos los alcances del problema o de los problemas que afronta la educación mexicana. Con supervisión de los padres de familia y otros observadores, en este año la prueba se aplicó a los alumnos de tercero a sexto años de primaria y a los de tercero de secundaria, casi diez millones en el primer caso y un millón 643 mil 583 en el segundo.
Es, sin duda, el programa más ambicioso para detectar con precisión los problemas y con ese conocimiento buscar las soluciones adecuadas, y si bien se están poniendo en práctica algunas fórmulas para revertir la situación, lo cierto es que llevará mucho tiempo llegar a un nivel aceptable.
Tendrán que replantearse a cabalidad algunos modelos, como el de telesecundaria, que arrojó los resultados más bajos en la evaluación de la enseñanza media. Igualmente, deberá discutirse la pertinencia de mantener el llamado modelo comunitario del Consejo Nacional de Fomento Educativo, que tuvo la calificación más baja en ENLACE. Lo mismo se puede decir de las primarias indígenas, donde se observa un estancamiento.
A nadie escapa que, en buena medida, los pésimos resultados de los tres modelos anotados tienen una estrecha relación con la situación socioeconómica de sus comunidades, pero el México de los años treinta y los cuarenta no nadaba precisamente en la abundancia y, pese a todo, fue capaz de dar una buena formación a varias generaciones.
Por eso, quizá, algunas causas de los problemas educativos haya que buscarlas en la moral pública, en la terrible evidencia de que en la política, los negocios y muchas otras actividades se premia al pícaro, al deshonesto, al impreparado. Igualmente, la Secretaría de Educación tendrá que evaluar los daños que causa la televisión que maleduca a niños y jóvenes. En fin, que se ha de actuar en varios frentes, y las soluciones no serán fáciles, pues grandes intereses actúan en contra del interés público. Pero los buenos funcionarios están para afrontar y superar los retos.
hum_mus@hotmail.com
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