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Descastado harapiento de la tierra

María Luisa Mendoza
23-Ago-2008



Los animales que más me gustan en la vida son, evidentemente, los perros, claro que también los evasivos gatos, los caballos por aristócratas y lejanos, y los seráficos, cuitados y rendidos burros de mi corazón. Los vi pasar tan ajenos y pateados frente a mi balcón, tan meditabundos con su cabeza rendida, tan humillados para siempre jamás: (“Descastado harapiento de la tierra/ viejo, maligno y terco./ azotadme, burlaos; yo estoy callado, yo guardo mi secreto./ ¡tontos! Sabed que tuve alguna vez mi hora,/ una lejana y dulce hora de rapto; hubo clamores junto a mis oídos/ y palmas a mi paso!... (Gilbert Keith Chesterton, traducción de Julio Cortázar). Nadie se acuerda, tal vez sólo yo, que nuestro señor iba sentado en su lomo. Nunca dejé de levantar la voz cuando los cuereaban, tampoco dejé de acariciar sus hirsutos pelos como si fueran de seda o buscarles la mirada acostumbrada, como los presos de Guantánamo o los plagiados de mi patria, los estudiantes perseguidos, los políticos inconformes, las esposas envejecidas, a no dárnosla simplemente no por miedo sino por destino. Burros idolatrados de mi tierra, pasando por la calle cargados hasta la ignominia. Una vez vi a unos de ellos bajando a varazos la cuesta más empinada del décimo distrito de Guanajuato. Sus pezuñas se resbalaban en las piedras gastadas por la lluvia y el tiempo, llevaba en las torturadas espaldas cajones llenos de refrescos, imposible de imaginar los kilos. Yo subí la cuesta y le dije a la mujer que los azotaba por favor un poco de piedad… ella me dio una clase de zoología, a mi reclamo de respeto a los burros exclamó: “¡No son del género asnar sino mular!”…

Quise hoy empezar así mi columna, con la cual apenas me gano la hogaza (“¡muerta de hambre!”, me insultó en la computadora una mujer), ratificando mi amor a esos pobrecitos vulgares seres, los más infelices del mundo (más que yo) porque, a veces, en estos tiempos, me siento peor que ellos y sin su resignación. A mí nadie me apalea, claro está, más allá de las palabras y las ausencias. Siento en el alma de esos tímidos, a lo más pateadores (yo me acuerdo cuando vivía en San Miguel de Allende, todas las mañanas me despertaban los cohetes, que yo creía eran pelotas de tenis rebotando, y los rebuznos de los burros, y siempre me pregunté qué me estarían diciendo), su dolor, su mansa desesperación, su atadura a la llaga nunca cerrada, como yo. Y siempre pienso en Vilma Fuentes, mi única amiga piadosa y amorosa, mi lectora del desierto de Mapimí, en París, junto con el Cuate Rodríguez, Enrique Mendoza y el doctor Guerrero de la Vega —a quien no conozco—. Me acojo a Vilma porque es la única testigo de letras de lo escrito por mí, de ahí en más ni un tintineo de cascabel. Por eso amo tanto a los Porrúa y su editorial formidable frente al Zócalo, y a Avilés Favila, quienes apoyan la reedición de Ojos de papel volando, mi libro de cuentos tachonado de estrellas como de la Vía Láctea, que saldrá a la luz de nuevo otra vez para ver de dónde salieron más correas… tan ignorado, tan tratado como arrimadito por los mugrosos jefazos de las letras de mi patria…

Y figúrense (como empezaba sus deliciosas pláticas mi tía Lola Mendoza, casada por cierto con mi riquisísimo tío Francisco Franco, un terrateniente de Celaya), yo iba a empezar a bordar sobre La región más transparente del aire, de Carlos Fuentes y sus ochenta años, ¡mi Dios! (en esas andamos y todavía nos tirotean)… Va a haber un congreso en el Colegio de México, en noviembre, para celebrar la novela y, como me invitaron a presentar una ponencia, iba a empezar a hurgar en mi memoria de mi amigo que, pensé, iba a durarme toda la vida, y sí, pero allá perdido en las órdenes celestiales. E iba a escribir sobre la novela El amor intangible, precisamente de Avilés, y mis primeras impresiones del libro Gastón García Cantú, recuerdo en breves trazos, de Guillermo Fuentes García, verdaderamente encantador. Pues no, la pantalla no me alcanzó, los recortes, la hartadura de ver a esos infelices dizque deportistas pierde y pierde y pierde en China (“Es que me dieron agruras…”, hágame usted el miserable favor… ni los burros), de tolerar se meta en mi hilachienta alma el dolor de la gente de los plagiados y perturbe mis noches el terror… que entre un viejo y viole a mi perro y a mí me mate…. Esto no puede seguir así, por eso Platero es mi único gran amor maduro y duradero… burro de carne viva, dulce retrato de mí misma, ¿cómo bajo el cerro empinado con tantísima carga en mi espalda peluda?..., como tú, zaherido hermano…, como tú.

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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