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PRD: la convivencia indispensable
Humberto Musacchio
29-May-2008
Los Chuchos tendrán que ceder en aspectos sustanciales del control partidario, pero el sector abanderado por López Obrador deberá entender que necesita las habilidades negociadoras de Nueva Izquierda.
Humberto Musacchio
El PRD vive en el filo de la navaja, siempre a punto de dividirse, en medio de pleitos sin término que han ocasionado la salida de numerosos cuadros, pero hasta ahora no han desembocado en una gran escisión, en una ruptura definitiva, si bien —si mal— le han dado a ese partido la fama de partido rijoso, lo que le aleja a los electores amantes de las buenas maneras.
Los casi 20 años del Partido de la Revolución Democrática han estado marcados por las crisis internas. La causa, en amplia proporción, está en que, como se sabe, la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana, y una y otra vez al PRD se le ha escapado el triunfo que ya daba por hecho. Así sucedió en 1988, cuando todavía no era PRD, pero ya aglutinaba a las fuerzas que lo conformarían. En aquel año, en elecciones cabalmente controladas por el gobierno priista, era impensable llegar al poder mediante el voto. Después de aquel frustrante proceso, paliaron la derrota los trabajos unitarios que desembocaron en la creación del partido en 1989. Sin embargo, muy pronto surgieron las querellas y algunos cuadros dirigentes se marginaron o de plano renunciaron al partido.
Las tensiones internas se reflejaron en una caída de la votación en 1991, en medio de una rabiosa persecución desatada por Carlos Salinas de Gortari, la que costó la vida a medio centenar de militantes. Los pleitos internos y la salvaje represión de perredistas produjeron desaliento en unos y un justificable miedo en otros, hasta que llegó el suicidio del PRI en 1994.
El surgimiento de la guerrilla zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la desesperación del gobierno salinista obligaron a “ciudadanizar” los órganos electorales y por primera vez México tuvo unas elecciones con resultados más o menos aceptables, pese a que el PRI desató en radio y televisión una guerra sucia comparable a la de 2006. Como haya sido, el PRD, que venía de un desgaste de años, fue incapaz de aprovechar aquel momento y la débil candidatura priista, otorgada a un sujeto tan notoriamente pequeño como Ernesto Zedillo.
El asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y la macrodevaluación de fin de año mostraron que el ciclo del PRI se había cerrado. El viejo régimen se caía a pedazos y lo confirmaron las elecciones de 1997, en las que Cuauhtémoc Cárdenas ganó el Gobierno del Distrito Federal. Había en el ambiente un hartazgo notorio por la ineptitud de Zedillo y la omnipresente corrupción de los priistas, pero la elección presidencial de 2000 no favoreció al PRD, el partido que dio las grandes batallas por el cambio y había puesto los argumentos y aun los muertos. El ganador fue el PAN, pues ya se sabe que la posibilidad de cambios abruptos atemoriza al electorado. De ese modo, la derecha resultó gananciosa y nuevamente el perredismo se quedó en la orilla.
Si las tensiones no fueron mayores dentro del partido aurinegro fue porque desde 1997 su fuerza le permitió conquistar posiciones tan importantes como el gobierno capitalino, varias gubernaturas, una importante cuota legislativa y numerosas alcaldías. Dicho de otra manera, tenía recursos y empleos para repartir a la vez que se mostraba como un ancho canal de movilidad social y política.
Ni siquiera así desaparecieron las tensiones, pero la relativa bonanza permitió mantener las discrepancias y las ambiciones dentro de lo manejable. El cochinero electoral de 2006, con su inevitable cauda de frustración revivió el tironeo interno y se produjo algo que era previsible: Andrés Manuel López Obrador se convirtió en el líder indiscutible de un amplio movimiento social mientras que el grupo Nueva Izquierda, también conocido como Los Chuchos, se apoderó del aparato del partido —el partido, su militancia, son otra cosa—, objetivo por el que había trabajado pacientemente durante muchos años.
El resultado es una bicefalia que reclama de las dos partes disposición para llegar a un acuerdo, pues el movimiento lopezobradorista requiere partido —propio, no prestado, como podrían ser Convergencia o el PT— para expresar y concretar su fuerza en el plano institucional, en tanto que Los Chuchos, confrontados con ese mismo movimiento, podrán disponer por lo pronto de los dineros y los cargos, pero a corto plazo se van a quedar sólo con el cascarón, sin votos ni más futuro que ir hacia un nuevo PPS o a revivir la experiencia del PST, de donde vienen varios dirigentes de Nueva Izquierda.
Es previsible que ambas facciones lleguen a un arreglo, pues a ninguna le conviene la ruptura. Los Chuchos tendrán que ceder en aspectos sustanciales del control partidario —de hecho, su propuesta de poner a Ifigenia Martínez a manejar los dineros apunta en ese sentido—, pero el sector abanderado por López Obrador deberá entender que necesita las habilidades negociadoras de Nueva Izquierda. En todos los partidos conviven esos fenómenos, especialmente en los de izquierda. El meollo del asunto es permitir la convivencia del radicalismo y la negociación.
hum_mus@hotmail.com
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