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Política científica, Berlín y la antropología de la mierda
Claudio Lomnitz
22-Oct-2007
Hay veces en las que el privilegio es tal que el deseo de compartir resulta desbordante. Así estoy ahora: en un lapso de dos semanas voy a haber dado conferencias en Harvard, el Wissenschaftskolleg, de Berlín, y en la Escuela de Altos Estudios de París.
De estas instituciones, no conocía el Wissenschaftskolleg, un lugar muy especial. Ubicado en un antiguo barrio burgués, Grünewald, se camina entre las hojas y las bellotas de los robles, pasando por un lago que hace recordar ese ballet en el que los cisnes por las noches vuelven a ser doncellas. Junto a esas evocaciones de la civilización burguesa están tantas otras memorias. En la entrada de una casa hay, en el suelo, dos cuadritos de bronce con los nombres de una pareja judía que la habitó, y que murió en los campos de concentración.
La apariencia de reunión de la historia moderna en un solo lugar resulta abrumadora. Berlín es una ciudad muy rara. Como estuvo dividida por el muro, cada mitad desarrolló sus propios centros; cada lado con su opera, su biblioteca, sus edificios de gobierno. En medio iba el muro, trazando una ruta torcida, llena de quiebres. Para imaginar la complejidad de la estructura urbana, imagínense que cayó la frontera entre México y Estados Unidos, y que Tijuana y San Diego formaron una sola ciudad. En los espacios intermedios, construyen los mejores arquitectos del mundo.
El Wissenschaftskolleg me hizo pensar en lo bueno que sería que México invirtiera en crear una institución así —un lugar capaz de traer a científicos y humanistas de todo el mundo con miras a que trabajen y conversen—. El director me platicó que piensan que los investigadores en disciplinas como ciencias políticas o economía necesitan entender la historia y la cultura de al menos un lugar del mundo, y que los expertos regionales requieren verdadera competencia en una disciplina. No es un pensamiento demasiado original. Lo interesante es que están haciendo algo al respecto.
Además de éstos y otros muchos pensamientos altisonantes, se me han ocurrido también algunas ideas un poco más bajas. En Alemania me acordé de Alan Dundes, un folclorista de Berkeley (ya fallecido), que hacía estudios sicoanalíticos, al modo de Bruno Bettelheim. Dundes escribió alguna vez un librito —muy problemático, pero también harto divertido— acerca del carácter nacional alemán, en el que alegaba que el autoritarismo era debido a prácticas de socialización infantil, las cuales dejaban a los alemanes atorados en lo que los freudianos llaman “la fase anal”. Las evidencias de Dundes provenían del folclore tradicional alemán, que está lleno de caca y de pedos.
No creo mucho en la idea del carácter nacional, pero no me cabe duda de que vale la pena hacer una antropología comparada de la mierda. Mis viajes de trotamundos me permiten ofrecer un primer acercamiento (¡tápense las narices!):
En Alemania los escusados están diseñados con un escalón o charola bajo la taza, de modo que, cuando uno caga (perdonen, pero es que hablar de “defecar” me suena hasta peor), la “obra” queda en la charola hasta que se jala el escusado. El efecto, para los que crecimos con escusados estadunidenses, es doble: un enfrentamiento visual y olfatorio no muy agradable.
A Dundes esto lo hizo pensar que había obsesión anal. En una de ésas. Pero a mí me hizo pensar que no nos hacemos responsables de nuestra propia mierda. Por mi parte, confieso, prefiero ni verla ni olerla, pero debo reconocer que la conciencia ecológica deberá pasar por hacernos responsables de nuestra basura.
Esto me hizo pensar en otras dos experiencias: una en Japón y, otra, en India. Cuando fui por primera vez a Japón, mis anfitriones me pusieron en un hotel muy moderno. Llegué, dejé mi maleta, abrí la puerta del baño para, como se dice en México, “hacer mis necesidades” y me quedé pasmado ante un escusado con un panel lleno de botones, luces, y diagramas. Las letras no las entendía y, ¿cómo explicar los diagramas? Si Hello Kitty fuese una pintora, así dibujaría unas nalgas. Se me olvidaron mis necesidades y salí despavorido.
Después vi que los botones operan una ducha interna que te limpia. No cabe duda de que los japoneses son más higiénicos que nosotros.
El caso más interesante desde el ángulo ecologista es el de India. Allí la gente come con la mano o, siendo más precisos, come con la mano derecha, porque la izquierda la usa para limpiarse lo que les conté. En los baños hay unas jarritas de agua, en lugar de papel, para lavarse el trasero. La solución hindú combina la limpieza de los japoneses (el agua, en lugar de papel) con una visión más integrada de la vida: comer implica defecar, hay simetría entre mano derecha y mano izquierda.
Lo absurdo de nuestra sociedad, que niega su basura, fue retratado por Luis Buñuel, que imaginó una reunión burguesa en torno a una mesa rodeada de excusados en lugar de sillas. La gente, elegante y educada, conversa mientras mea y caga. Luego se excusa pudorosamente, entra a una salita privada, cierra la puerta con llave y se devora una pieza de pollo.
Claudio.lomnitz@gmail.com
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