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El TLCAN y la relación con el vecino
Rafael Fernández de Castro
31-Ene-2008
En 1985, México tenía el dudoso privilegio de ser el país con un mayor número de demandas de prácticas desleales al comercio hacia Estados Unidos.
Rafael Fernández de Castro
Este año, con la entrada en vigor de la desgravación de los bienes más sensibles —maíz, frijol, azúcar y leche en polvo—, en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), se han producido todo tipo de comentarios y análisis, algunos a favor, otros en contra y, desde luego, también, movilizaciones.
Sin embargo, no se ha hablado de la consecuencia más importante que trajo este Tratado comercial: la transformación que implicó en nuestra relación con Estados Unidos.
El TLCAN constituye un parteaguas en la relación de México con nuestro vecino. Finalmente, con y a través de este documento nos animamos a sacarle provecho a nuestra vecindad con el mercado más grande del mundo. La actitud de los negociadores era: vamos a comerciar más, vamos a traer mayor inversión extranjera, vamos a hacer más negocios con los estadunidenses. Y, para lograrlo, era necesario ordenar la relación comercial bilateral. Es decir, asegurarnos de que el mercado del norte permaneciera abierto a nuestras exportaciones.
Cuando decidimos abrir nuestra economía en 1980 simplemente no había condiciones favorables ni en el mundo ni con nuestro principal socio comercial, Estados Unidos, para preferenciar las exportaciones. En esa década revienta el modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones. A la crisis de la deuda externa se sumó un enorme flagelo económico, la hiperinflación. La escena de reetiquetado de precios en los supermercados se volvió familiar. En 1987, los mexicanos padecimos una inflación de 159.17%; el gobierno de Miguel de la Madrid aceleró la reforma económica de mercado —apertura comercial, privatización de empresas del Estado, desregulación y saneamiento de las finanzas públicas—.
El nuevo modelo económico estaría basado en las exportaciones como fuente principal para generarle divisas al país. No era posible seguir endeudándonos porque ya no nos prestaban y la sobredependencia de la exportación del petróleo había sido funesta cuando los precios se cayeron.
Sin otro remedio, los mexicanos tendríamos que exportar. Pero existía una enorme traba: no había seguridad de la apertura de los mercados internacionales y, especialmente del estadunidense, para nuestros productos. En 1985, México tenía el dudoso privilegio de ser el país con un mayor número de demandas de prácticas desleales al comercio —dumping y subsidios a las exportaciones— hacia Estados Unidos. Es decir, nuestros exportadores estaban apanicados y las autoridades comerciales no podían ayudarlos, pues México no era parte del Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT). Y con la excepción de un acuerdo de textiles, no habíamos negociado ningún otro comercial con nuestro principal socio, EU, desde 1940. Cuando nuestro país decidió adoptar un modelo económico de libre mercado, la relación comercial con nuestro vecino del norte tenía dos características: anárquica y conflictiva.
En 1985 México decide iniciar la creación de un marco regulatorio bilateral para darle certeza al comercio con Estados Unidos. Ese mismo año se negocia un importantísimo acuerdo de subsidios e impuestos compensatorios con Washington, lo que permite la entrada al GATT en 1986. Y, después de negociar algunos otros acuerdos comerciales bilaterales durante los 80, en 1991 se decide gestionar un acuerdo de libre comercio que sería la coronación de los esfuerzos iniciados en 1985 para ordenar la relación comercial con Estados Unidos.
La letra del TLCAN le dio certeza a la relación comercial entre México y ese país. El ordenamiento de la relación en materia comercial tuvo un efecto positivo para el resto de la relación bilateral o lo que en la terminología de la integración europea se conoce como derrame. Se intentaría replicar el ordenamiento en otras áreas de la relación, como fue el medio ambiente y los asuntos laborales. Incluso, las ambiciosas iniciativas de Fox y Calderón hacia Estados Unidos no son sino una lección del TLCAN. Fox intentó en 2001 ordenar la relación en materia migratoria a través de un acuerdo integral, la famosa enchilada completa. De la misma manera, Calderón le propuso a Bush —en febrero de 2007— mejorar los términos de la cooperación bilateral para combatir el narcotráfico y el crimen organizado mediante la Iniciativa Mérida. Y, de no lograrse, las consecuencias para ambos países serán muy graves, pues continuarán el desorden y las recriminaciones mutuas, justo como lo hacían los exportadores mexicanos y los estadunidenses en la época anterior al TLCAN.
No hay duda de que los negociadores del TLCAN cometieron un error sobredimensionando los alcances del documento. Pero eso es justamente lo que en la actualidad están haciendo quienes le achacan al TLCAN todos los males que padece el campo mexicano.
En conclusión. El Tratado ordenó la relación bilateral en materia de comercio y ayudó a transformar la vecindad con Estados Unidos en una relación más productiva. En la crítica actual, regresamos al mismo círculo vicioso: satanizar la relación con el vecino.
rfcastro@itam.mx
El Tratado ordenó la relación bilateral en materia de comercio y ayudó a transformar la vecindad con la Unión Americana en una relación más productiva.
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