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De votos y balas

Marcelino Perelló
20-May-2008



Marcelino Perelló

La organización insurgente vasca ETA llevó a cabo otro atentado la madrugada de ayer lunes en la localidad vizcaína de Getxo. Un coche-bomba particularmente potente (la bomba, el coche, no sé) hizo explosión muy cerca del Club Marítimo de Abra, frecuentado por importantes potentados de la zona.

Se trata de lo que yo he llamado “terrorismo blanco”, en el que el propósito no es matar gente, sino sólo mover tapetes. El mensaje es “puedo matar”. En efecto, el estallido tuvo lugar como a la una de la madrugada, cuando en el club sólo quedaban los dos vigilantes. Pero, además, la guerrilla avisó una hora antes del estallido, de manera que la policía vasca pudo evacuar, acordonar y esperar, no sé si tranquilamente, el pum.

Si usted lo prefiere, llámelo “terrorismo grisecito”, pues hubo importantes daños materiales, y cus-cus sí ha de dar. Y gacho. Porque luego algo falla, ya sea de parte de los autores, de los que deben transmitir la advertencia o de la policía, y se llevan a más de uno de corbata. Es lo que tal vez pasó en el célebre atentado del Hipercor, en Cataluña, cuando en 1987 una bomba de gran tamaño estalló en el estacionamiento del supermercado, como a las cuatro de la tarde, y mató a más de veinte personas.

Fuentes cercanas a la ETA aseguraron entonces que ellos habían advertido del atentado con suficiente antelación y que la policía se habría hecho maje. A saber. En todo caso, los insurgentes deberían saber que en la guerra todo se vale. Hasta eso.

De cualquier manera, ese “terrorismo blanco” es el más utilizado por los comandos de la ETA. A lo largo de sus cincuenta años de existencia, muy pocas veces han matado de manera indiscriminada, con tal de salir en los noticieros. Y esas pocas veces ellos las atribuyen a errores o causas fortuitas. Nada que ver con el “terrorismo negro” de los anarquistas europeos de hace un siglo o el de los actuales guerrilleros árabes. El reciente caso de la estación de Atocha, en Madrid, es uno de los más recientes y dramáticos ejemplos.

La ETA sí ha matado, de manera individual, a militares o políticos, y ha puesto explosivos mortíferos en cuarteles y en lugares públicos habituales para policías o militares. Sin avisar. Son las que deben considerar “acciones de guerra”. También utilizaron esta táctica los partisanos antinazis, en toda la Europa ocupada por los alemanes, desde Francia hasta la Unión Soviética, durante la Segunda Guerra Mundial.

A lo largo de su medio siglo de existencia, la ETA ha ido cambiando de tácticas y sus sucesivas direcciones se han ido, obviamente, relevando. Lo único que no han modificado es su objetivo único y definitivo: la independencia del País Vasco. Del “pueblo vasco”, dicen ellos, para diferenciarse de la denominación oficial e incluir en su reivindicación a Iparralde, las tres provincias de su país que se encuentran al norte de la frontera estatal, bajo dominio francés.

En su declaración de principios también se declaran marxistas y pregonan la revolución socialista. Sin embargo, es este un punto que, sin renunciar explícitamente a él, han ido dejando relegado y sobre el que no ponen demasiado énfasis. El brusco viraje ideológico mundial que se produjo desde la última década del siglo pasado, los ha, sin duda, arrimado a ello.

Pero además sospecho que su popularidad entre sectores significativos de la sociedad vasca se debe, sobre todo y por mucho, a la mera reivindicación independentista. En efecto, una parte muy importante de la población sostiene el deseo de convertir a su país en un Estado soberano. Incluso entre muchos de aquellos que no comulgan con la lucha armada.

Para quienes se consideran demócratas y creen en la razón de las mayorías, es imposible saber qué porcentaje de la población está a favor de la independencia, pues los distintos gobiernos españoles se han negado sistemáticamente, por razones no tan difíciles de adivinar, a plantear un referéndum sobre la cuestión. A la manera, digamos, de situaciones semejantes en Irlanda o en Quebec. Uno a uno.

Las elecciones legislativas, tanto nacionales como estatales, pueden brindar una cierta indicación, pero muy relativa. Recordemos que, allá, los términos “estatal” y “nacional” se invierten con respecto al sentido que les damos en México. “Estatal” se refiere al conjunto del Estado Español, mientras que “nacional” remite a la nación. A la Nación Vasca en este caso.

Basándose meramente en esos resultados, considerando a los votantes de los partidos nacionales y a los de los estatales, la situación parece dividida muy claramente en dos mitades casi exactas. Fifty fifty. Sin embargo, es preciso considerar cómo una porción quién sabe qué tan grande de los electores se comportaría frente a un referéndum de manera diferente. Y que una cantidad no despreciable de aquellos que no participan en los comicios regulares, lo harían frente a tal alternativa.

El conflicto vasco, sin embargo, levanta al menos dos cuestiones que van mucho más allá de sus fronteras. Y que implica, de una u otra manera, en un grado u otro, a no pocas regiones y conglomerados humanos del mundo.

La primera, es la negativa pertinaz de los gobiernos de Madrid a negociar con la ETA. Se ha demostrado con creces que la solución militar y represiva por la que apuestan no es viable. A lo largo de estos cincuenta años, el número de víctimas de uno y otro bandos y de aquellas que no pertenecen a ninguno de los dos debe ser de varios miles. Durante todo este tiempo, según las versiones oficiales, la organización insurgente ha sido descabezada y aniquilada por lo menos una veintena de veces. Y, cual Fénix, vuelve a resurgir.

Parece bastante evidente que las cosas no son tan sencillas. Y que no basta anatemizar con epítetos para resolverlas. Uno diría que al poder español le basta calificar a la ETA como “banda terrorista” para dar por zanjada la cuestión. Como si no tuvieran otra cosa que decir. A lo mejor en efecto no la tienen. Y no es menos evidente que la ETA es otra cosa. La Moncloa se niega a hacer política. Tanto si su huésped es “popular” como si es “socialista”. En esta cuestión —y en muchas otras— son idénticos.

Y cuando un gobierno se niega o es incapaz de hacer política, créame, la cosa es preocupante. En este sentido, deberían tomar ejemplo del gobierno británico, nunca caracterizado por su especial transigencia. O, más recientemente, por el poder de nuestro país, salvando todas las distancias, frente al EZLN y ahora mismo ante el EPR.

La segunda cuestión es el sentido y la legitimidad de la lucha insurgente. En el origen de cada país independiente del mundo, hay una guerrilla. De la misma manera que en el origen de cada ser humano hay un coito. Y tanto una como otro, son, a toro pasado, ensalzados. Hay quien afirma que, en democracia, la lucha armada no se vale. Que todo pasa por la prensa y el voto. Es el sistema perfecto e intocable. Eso lo sostienen, por supuesto, los demócratas. En particular, los demócratas defensores de esa democracia en particular.

bruixa@prodigy.net.mx

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