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20-Nov-2009
Tal cual
Ángel Verdugo
Cuidado, se acaba de formar el G-2.
Creo que el resultado único —al menos, el más interesante— de la visita del presidente de Estados Unidos a la República Popular China, fue la conformación del G-2. Si bien esto no se anunció formalmente ni se firmó algún documento, para nadie es un secreto que a partir de esta visita aquellos dos países se han convertido en los que decidirán mucho de lo que en términos geopolíticos veamos en los próximos veinte o treinta años cuando menos.
Lo anterior de ninguna manera significa —no estoy loco para insinuarlo siquiera— que estén a la par; la diferencia que los separa es todavía abismal. Ambos son casi como el agua y el aceite en cuestiones políticas y gobierno, creatividad empresarial, capacidad de innovación y poderío militar, pero los chinos son muchos —prácticamente mil 400 millones—, y merced a un conjunto de políticas económicas reflejo del férreo control centralizado y dictatorial de su vida política, se han convertido en el primer acreedor de Estados Unidos.
Poco más de 2.3 trillones de dólares en reservas y la equivocada idea de Estados Unidos al creer que jamás un país les exigiría moderación en sus erróneas políticas económicas en virtud de la deuda que con él “contratarían”, ha llegado a su fin. Esto es —se quiera aceptar o no— lo que ha orillado a aquél a aceptar sin chistar —al menos en público— las medidas de un gobierno dictatorial que no duda en censurar al mismo presidente del país que hasta antier era reputado como el más poderoso del mundo por lo cual nadie se atrevía a rechazar sus pretensiones.
Los autócratas chinos lo han hecho, y no se han movido un milímetro de sus posiciones; saben de su poder que resulta —como dije— no sólo de su número sino del monto de la deuda que Estados Unidos ha contraído con ellos.
Para muchos —equivocadamente pienso—, el fin o la reducción sensible del poderío de Estados Unidos es un hecho irreversible que se irá profundizando en los próximos 15 o 20 años. No creo que sea éste un escenario que vayamos a ver, al menos en ese período; por el contrario, la situación interna china en ese periodo se complicará al grado de poner en riesgo la estabilidad no sólo de su gobierno sino del mundo. De ahí que esta “entente” se explique en función de este escenario que considero ambos países ven como no lejano.
Al margen de la suerte de ambos, ¿qué significado tiene para México la conformación del G-2? Sólo uno e inmediato: la incorporación mayor de nuestro país a la economía de Estados Unidos y a su zona de influencia. Seremos, más claramente, un país que “pertenece” a una región que los chinos reconocen como territorio vedado para ellos.
Si bien este “pronóstico” podría herir los patrióticos oídos de quienes viven aún en los años gloriosos del imperio azteca, la realidad geopolítica no miente; somos parte de la zona de influencia de Estados Unidos y el primero en reconocerlo —no de ahora sino desde hace muchos años— es el gobierno de la República Popular China.
La tarea de quienes encabezarán Relaciones Exteriores y de quien ocupará la jefatura del Estado mexicano —hoy es pedir imposibles dada la limitación evidente de la secretaria y los coqueteos echeverristas del presidente Calderón—, será definir políticas congruentes con esta realidad. Querer actuar envueltos en la bandera cual niño héroe para ser aplaudidos por la corrección política, sería un suicidio y perderíamos, otra vez, una gran oportunidad para avanzar y modernizar este atrasado país que es México.
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