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Hacerlo nosotros
Cecilia Soto
28-Abr-2008
Cecilia Soto
El Financial Times del viernes pasado publicó un artículo muy sugerente sobre el surgimiento de reacciones nacionalistas a la Inversión Extranjera Directa (IED), no apenas entre nuestros hermanos bolivarianos ni mucho menos, sino en varias de las economías más desarrolladas (Left in the cold, FT, 25 de abril). El rechazo a que compañías extranjeras participen mayoritariamente en la administración de aeropuertos o compren compañías emblemáticas de recursos naturales, por ejemplo, la australiana Río Tinto o la anglosuiza XStrata (que intentó adquirir la brasileña Vale), se explica como una reacción a una percepción más compleja de la seguridad y, por tanto, de la soberanía de una nación ante un mundo con variables nuevas.
Y de hecho se trata de un prometedor mundo nuevo, como diría la Miranda, de Shakespeare, en La tempestad. Hay señales inequívocas del declive de un mundo regido por una sola superpotencia y el surgimiento de nuevos polos de poder, China entre ellos, sin duda alguna. Y el nuevo protagonismo de países ricos en recursos naturales y en producción agropecuaria... exactamente la vía que despreciaban los reformadores del Consenso de Washington. Durante las discusiones sobre la apertura comercial que surgieron a partir de la serie de Tratados de Libre Comercio (TLC) que firmó nuestro país, el argumento era que no importaba que nosotros no fuéramos autosuficientes en granos básicos, etcétera, porque, si contábamos con los dólares, resultado de otras exportaciones, siempre podríamos comprar los alimentos faltantes. Los chicos neoliberales, varios de ellos buenos amigos míos, eran demasiado jóvenes y sólo habían leído en los libros la descripción de momentos paradigmáticos en la economía mundial: guerras globales, crisis ambientales, hambrunas, etcétera.
Pues ahora ha llegado en vivo y en directo uno de esos momentos paradigmáticos. El aumento desmedido en los precios de los alimentos, la escasez de varios de ellos y la violencia desatada en las calles de Haití y otras regiones, por la falta de comida, crisis tontamente achacada de manera unilateral a la producción de biocombustibles, muestra el sabio sentido común de quienes advirtieron sobre la necesidad de mantener una autosuficiencia alimentaria básica. Estados Unidos cerró sus exportaciones de arroz y hay racionamiento de este grano, ¿qué hubiera pasado en nuestro país si hubieran cerrado la exportación de maíz amarillo, del que depende la producción de puerco y otras variedades de proteína animal? Antes de la crisis de alimentos ya había preocupación entre los industriales de embutidos, por ejemplo, debido a la dependencia absoluta de las importaciones de carne prensada de pollo, que procede exclusivamente de Estados Unidos, país en el que se han detectado variedades de fiebre aviar.
¿Por qué no diversificar nuestras importaciones de insumos alimenticios fundamentales, pero sobre todo por qué no alentar la producción en México de esos insumos?
La accidentada discusión sobre la reforma petrolera trae de nuevo el debate sobre cómo debemos desarrollar esa industria. Un ejemplo que ya vivimos fue el del periodo de Jorge Díaz Serrano, durante el sexenio de José López Portillo, en el que, en menos de cuatro años, se multiplicaron las reservas probadas y se elevó considerablemente la plataforma de exportación.
Aunque las cifras sean espectaculares, esos desarrollos no fueron sustentables, en el sentido de que no alentaron en forma plena la formación de una ingeniería mexicana en ciencias de la Tierra, robusta y creciente. Se elevaron las reservas —creo recordar— hasta 70 mil millones de barriles, pero se hizo básicamente por medio de compañías extranjeras. Sin negar en forma ideológica y necia la asociación con empresas internacionales, con las que podamos acceder a transferencia de tecnología y a entrenamiento para nuestros profesionistas, tampoco podemos renunciar a un modelo en el que la formación de ingenieros y geólogos mexicanos sea el sustento seguro de una industria petrolera nacional.
Entre la UNAM y el IPN se gradúan alrededor de 100 ingenieros petroleros al año. En la especialidad de mineros se gradúan aproximadamente 70 profesionistas. Y ya son de sobra conocidas las comparaciones entre ciencias liberales e ingenierías y ciencias: la UNAM produce 15 veces más sicólogos que ingenieros y científicos y, por lo menos, dos terceras partes de sus estudiantes están inscritos en carreras liberales y apenas 20% en ingenierías y ciencias básicas.
Finlandia cuenta con cinco mil ingenieros por millón de habitantes; Irlanda, con seis mil 500; Japón, con siete mil 250; Chile, 370 y, nuestro México, 225 ingenieros por millón de habitantes. Tenemos una relación 20 veces inferior en ingenieros por millón de habitantes a las economías desarrolladas. Y las labores de divulgación científica, que afortunadamente se han multiplicado por medio de museos de las ciencias, revistas, etcétera, poco pueden hacer para despertar vocaciones en ingeniería y ciencias, si los pocos ingenieros que se gradúan no encuentran trabajos bien remunerados. La reforma a Pemex, el Plan Nacional de Infraestructura, son oportunidades para formar recursos humanos propios, alentar el surgimiento de empresas mexicanas de ingeniería civil y especializadas. Quizás este camino sea un poco más tardado aunque sin duda es el único sustentable.
ceciliasotog@gmail.com
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