- Con su pollera colorá 03-Dic-2007 Hugo Chávez, hacia una dictadura histérico-sentimental 26-Nov-2007 Nacionalidad 19-Nov-2007 ¿Primero como farsa y luego como tragedia? 12-Nov-2007 Una reflexión indispensable en torno de los libros 05-Nov-2007 Responsabilizarnos por los llamados “desastres naturales” 29-Oct-2007 Política científica, Berlín y la antropología de la mierda 22-Oct-2007 No importa ganar, lo que importa es no perder 15-Oct-2007 Myanmar, ¿qué pasa ahí? 08-Oct-2007
Friedrich Katz y el oficio de historiar
Claudio Lomnitz
01-Oct-2007
Escribo estas líneas desde un avión. Voy de vuelta a casa desde Chicago, de una reunión en que se celebraron los ochenta años de Friedrich Katz. La concurrencia juntó a muchas de las figuras más notables del campo de la historia mexicana, en una fiesta de historia que duró dos días.
Vengo con el alma nutrida por este evento y quisiera compartir con mis lectores algunas de mis reflexiones al respecto.
Tuve el honor y la fortuna de trabajar junto a Katz durante nueve años. Compartimos estudiantes, armamos programas y, sobre todo, conversamos sobre historia. Como buen vienés, a Katz le gusta tomar café, comerse tal vez alguna galletita y platicar. A mí me gusta más o menos lo mismo, de modo que conversamos muchísimo. Ahora casi todas nuestras conversaciones son telefónicas. Me hacen falta el café y las galletas, cierto, pero seguimos hablando de nuestras investigaciones.
¿Qué hace un gran historiador? Después de tanta conversación, y en la ocasión de los ochenta años de Katz, me parece justo compartir algunas conclusiones al respecto. Ofrezco estas observaciones humildemente, como antropólogo que soy.
Lo primero que hay que entender es que la historia se escribe a partir de documentos. Por eso, y ante todo, el historiador debe saber leerlos. Y tendrá que leer muchos, muchísimos, para escribir alguna cosa que valga la pena. ¿Qué es, entonces, un documento?
Un documento es un testimonio material de algo que sucedió alguna vez. Es un rastro. Por eso, puede ser de naturaleza muy diversa: un cerro puede dar testimonio tanto como una bitácora. O, por ejemplo, un tepalcate es un documento, porque se trata de un testimonio de las artes de quien lo fabricó, de las costumbres de quienes lo usaron y del proceso que lo dejó hecho trizas, enterrado y olvidado.
Usualmente, el historiador que trabaja sobre la historia moderna usa documentos escritos, pero la escritura no es ni menos ambigua ni más fácil de interpretar que un tepalcate: para sacarle significado, digamos, al libro de contabilidad de una hacienda porfiriana, hay que saber algo acerca de la hacienda en que se produjo, algo acerca de los mercados de los productos que vendía, la mano de obra que ocupaba y el sistema de impuestos imperante. Un buen historiador sabe sacarle el jugo a cualquier documento. Sabe leer en él todos los factores que contribuyeron, directa o indirectamente, a darle forma.
Por eso, la historiadora de talento lee el diario de un viajero de un modo distinto del público ordinario. Lee mucho más de lo que el viajero quería transmitir; lee lo que transmite involuntariamente. Interroga al documento para entender quién era su destinatario; se pregunta qué observaciones son testimonio de primera mano y cuáles otras son chismes de otros; se pregunta: ¿por qué fue aquí y no allá? ¿Por qué habló de costumbres y no de política? Etcétera.
La segunda operación del historiador requiere energía e imaginación: a partir de la lectura crítica de un documento, el historiador busca otros documentos que lo complementan. Al leer el libro de un viajero italiano del siglo XVII, el historiador busca otros libros de otros viajeros que fueron a otros países —a Egipto, por ejemplo, o a Alemania— y compara esos textos para ver si la descripción del viaje a México sigue una fórmula común, y para determinar sus peculiaridades. Habiendo hecho esto, busca otras fuentes para cotejar las observaciones del viajero y suplementar sus observaciones y darles vida. Si el italiano describió una hacienda veracruzana, el historiador busca el libro de contabilidad de esa hacienda y, a partir de ese segundo documento, nos informa sobre cosas que el italiano vio, pero no explicó: nos aclara si era una empresa próspera y cuántos esclavos laboraban en ella, por ejemplo. Tal vez busque, además, el tepalcate que encontraron en las ruinas de la hacienda, para hacer algún comentario sobre el mole de olla que le dieron.
El arte del gran historiador es, entonces, el arte de construir un archivo. Los historiadores mediocres se imaginan que un archivo es un edificio que alberga una colección de documentos ya seleccionados, que le ofrece todo lo necesario para escribir su historia. Pero el historiador que no arma su propio archivo se parece al cocinero que cocina pizzas congeladas. Es el esclavo del archivo de otro. El gran historiador, en cambio, construye su propio archivo. Sabe cómo construirlo porque sabe interrogar cualquier documento y porque tiene la imaginación necesaria para encontrar otros testimonios. Por último, el historiador sabe escribir una historia a partir de los fragmentos del pasado —el pasado existe en el presente como fragmentos, como rastros, como documentos—. Por eso, el gran historiador es, primero, un gran lector y, segundo, un buen narrador.
Friedrich Katz escribió una historia novedosa de la Revolución Mexicana porque supo reinventar su archivo: juntó documentos de los pueblos de Chihuahua con papeles del servicio secreto alemán y comparó las decisiones de Madero con las de Dantón. ¡Felicidades, Friedrich Katz! Y gracias por abrirnos ese mundo.
Claudio.lomnitz@gmail.com
Claudio Lomnitz
Envíanos tus opiniones y si quieres contar con todas las funcionalidades de comentarios como responder a tus los participantes, necesitas accesar tu cuenta en el LOGIN
Si eres NUEVO USUARIO, da click aquí para Registrarte.
Te recordamos que es GRATIS y tendrás acceso a todo el sitio del nuevo EXonline, entre otros beneficios.


