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08-Nov-2009

Bitácora del director

Pascal Beltrán del Río

Para ponerle nombre al pacto


Consumada la aprobación de un paquete de ingresos que poco hará por reactivar la economía del país, la clase política parece haber tomado nota de la creciente irritación que genera entre los mexicanos su proclividad por defender sus propios intereses por encima de cualquier noción del deber.

Su mala conciencia apareció tan pronto concluyó el proceso legislativo que formalizó la estrategia carstensiana para tapar el boquete en las finanzas públicas: recaudo, luego gasto.

Por todos lados afloraron entre los políticos llamados a celebrar pactos que transformen la realidad fiscal del país, convocatorias para reorientar la acción del Estado mexicano e incluso refundar la nación.

No podemos pasar por alto que quienes hoy hacen esas propuestas hinchadas de una aparente y súbita altura de miras son los mismos que han sido incapaces de esbozar en su arena un nuevo proyecto de país.

Como escribió el viernes pasado mi compañero de páginas Francisco Martín Moreno, son los mismos que han creado y recreado el “asfixiante espacio de frustraciones” que es la política mexicana, plagada de personajes incapaces de ponerse de acuerdo y obstinados en mantener “una dirección que conduce al despeñadero”.

Aun así, se trata de representantes y funcionarios surgidos del régimen democrático que nos hemos dado. Por tanto, habría que tomarles la palabra. Si de verdad están dispuestos a dialogar y pactar, obliguémoslos a que cumplan ese propósito e impidamos que sus palabras sean sólo el marco demagógico de la lucha por una tajada del presupuesto de 2010.

Si la clase política realmente habla en serio “imprimir un rumbo de mayor certidumbre” al país —como propuso el gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto, el jueves pasado—, quizá debemos ayudarla a alcanzar esa meta. Está visto que, solos, los políticos son incapaces de llegar a acuerdos que beneficien al conjunto de la población.

¿Por qué no pensar en que un grupo de mexicanos reconocidos por su inteligencia, sensatez y tolerancia, cuyas motivaciones no sean perseguir un burdo objetivo político o económico, pudiera ayudar a construir una nueva visión de país, comenzando con una propuesta fiscal?

Cada quien puede elaborar una lista de personas de estas características, que sean bien vistas en ambos lados del espectro ideológico y no sean sepultadas instantáneamente por los prejuicios.

A mí se me ocurren, de entrada, los nombres de Enrique Krauze, Federico Reyes Heroles, Héctor Aguilar Camín, Roger Bartra, Alfonso Zárate, Macario Schettino y José Antonio Crespo.

Insisto, cada quien puede poner o quitar nombres de esa lista, pero me parece que pocas veces había habido tal consenso entre la intelectualidad sensata de este país respecto de lo que México necesita, en términos de un proyecto de nación compatible con la globalización y comprometido con la superación de nuestros principales escollos: la lacerante pobreza y la ausencia de un auténtico Estado de derecho.

No se trata de crear un nuevo grupo de notables para que los periodistas tengan algo de qué escribir, sino de generar ideas de cambio y progreso que los legisladores puedan procesar y convertir en leyes. Claro, esto último sólo sucederá si los ciudadanos son capaces de crear los incentivos para que lo hagan.

Por su tendencia al cálculo de las ventajas personales y de grupo, así como la preservación de inercias que ya resultan nefastas para la mayoría de los mexicanos, los políticos de este país son incapaces, me parece, de sacarnos de los círculos viciosos en que nos hemos metido.

Han tenido una década o más para entender que una transición democrática significa, entre otras cosas, renunciar a los privilegios particulares inmediatos a fin de construir ventajas para todos en el largo plazo. Está claro que no han actuado en consecuencia. Necesitan ayuda.

Si no quieren que siga avanzando un rechazo hacia toda la clase política —que después pudiera convertirse, peligrosamente, en una descalificación de toda la democracia representativa—, bien harían en reconocer sus limitaciones y no sólo expresar una disposición a pactar, algo que, sabemos, no harán sin ayuda.

La sociedad civil les ha venido haciendo propuestas que no han atendido con la seriedad necesaria, como la reelección inmediata de legisladores y presidentes municipales, y la reducción del número de escaños en las Cámaras.

Son ideas que podrían fortalecer nuestra democracia, pero también la construcción de acuerdos y, por ello, devolver prestigio a la política. Son ideas que convienen a los representados, pero también a los representantes que tengan suficiente visión para aceptarlas.

Sin embargo, como decía, los políticos no les han dado la atención debida. Por eso es tiempo de sistematizar las iniciativas ciudadanas —entre ellas una reforma fiscal funcional, que jamás saldrá de una convención hacendaria como la que se ha propuesto en días recientes— y elevar la presión para que la clase política acepte discutirlas.

Respaldar estas iniciativas con los nombres de intelectuales que la gran mayoría de los mexicanos identifica y respeta podría ser un gran paso adelante.

Estimado lector, lo invito a que me siga en twitter.com/beltrandelriomx

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