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No importa ganar, lo que importa es no perder
Claudio Lomnitz
15-Oct-2007
De vez en cuando Dios nos regala una noticia que sólo el columnista más ingrato podría ignorar. Y como ser mal agradecido no está entre mis defectos, ¿acaso podría escribir alguna cosa sin mencionar el maratón de Madrazo? ¿O el madrazo del maratón? ¿O los moretones del madrazo?
¡No-se-puede! ¡No-se-puede! ¡No-se-puede!
Sería no sólo un acto de ingratitud, sino hasta de irreverencia desaprovechar la ocasión para expresar el cariño entrañable que le tengo a esa clase de mañas que sorprenden y alegran como una cabriolita de Pelé o un tiro a gol de Ronaldinho. Obras maestras del jogo bonito de la política mexicana, intentonas osadas de aquellas que han escaseado desde que llegaron al poder figuras de severidad jesuítica, como Abascal, o de dedo flamígero juarístico, por ejemplo, AMLO.
Entiendo que mi reacción de lector que observa a México cómodamente desde Nueva York pueda resultar irritante; no obstante, ante todo, la verdad: el gesto delicioso de Madrazo, que se puede apreciar por You Tube, al llegar a la meta con los brazos estirados, vestido de pants, chamarra roja y cachucha, me hizo añorar México, mucho más que, digamos, el recuerdo de unos chilaquiles o algo así. En un momento en el que el gobierno de George Bush se aboca a legalizar la tortura por la vía de su redefinición, Madrazo me hizo recordar que México nunca tomó del fascismo sino su veta de melodrama.
El culto al cuerpo atlético del gran líder fue siempre tema predilecto del fascismo —las carreras de Mussolini son el paradigma del culto a la personalidad del líder, culto que en Hitler se volcaría al cuidado paternal de la raza superior—. En su veta africana, Idi Amin ganaba carreritas de natación ante a los atemorizados competidores olímpicos de su país.
El neoliberalismo, por su parte, trajo su propio culto al cuerpo. Hoy el cuerpo es la prueba del éxito o, mejor dicho, el cuerpo esbelto es la encarnación misma del éxito. Los reformistas neoliberales, asqueados por la “obesidad” del estado de bienestar, recortaban presupuestos, adelgazaban oficinas y privatizaban empresas. Pero ante tantos regímenes de adelgazamiento y tanto horror a la obesidad, debían, ellos también, mostrar que eran flexibles, siempre jóvenes y dinámicos. Por eso Menem, con sus patillas de gigolo argentino, corría coches; mientras su contraparte brasileira, Color de Melo, se lanzaba a los maratones (¿o era al revés?, ya no importa).
Una de las maravillas de México ha sido que nunca desarrolló un fascismo verdaderamente robusto. Los sinarquistas en los años treinta eran, según me parece, fascistas, pero no alcanzaron la fuerza de sus contrapartes en otros países latinoamericanos (¡para no hablar de España!).
Por otro lado, los neoliberales, al principio al menos, eran priistas —y el PRI fue siempre un partido taquero, cervecero y hasta pulquero, de pancita fajada por debajo con cinturón—. El cuerpo del priista tradicional era cuerpo de oficinista: el famoso “cuerpo de boiler”. Miguel de la Madrid fue tal vez un poco recatado, algo severo, sin duda, pero al menos no le entró del todo al neoliberalismo tropical al estilo Leonardo Favio que brotó de Menem, casándose con Miss Universo y ofreciendo melodramas matrimoniales en horario AAA.
Pero a Roberto Madrazo le tocó un destino diferente a los primeros neoliberales mexicanos, un destino inédito. A Madrazo le tocó ser PRI de oposición.
Sin todo el aparato de Estado para prestarle gravedad a sus ocurrencias, ¿qué podía hacer un buen —no, yo diría que un excelente— grillo? Pues podía ser muy macho ante los persignados del PAN (“¡No queremos botas, queremos pantalones!”) y ante el PRD tenía que esforzarse por ser más moderno, más flexible. De ahí, me parece, lo de los maratones.
Todo eso no tiene nada de sorprendente y ni siquiera de simpático (aunque lo de las botas y los pantalones no deja de ser ingenioso). Lo entrañable viene recién ahora, en lo del maratón de Berlín. Según las investigaciones que se hicieron a partir del chip que llevan todos los maratonistas en sus tenis, don Roberto corrió los primeros 20 kilómetros (y hasta ahí, ¡chapeau!, que yo no los podría correr). Se salió discretamente de la carrera a un lado de la Potsdammer Platz, pero ojo, que esto es muy significativo, junto a un puesto de kebabs turcos. Seguramente, Madrazo se habrá echado unos buenos kebabs, acompañados de una cervecita alemana, que es lo más cercano a los tacos del Borrego Viudo que puede ofrecer Berlín… y ya refrescado se puso de nuevo la chamarra y la cachucha y caminó al otro lado de la Potsdammer Platz para reincorporarse a la carrera y ganar el maratón en su categoría de edad. Y es que también, ¡pobre Roberto!, No hay actividad ni más grasienta ni más etílica ni más cocainómana que la política. ¡Ahora encima quieren que sea sana!
A Madrazo le debemos uno de los performances más simpáticos de los absurdos de la política actual, hechos con toda la malicia y el humor del que ha sido semillero México —tanto como Brasil ha sido semillero de futbolistas—. Ionesco estará sonriendo desde la tumba.
Claudio.Lomnitz@gmail.com
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