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Bolivia no queda tan lejos
Humberto Musacchio
08-May-2008
A fines de abril el “gobierno” mexicano, pese a la protesta de La Paz, decidió recibir a uno de los líderes separatistas de Santa Cruz, Óscar Ortiz Antelo, lo que constituye algo más que una provocación contra Bolivia.
Humberto Musacchio
En varios países latinoamericanos, el triunfo de candidatos de izquierda o centroizquierda ha causado una gran intranquilidad en las oligarquías y por supuesto en la metrópoli, donde un gobierno tan abiertamente agresivo como el de George W. Bush no está dispuesto a contemplar la evolución geopolítica con los brazos cruzados.
La agresión del narcoestado colombiano contra el territorio de Ecuador puso a Sudamérica al borde de la guerra, pues ocasionó la movilización de tropas ecuatorianas al mismo tiempo que Venezuela ordenó acantonar un poderoso contingente en su frontera con Colombia mientras Álvaro Uribe desplegaba en todo el continente una intensa y costosa campaña de prensa, con la pretensión de hacer creer que las FARC contaban con respaldo de los gobiernos de Quito y Caracas, y aun de ciertos sectores de México.
Resulta curioso que, en el momento de mayor confrontación, Uribe reconociera abiertamente que sus tropas habían penetrado en territorio ecuatoriano, lo que no mereció la condena de los jefes de Estado del subcontinente reunidos en Santo Domingo. Ahí mismo, sin embargo, dejaron de sonar los tambores de guerra, pues algo muy grave debieron percibir los gobiernos de Colombia y Venezuela, casualmente países productores de petróleo, con mandatarios de indudable arrastre popular.
Relativamente apaciguado el belicismo de Uribe, en Bolivia, el gobierno de Evo Morales, que goza de amplio respaldo popular, ha debido afrontar una bien articulada intentona separatista. Ésta empezó con el referéndum convocado por las autoridades locales de Santa Cruz, el departamento más grande de Bolivia, pues su territorio comprende la sexta parte de todo el país. Además, curiosamente, ese departamento amazónico tiene dos recursos de interés estratégico para Estados Unidos: petróleo y agua.
Más de la mitad de los habitantes de Bolivia son indios y una tercera parte mestizos. Unos y otros llevaron a Evo Morales a la presidencia de la república en un momento en que empezaba a discutirse si Bolivia tenía viabilidad como país independiente. El vigoroso movimiento que respalda a Evo mostró que Bolivia no sólo es viable, sino que esas mayorías tienen la capacidad para reorientar al país y propiciar que sus recursos beneficien a las mayorías.
Al aprobarse la nueva Constitución, que instaura una democracia con derechos expresos para los indios y otros sectores que siempre han sido marginados, la oligarquía resolvió que si las mayorías querían una Bolivia distinta ella no iría en el mismo barco, pues su racismo no le permite viajar junto a los indios y otros seres a los que juzga inferiores.
Celebrado pese a las lágrimas de cocodrilo de la OEA, el referéndum no tiene valor legal ni obliga a las autoridades centrales a acatarlo ni a aceptar obligaciones derivadas de su resultado, pero es evidente que tiene una función propagandística y es el primer paso hacia un nuevo desmembramiento de Bolivia, que en los años treinta perdió la región del Chaco en una guerra injusta. Por lo pronto, siguiendo el ejemplo de Santa Cruz, los gobiernos de otros tres departamentos se proponen realizar referendos separatistas: Pando, Beni y Tarija, que casualmente tiene ricos yacimientos petroleros.
El referéndum santacruceño se celebró pese a las lágrimas de cocodrilo derramadas por Dante Caputo, secretario general de la OEA. Ya contadas las boletas, los jerarcas de la Iglesia católica romana se propusieron como mediadores, pero el gobierno nacional rechazó la jugada y les recordó que el cardenal Julio Terrazas hizo público su interés en votar en el referendo, lo que efectivamente hizo, y de esa manera inhabilitó cualquier función mediadora de su Iglesia.
Para completar el cuadro, cabe agregar que, desde los días previos al referendo y hasta hoy, el Comando Sur de Estados Unidos despliega en Paraguay, en la región del Chaco limítrofe con Bolivia, una operación presuntamente humanitaria: el llamado Programa de Fortalecimiento del Sistema Nacional de Emergencias, disfraz de un plan contrainsurgente que se ha reactivado ahora que ganó las elecciones paraguayas un candidato de centroizquierda. Como complemento, los estadunidenses acaban de remozar y ampliar el aeropuerto Mariscal Estigarribia para que pueda recibir grandes cantidades de tropa y equipo militar.
En fin, que son demasiados hechos como para no despertar suspicacias. No obstante, a fines de abril el “gobierno” mexicano, pese a la protesta de La Paz, decidió recibir a uno de los líderes separatistas de Santa Cruz, Óscar Ortiz Antelo, lo que constituye algo más que una provocación contra Bolivia. Es una torpeza que descalifica la mediación de México en un eventual conflicto y representa un alineamiento con los sectores más rabiosamente guerreristas de Washington. ¿Qué pensaríamos los mexicanos si se produjera un movimiento escisionista que, por ejemplo, nos quitara Nuevo León, Tamaulipas y el Hoyo de Dona? ¿Estaríamos de acuerdo en que los líderes separatistas fueran recibidos oficialmente por los gobiernos de otros países?
hum_mus@hotmail.com
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