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¿Qué reforma energética?

Benito Nacif
04-Feb-2008



“El próximo presidente de México debe saber tan pronto como sea posible que en poco tiempo no tendremos petróleo suficiente para satisfacer nuestras necesidades y nos quedaremos sin excedentes para exportar”. Estas son palabras de Ernesto Marcos Giacomán, quien fuea director corporativo de Finanzas de Pemex. Las pronunció en una reunión de ex funcionarios de la paraestatal, celebrada durante la conclusión de las campañas presidenciales de 2006. Su percepción reflejaba el consenso, entre los expertos, con respecto al complicado futuro de la industria petrolera mexicana.

Para entonces, la caída en la producción de Cantarell era ya un secreto a voces entre los analistas del sector. El segundo yacimiento petrolero más grande del mundo (sólo debajo de Ghawar, Arabia Saudita) había empezado a declinar desde 2004. Durante los primeros años de la administración del presidente Fox, la producción en este campo se había incrementado gracias a la inyección de nitrógeno y otras técnicas con miras a aumentar la presión. Pero los expertos esperaban una severa caída en la producción de crudo en el yacimiento que aporta 60% de la producción petrolera del país.

Las implicaciones para la industria eran alarmantes. El agotamiento de la capacidad productiva de Cantarell significaba que el futuro de la industria petrolera mexicana estaba en entredicho. No sólo la producción empezaba a disminuir, las reservas probadas de Pemex venían en picada. Idealmente, una compañía debe mantener una tasa de restitución de reservas de ciento por ciento. Para conseguirlo, cada barril que se extrae tiene que ser compensado con el hallazgo de un barril adicional en yacimientos explotables. Sin embargo, la tasa de restitución de Pemex cayó hasta 27% en 2005.

En los siguientes años ha experimentado cierta recuperación. En 2007, esa tasa subió a 50%, lo cual garantiza tan sólo 9.3 años de producción a los niveles actuales. Esto es mejor que ese 41% alcanzado en 2006, pero muy abajo del 100% requerido para mantener estables nuestras reservas de petróleo.

Si comparamos a Pemex con otras compañías petroleras nacionales, el resultado es muy deprimente. Petrobras, la paraestatal brasileña, registró una tasa de restitución de reservas, en 2007, de 130 por ciento. El objetivo de Pemex es llegar a 77% en 2010, si los proyectos de exploración y desarrollo se llevan a cabo.

La caída en la producción y las ventas de Pemex en el mercado internacional son un hecho. Su impacto negativo en las finanzas públicas no se ha sentido, debido al crecimiento de los precios del petróleo durante los últimos años. Pero la situación de Pemex es insostenible. Sin la exploración y el desarrollo de nuevos yacimientos, el valor de la producción petrolera decaerá más temprano que tarde. El impacto en las finanzas públicas va a ser devastador. Actualmente, cuatro de cada diez pesos que gasta el gobierno federal provienen de las ventas de Pemex.

Afortunadamente, el sentido de emergencia parece haber permeado más allá del gobierno en turno. Una parte de la oposición, la suficiente para aprobar las reformas que se necesitan, comparte la idea de hay que hacer algo y rápidamente. Desde noviembre del año pasado, los legisladores del PRI anunciaron su decisión de apoyar una reforma al sector energético. Aunque el contenido específico todavía no se ha determinado, queda claro que los objetivos prioritarios serán aumentar la inversión en exploración y desarrollo, con el doble propósito de incrementar la producción de petróleo y detener la caída en las reservas.

México necesita el petróleo para seguir financiando el gasto público. Por un lado, existe un amplio consenso con respecto a utilizar las rentas petroleras para invertir en programas sociales y en el desarrollo del país. Por otro, carecemos de alternativas a corto y mediano plazos. Sin una reforma fiscal profunda, que aumente sustancialmente los ingresos fiscales, el gobierno seguirá dependiendo de las ventas de Pemex.

Sin embargo, nuestros legisladores cometerían un grave error si la reforma energética que se proponen aprobar en el actual periodo ordinario continúa con el modelo que ha llevado a Pemex a su crisis actual.

El nacionalismo energético, a pesar de su renovada popularidad en Venezuela y Bolivia, es una estrategia perdedora a largo plazo. No podemos seguir apostando el futuro del país a unas rentas petroleras extraordinarias. Tarde o temprano, el futuro nos alcanzará.

Si bien es cierto que necesitamos modernizar a Pemex y darle la capacidad para adquirir el capital y la tecnología que necesita, por otro lado, también tenemos que curar al gobierno de su adicción al petróleo. Esto no se puede conseguir de la noche a la mañana, como quienes llaman a reinvertir en Pemex todas sus utilidades. Debemos avanzar simultáneamente en los dos frentes. Ello significa tratar a la paraestatal más como un negocio que como la “caja chica” del gobierno federal que ha sido hasta ahora.

benitonacif@gmail.com

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