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26-Nov-2009

El hilo negro

Victoria Schussheim

Cero tolerancia cero


Así, como cartel de toros o de baile de pueblo, me gusta más que como lo escribió la delegación Álvaro Obregón en una enorme manta. Decía “00:00 tolerancia”, y anunciaba que estaba prohibida la venta de alcohol de no sé qué hora a no sé qué otra hora, so pena de una multa. Está bien. No hay problema. Cero tolerancia. Compraré mis alcoholes en otro horario para que la delegación no me multe.

¿Pero qué hago yo si la delegación me incumple con algo? No tengo la capacidad de cobrarle una multa. Y esta asimetría nos persigue a todos en la vida y se vuelve cada vez más desproporcionada. Nos hacen, nos ordenan, pero nadie parece estar expuesto a ninguna clase de retribución. Sólo nosotros, los contribuyentes, los ciudadanos, los clientes, los cuentahabientes.

¿No pagaste el teléfono, el gas, la luz? ¿Se te olvidó liquidar la tarjeta de crédito, la televisión por cable, la letra del coche? Las sanciones son tonantes e inmediatas: te cortan el servicio, te amenazan por teléfono, te mandan cartas horripilantes y, sobre todo, te reportan ante el equivalente moderno del coco: el Buró de Crédito.

¿Pero qué pasa cuando las cosas son al revés, cuando las empresas meten la pata, cuando en el recibo te sumaron hasta la fecha, cuando la delegación te deja la basura en la puerta, o te pasas diez días sin teléfono? ¿Quién nos resarce del daño, como dicen los que saben? Nadie. Ni siquiera un “Usted disculpe”. Al contrario, horas y horas de teléfono oyendo eso de “Por favor, no cuelgue. Su llamada es muy importante para nosotros”, o deplorable música de elevador.

Estoy viviendo una tragedia doméstica. ¿Que Hitchcock era el “amo del suspenso”? Ja. No conocían a HSBC. Resulta que mi hija juntó para un enganche por un departamento precioso que encontró. Empezó a negociar la hipoteca que necesita. Recibos, declaraciones, documentos, papeles y más papeles. Todo perfecto. Y de pronto, claro, la puerca torció el rabo. Parece que en 2005, POR UN ERROR DEL BANCO, quedó a deber 35 pesos en una tarjeta que ni siquiera era suya, porque yo soy la titular y ella simplemente tenía una adicional. Eso permaneció en el más profundo secreto un par de años hasta que quiso comprar un auto. A crédito. Y saltaron los 35 pesos. Indignadísima, investigó, pagó, aclaró, fue al Buró, compró el coche. Listo.

¿Listo? Nooo, cómo cree. Las cosas nunca son tan fáciles, sobre todo cuando se pueden hacer mal impunemente. Resulta que el banco no mandó el papelito requerido a la institución debida en el momento indicado. Y ahora esos 35 pesos que nunca debió pagar, pero que igual pagó hace años, volvieron a alzar su horrible cabeza. Vuelve a estar boletinada. Corrió a la Condusef, claro, que logró que el Banco, en apenas cuatro semanas, admitiese su error y lo enmendase. Aunque, por supuesto, de una forma que hizo que el Buró de Crédito la tuviese en “alerta amarilla”, o algo así. Lleva invertidas decenas de horas de irritación y exasperación.

Le cuento esto porque seguramente le resulta dolorosamente familiar. Y porque si no se lo cuento a usted, ¿a quién voy a contárselo? ¿Ante quién podemos quejarnos de los responsables de atender las quejas? Usted, al menos, no me dejará en el teléfono, mientras me dice: “Por favor, no cuelgue...”

Le cuento esto porque seguramente le resulta dolorosamente familiar. Y porque si no se lo cuento a usted, ¿a quién voy a contárselo?

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