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01-Feb-2010
Juegos de Poder
Leo Zuckermann
Dos lecturas memorables
Este día de asueto recomiendo la lectura de dos libros memorables de J. M. Coetzee, premio Nobel de Literatura 2003: Desgracia y Esperando a los bárbaros. Son dos historias desgarradoras. Al terminar ambos libros, me quedé con la sensación de haber visitado dos enormes catedrales de la literatura contemporánea.
Desgracia es una novela durísima. El personaje principal es un profesor universitario, David Lurie. A los 52 años está aburrido de su vida profesional y romántica. Su aventura semanal es con una prostituta que lo acaba rechazando. Luego tiene un problema en su trabajo. Aquí Coetzee hace un retrato único de las hipocresías del mundo académico. No hay duda de que las conoce bien ya que durante años ha estado vinculado con diversas universidades. Aunque la primera parte de la novela parece ser una sátira sobre la academia, luego toma un giro inesperado para convertirse en un verdadero drama.
Lurie busca a su hija, la joven Lucy, quien vive en el campo sudafricano. Todo parece indicar que el personaje abandona la soledad urbana para adentrarse en la bucólica vida campirana. Nada más lejano. El ex académico llega a un mundo de negros agraviados y resentidos, prestos a vengarse de los blancos. Coetzee no se cuida de ser políticamente correcto con el manejo de la raza. El autor es tremendamente crítico de la nueva Sudáfrica que el mundo entero admira por haber acabado con el apartheid. De ninguna forma es Coetzee un escritor racista. Sólo describe con crudeza una realidad incómoda: cómo los negros ejercen el poder con un sello rencoroso en contra de una minoría blanca desprotegida y llena de culpas. En este contexto, la desgracia de Lurie culmina en una situación aterradora.
Desgracia es una novela muy dolorosa. Es la historia de un país brutalmente dividido; un ensayo majestuoso sobre el bien y el mal; un canto triste a las complejas relaciones humanas; un libro compacto, estupendamente bien escrito.
En Esperando a los bárbaros, Coetzee cuenta la historia de un Magistrado que gobierna un pueblo fronterizo de un Imperio. Este personaje se acerca a una vejez tranquila. Su gobierno funciona. Hay paz en la región. Se hacen negocios con los pueblos bárbaros que viven al otro lado de la muralla. Hasta que aparece el coronel Joll y sus soldados, despachados desde la capital con la consigna de perseguir a los bárbaros quienes supuestamente están planeando un ataque a la civilización.
El Magistrado sabe que son puras pamplinas y enfrenta a Joll. Comienza así una discusión entre estos dos personajes. Mientras tanto, los “civilizados” torturan sin piedad a los “bárbaros”. El mundo apacible se viene abajo. Es entonces cuando el Magistrado conoce a una de las bárbaras torturadas quien quedó medio ciega y a la cual adopta para untarle aceite a su cuerpo entero por las noches. La tristeza va en aumento conforme la novela se desarrolla. En un episodio dramático, el Magistrado emprende un duro viaje para regresar a la muchacha a su tribu, decisión que lo condenará.
El sentido del ridículo está permanentemente presente en esta novela colosal. El Magistrado, gran aficionado a la arqueología, magistralmente sentencia: “Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción [...] Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible”.
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En Esperando a los bárbaros, Coetzee cuenta la historia de un Magistrado que gobierna un pueblo fronterizo de un imperio. Este personaje se acerca a una vejez tranquila.
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